Si no engañan ciertas encuestas, un más que preocupante porcentaje -que supera el 20 por 100- de los jóvenes españoles tienen, al parecer, una visión positiva del franquismo. Y ante esto, quienes tenemos una edad y vimos con nuestros propios ojos los estertores del aguilucho represor, por llamarlo de alguna forma, no podemos mantener una cobarde equidistancia sin denunciar la inadmisible reconciliación con aquel cruel sistema, que propugnan estos ignorantes, por desconocer, a mi juicio, “de la misa, la media”.
No hablo de la guerra civil. Aquel golpe de estado que, al fracasar, desembocó en una cruenta contienda, que para algunos -me da igual que puedan ser muchos- estuvo justificada por los graves desórdenes públicos, y que para muchos -me es indiferente que puedan ser solo algunos- fue una reacción excesiva.
Con aquel cruento enfrentamiento vamos camino de reconciliarnos, como creo que desea la inmensa mayoría, pues fue consecuencia de un pueblo, cuando menos, poco ilustrado, al que los totalitarismos imperantes en la loca Europa de la primera mitad del siglo pasado -soviético y fascista, especialmente-, volvieron más loco aún.
Tampoco hablo de los franquistas, esto es, de los españoles que, por activa o por pasiva, apoyaron la dictadura. Con ellos, sobre todo con los que colaboraron de buena fe al retorno de la democracia, en aquellos apasionantes años de la Transición, ya nos reconciliamos entonces, pues incluso lo hicimos -aunque haya quien, no exento de razón, lo critique- con los que pudieran haber cometido delitos, al permitir que se les extendiesen los efectos de la Ley de Amnistía de 1977.
De lo que hablo es del llamado “Régimen de Franco”, esa dictadura que nos impuso el mal llamado “caudillo”, que lo debía ser, a lo sumo, “mientras dure la guerra” -y nunca “por la gracia de Dios”-, y que la perpetuó hasta su muerte, pues con este secuestro de los derechos de los españoles, no cabe reconciliación, al menos, para los que somos constitucionalistas y creemos en la democracia (ni que decir tiene para los que intentamos seguir aquel mandato de Jesucristo: “amarás al prójimo como a ti mismo”).
El pueblo español debió haber sido, de siempre, soberano, pero, por avatares de la historia, la soberanía pertenecía al Rey, y no a sus súbditos, hasta fundamentalmente la Constitución de 1931 -sí, la “republicana”-, y no porque instaurase una República, sino porque era democrática.
Quienes apoyaron el llamado “alzamiento” del 18 de julio de 1936, intentaban -al menos, un buen número de ellos- restaurar la legalidad ante tantas violaciones. No se alzaron, a pesar de lo que a muchos les han hecho creer, contra la Constitución, pero resultó que, terminada la guerra, los españoles perdieron -perdimos- nuestra soberanía, pues el régimen franquista requisó “manu militari” las libertades tanto a los vencidos, como a los vencedores.
Aun cuando en la transición utilizamos el mecanismo de reforma de las Leyes Fundamentales -esa trampa "de la ley a la ley” de Torcuato Fernández Miranda-, aquello fue una ruptura en toda regla, y así la Constitución de 1978 las deroga, a todas y cada una, de forma expresa, para que no quepa la más mínima duda.
Por tanto, no hubo reconciliación entonces con el régimen anterior, y no puede haberla hoy en día, salvo para quienes defiendan lo indefendible desde los derechos humanos y el humanismo cristiano.
Con esto, no pretendo negarles el derecho a posicionarse a favor de aquella locura, ni a estos iletrados empachados de bulos y fake news -lo que siempre hemos llamado “mentiras y de las gordas”-, ni siquiera a los equidistantes -cuantos “tontos útiles” ha habido siempre en esta nuestra España-.
Pero, si nos vienen pidiendo, a los que algo hemos leído y mucho hemos vivido, respeto a su libertad de expresión, como mínimo que empiecen ellos por reconocer lo fachas o ultras -como prefieran ser llamados- que son, sin ambigüedades, pues, que quede bien claro, Constitución democrática y Dictadura franquista son irreconciliables. Antes, ahora y por siempre jamás.