"La suprema excelencia consiste en romper la resistencia del enemigo sin luchar", esta frase atribuida al general chino Sun Tzu refleja muy bien, en mi opinión, lo que está pasando con Marruecos.

La idea es sencilla: la estrategia puede conseguir lo que la fuerza no alcanza. No hace falta conquistar una plaza si antes se consigue que quienes la habitan pierdan la confianza en poder conservarla.

Eso es lo que Marruecos lleva haciendo desde el reinado de Mohamed V: avanzar sin prisa, aprovechar cada debilidad y convertir el paso del tiempo en un aliado. El problema para España es que ese proceso se ha acelerado durante los últimos años.

Los malagueños y gaditanos que ya tenemos unos cuantos trienios somos más o menos conscientes de que en cualquier momento se podría producir una ocupación de Ceuta y de Melilla. Lo llevamos escuchando toda la vida. Era la justificación para que «durmiera» en cada ciudad un barco del servicio marítimo, lo que antes se denominaba «el correo».

También ha sido siempre la explicación de por qué los melillenses y ceutíes suelen comprar una segunda residencia —no vacacional— en la Península, y en muchos casos, en Málaga.

Todavía no han sido invadidas en el sentido militar. Pero de lo que no cabe la menor duda es que ambas son ciudades asediadas. Tampoco estoy comparando la situación actual con el asedio de Ceuta de 1694 a 1727, que es considerado el asedio más largo de la historia con 33 años de duración, cuando tropas del sultán —apoyadas por tropas británicas— rodearon la plaza española que pudo resistir por los suministros que llegaban por vía marítima.

Estoy hablando de algo mucho más sutil. El informe Demografía de Canarias, Ceuta y Melilla: la porosa frontera sur de España, elaborado por Alejandro Macarrón y Joaquín Leguina, sostiene que la población de raíces magrebíes podría ser ya mayoritaria o estar muy cerca de serlo.

Para ello se apoya, entre otros indicadores, en que más del 50% de los habitantes tiene un primer apellido árabe y en que los nombres de ese origen alcanzan entre los bebés varones hasta el 90% en Melilla. Asimismo, más del 86% de las personas nacidas en el extranjero que residen en ambas ciudades procede de Marruecos.

Paralelamente, el estudio señala una salida continuada de población de raíces peninsulares desde mediados de la pasada década, que relaciona con las elevadas tasas de paro y con la transformación social y cultural de ambas ciudades. El fenómeno afecta a casi todos los grupos de edad y es especialmente acusado entre los niños y jóvenes. Ceuta y Melilla presentan, además, la esperanza de vida más baja de España.

A esta evolución se suma la reiterada vulneración de sus fronteras, con más de 100.000 entradas irregulares estimadas en una década. La mayoría de esas personas no permanece en las ciudades, sino que acaba trasladada a la Península. Según los autores, Ceuta y Melilla representan el escenario más avanzado de un proceso de "sustitución demográfica" y demuestran que, cuando un Estado deja de disuadir el quebrantamiento de sus leyes y de su soberanía, termina generando incentivos para nuevas entradas irregulares.

La crisis fronteriza iniciada a finales de julio ha mostrado hasta dónde puede llegar esa vulnerabilidad.

Según el Ministerio del Interior, alrededor de 72.000 personas entraron irregularmente en Ceuta y la gran mayoría regresó posteriormente a Marruecos. Sin embargo, frente a la normalidad defendida por el Gobierno central, las autoridades ceutíes estiman que cerca de 5.000 permanecen todavía en la ciudad, entre ellas aproximadamente 1.200 menores no acompañados y ciudadanos subsaharianos que no pueden ser devueltos inmediatamente.

Como muestra de la brecha de seguridad provocada por el colapso, diferentes medios han informado de que entre quienes cruzaron fueron identificados varios individuos previamente vigilados en Marruecos por sus presuntos vínculos con el extremismo islamista.

El presidente del Gobierno ha calificado lo ocurrido de "violación deplorable de la integridad territorial". Una declaración solemne a la que ha seguido, como principal símbolo de la respuesta española, una línea de boyas junto al Tarajal que comenzó a deteriorarse apenas dos días después.

Hay otra frase, también de Sun Tzu, cuya traducción libre podría ser: es más importante adelantarse al pensamiento de tu enemigo (ganar en el plano teórico y mental) que luchar con él (usar la fuerza bruta convencional). Y justamente eso es lo que ha hecho Marruecos.

Ese es el estado de ánimo que se ha impuesto en la sociedad ceutí —y en la melillense—: la sensación de que su forma de vida se terminará el día que quiera Marruecos, de que España no ha sabido defender lo que era suyo, y de que, por tanto, hay que ir preparando la salida.

Oía en la radio a un abuelo ceutí que lloraba porque sus nietas, residentes en la Península y desplazadas a Ceuta con motivo de la feria, no habían permanecido ni doce horas en la ciudad, como consecuencia de los disturbios de principios de agosto.

Decía el hombre que probablemente sería la última vez que sus nietas fueran a Ceuta. En la misma cadena de radio, un empresario de restauración contaba emocionado que había enviado a su familia a Málaga al comenzar los disturbios. Dos testimonios y la misma pregunta: qué se puede hacer cuando te falla tu país, tu Gobierno y tu presidente.

En las últimas horas, las inmobiliarias ceutíes aseguran haber recibido numerosas llamadas desde Marruecos interesándose por la compra de viviendas. Sea inversión, oportunismo o algo más, el dato no contribuye precisamente a tranquilizar a quienes sienten que el futuro de la ciudad se decide fuera de ella.

El asedio, sin embargo, no se limita a la frontera ni a la demografía. También consiste en trasladar al otro lado del Estrecho las inversiones, el empleo y las expectativas de futuro. Mientras Ceuta y Melilla se preguntan cómo conservar población y actividad, Marruecos levanta a pocos kilómetros puertos, autopistas y complejos industriales concebidos para alterar el equilibrio económico de toda la región.

Este estado de desidia y abandono no es nuevo; sin necesidad de remontarse a 1975. Solo en este siglo tenemos muchos ejemplos desde el punto de vista industrial y de infraestructuras. En julio de 2007 comenzó a operar Tánger Med, a solo 20 kilómetros de Ceuta, desarrollado con participación empresarial y financiación europea. Concebido para generar empleo y contener los flujos migratorios hacia Europa, al cierre de 2025 se había convertido en el mayor puerto del Mediterráneo y de África.

A finales de este 2026 entrará en funcionamiento el puerto de Nador West Med, a escasamente 25 kilómetros de Melilla, lo que sumará una presión competitiva sin precedentes sobre los puertos españoles del Mediterráneo. Mientras tanto, España responde con inversiones de cientos de millones de euros en electrificación, pero enfrenta una asimetría regulatoria creciente por el sistema europeo de comercio de emisiones (EU ETS), que encarece las escalas en puertos comunitarios sin afectar a los marroquíes.

Un tercer ejemplo es el puerto atlántico de Dajla —Dakhla Atlantique—, actualmente en construcción en el Sáhara Occidental y conectado por la nueva autopista Tiznit-Dajla, que Marruecos pretende denominar Donald Trump. Su objetivo es competir directamente con los puertos canarios tanto en el transbordo de contenedores como en el procesamiento de la pesca pelágica.

Todos estos puertos se apoyan en complejos industriales generados en muchos casos a partir de la deslocalización de industrias europeas, de las que las factorías de Renault-Dacia y del grupo PSA son ejemplos paradigmáticos.

La misma estrategia se aprecia en la agricultura. Las carreteras europeas reciben cada vez más frutas y hortalizas marroquíes, cultivadas —según denuncian los productores españoles— con controles fitosanitarios menos exigentes y convertidas ya en competencia directa.

Como afirmaba recientemente el presidente de una cooperativa del poniente almeriense, "nuestro Gobierno ha contribuido a que se vendan más tomates marroquíes en Europa que españoles". Todo ello bajo la responsabilidad de un ministro de Agricultura cuya cercanía a Marruecos provoca desde hace años un profundo recelo en el sector.

El problema no es que Marruecos haya dejado de ser el vecino pobre. El problema es que ha aprendido a pensar a veinte años mientras España continúa reaccionando al incidente de la semana. Rabat construye puertos, atrae industrias, gana mercados y administra la presión migratoria como un instrumento de poder. Nosotros inauguramos comisiones, anunciamos planes y confiamos en que la siguiente crisis tarde en llegar.

Sun Tzu sostenía que la mejor victoria es la que se obtiene sin combatir. Marruecos parece haberlo entendido. La duda es cuánto tiempo más tardará España en darse cuenta de que ya está dentro del asedio.