Antonio, nuestro buen amigo pediatra, llevaba años diciendo que los lunes eran peligrosos. No por la carga asistencial, que también, sino porque, después del fin de semana, muchas historias volvían a la consulta con algo más que síntomas. Cosas que no siempre se veían en la exploración.

El siguiente paciente fue Diego, 12 años, cefalea. Entró acompañado de su padre. Niño delgado, mirada baja, respuestas breves. Le duele la cabeza casi todos los días, explicó el padre. Sobre todo, por la mañana. Y últimamente no quiere ir al colegio.

Antonio asentía mientras escuchaba. Anotaba mentalmente: cefalea recurrente, absentismo incipiente, cambio conductual. Demasiado frecuente.

La exploración fue anodina. Neurológico normal. Tensión arterial adecuada. Nada que justificara la intensidad del cuadro. "¿Duermes bien?", le preguntó. "No mucho", respondió el adolescente.

Imagen de archivo.

Imagen de archivo.

"¿Te cuesta ir al colegio?", insistió el pediatra. Diego tardó en responder: "Sí". No dijo más. Pero tampoco hacía falta.

Una semana después, volvió. Esta vez con su madre. Mismo motivo, mismo gesto, misma evasiva. Decidió el médico no cerrar el motivo de consulta, sino abrir otra puerta.

-"Diego, a veces el cuerpo se queja cuando uno lo está pasando mal por dentro. ¿Te pasa algo que te preocupe?"

Silencio muy largo. Quiso el pediatra ayudar: "No tienes que contarlo todo hoy".

El niño miró un segundo a su madre y luego al suelo: "A veces… no quiero estar".

La madre frunció el ceño. Preguntó: "¿Cómo que no quieres estar?"

Antonio levantó ligeramente la mano, sosteniendo el momento. "¿Te refieres a que no quieres ir al colegio o a algo más?"

Diego dudó. Tragó saliva. "A veces pienso… que estaría mejor si no estuviera".

La frase cayó con un peso que la consulta conocía demasiado bien.

No era un caso aislado. En España, el suicidio se ha consolidado como la primera causa de muerte externa en población joven, con más de 300 fallecimientos anuales.

Pero lo más preocupante no son solo esas cifras, sino las que no aparecen en los registros. El aumento sostenido de consultas por ideación suicida y conductas autolesivas en pediatría.

A nivel internacional, los datos son igual de contundentes. La OMS sitúa el suicidio entre las principales causas de muerte entre los 15 y 19 años, y estima que uno de cada cinco adolescentes presenta problemas de salud mental.

Las conductas autolesivas pueden afectar hasta a un 15-20% de los jóvenes, muchas veces como forma de aliviar el malestar… aunque aumentando el riesgo de suicidio posterior.

Y, sin embargo, todo suele empezar igual: dolor de cabeza, dolor abdominal, cansancio, “no quiero ir al colegio”.

El abordaje fue progresivo. Primero, descartar riesgo inmediato. Preguntar de forma directa si había pensado en hacerse daño. La evidencia es clara: preguntar no induce la conducta, la visibiliza.

Después, ampliar el contexto. Había dificultades escolares, sensación de no encajar, pequeños episodios de burla. Nada espectacular, pero suficiente para desgastar día a día. En casa, padres implicados, pero desbordados.

"No quiero preocupar, pero no puedo dejar de pensar", dijo en una visita.

El cuadro empezaba a definirse: sintomatología ansioso-depresiva, somatización en forma de cefalea tensional, ideación autolítica pasiva. Se activó el circuito: salud mental, seguimiento estrecho, coordinación familiar y escolar.

Sin épica. Solo pequeños pasos. Los cambios tardaron. Primero mejoró el sueño. Luego disminuyeron las cefaleas. Diego empezó a hablar más. Un día contó que había quedado con un compañero. Otro, que había aprobado un examen. Hubo recaídas. Pero algo había cambiado: ya no estaba solo.

Meses después, en consulta:

-"¿Sigues teniendo esos pensamientos?"

-"A veces".

-"¿Y qué haces cuando vienen?"

-"Se lo digo a mi madre… o intento distraerme".

No era una cura. Era un cambio de trayectoria.

Al terminar, Antonio, volvió a mirar la agenda. Otro dolor abdominal. Otra cefalea.

Otro "no quiere ir al colegio". Y la misma decisión silenciosa: no quedarse solo en el síntoma.

En pediatría, no todo dolor está en el cuerpo. Y no todo lo que un niño calla es porque no tenga nada que decir. A veces, una pregunta a tiempo no solo orienta un diagnóstico, sino que puede llegar a cambiar una vida.