De izquierda a derecha: Noelia, Conchi, Luz, Pili y Nuria.

De izquierda a derecha: Noelia, Conchi, Luz, Pili y Nuria. Nieves Díaz EL ESPAÑOL

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La vida ejemplar de Luz: de una aldea extremeña a Móstoles para levantar una churrería de 50 años junto a sus hijas

Llegó con 24 años a Alcorcón y trabajó fregando en Galerías Preciados y vendiendo melones hasta abrir la premiada ‘Churrería Las Palmas’ en el municipio del sur de Madrid.

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Las claves

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Luz, originaria de una aldea de Cáceres, emigró a Madrid con su familia buscando un futuro mejor y fundó una churrería en Móstoles.

La Churrería Las Palmas, abierta hace 50 años, ha sido gestionada por tres generaciones de mujeres de la familia Domínguez.

El negocio se convirtió en un símbolo de esfuerzo familiar, con todos los miembros contribuyendo desde jóvenes y manteniendo la tradición.

Para la familia, la churrería es mucho más que un negocio: representa el legado, la unión y el orgullo de varias generaciones.

“La infancia es la patria más poderosa que hay”, escribe Sergio del Molino en la España Vacía. Pero, sin duda, incide el autor, lo es más la de los padres y los abuelos. Sus recuerdos, sus testimonios. Qué hay sin ese retablo de imágenes pasadas, sin esa memoria. Por eso es tan importante hablar con los que nos pusieron en órbita sin ir a la Luna, con ejemplos de vida como la ‘abuela’ Luz, natural de Ríomalo de Arriba (Cáceres), madrileña de adopción y empresaria por necesidad y devoción. Dueña de la premiada Churrería Las Palmas de Móstoles, donde lleva 50 años sirviendo junto a su familia a propios y extraños.

Pero Luz jamás hubiera salido adelante “sin los suyos”. A su vera, en los siempre difíciles inicios, siempre estuvo su marido Lucas. Y más tarde, sus hijas: Pili, la mayor; Conchi, la mediana; y Nuria, la tercera en llegar, casi en el descuento, 15 años más tarde que la primera de las hermanas Domínguez. Y ahora, Noelia, la nieta, la tercera generación de mujeres churreras y empresarias que cada mañana, a las 6, abren la puerta de Las Palmas 57 para seguir el legado de sus padres. “Han currado como leones para que estemos aquí”, coinciden, todas, al ser preguntadas.

Quién se lo iba a decir a Luz cuando llegó a Madrid desde una aldea a sus 24 años, casada y con dos crías (Pili y Conchi). Lo hizo en un autobús que sólo aceptaba valientes, a aquellos que dejaban atrás el campo buscando prosperidad en la gran ciudad. Ella —y tantos otros— fueron los primeros de esa España vaciada que hoy sigue despoblándose. “Lloré mucho”, cuenta a EL ESPAÑOL la ‘abuela’. “Yo me quería volver. No conocía a nadie. Echaba de menos a mis padres...”. ¿Y no son esas lágrimas las mismas que siguen regando la tierra seca de las castillas o Extremadura todavía hoy?

Luz con los churros de la churrería que abrió junto a su marido Lucas.

Luz con los churros de la churrería que abrió junto a su marido Lucas. Nieves Díaz EL ESPAÑOL

De la aldea a la gran ciudad

Cuando Luz nació, en el 41, no había acabado la Segunda Guerra Mundial, Franco aún estaba vivo y la Democracia era una ensoñación de exiliados. Ríomalo de Arriba, entonces, registraba “unos 200 habitantes” —y hoy, como muestra de despoblación, apenas si lo habitan nueve vecinos—. “Entonces todos trabajábamos en el campo. Mis padres sembraban patatas, judías y otras cosas en el huerto. No teníamos para vivir todos”, explica.

Por eso, decidió, junto a su marido, Lucas, que vivía en la casa de al lado, buscar suerte en los madriles. Acababa de cumplir 24 años cuando tomó la decisión. “Lo recuerdo como un momento muy triste”, cuenta. Sin embargo, dio el paso. Se quedó primero en Fuencarral —hoy parte de Fuencarral-El Pardo— en casa de Benito, un “vecino del pueblo”. Y, después, se hizo con un piso en Alcorcón junto a su hermana, donde vivieron los dos matrimonios.

Luz empezó a trabajar en Galerías Preciados por las noches, fregando suelos; y su marido, en la construcción. “Después dejé aquello para vender los melones que venían de Villaconejos en puestos que había en las calles”, recuerda. Entonces, Alcorcón era “muy pequeño”, el extrarradio de Madrid que acogía a aquellos extremeños, manchegos, castellanos o andaluces que buscaban un futuro alejado de la vendimia, la aceituna o el cereal.

La churrería

Durante 14 años, esa fue la vida de Luz, Lucas y sus hijas. Pero “mi marido vio que había uno del pueblo que tenía una churrería y que le iba bien”, explica. ¿Y qué hizo? Poner otra en Móstoles, donde no había apenas competencia. Y lo hizo, además, junto con una tienda anexa donde los Domínguez Crespo vendían productos de alimentación y pan. “1.000 barras llegábamos a despachar algunos días. Desde el principio nos dimos cuenta que el negocio iba a ir bien”.

De izquierda a derecha: Pili, Nuria, Luz, Noelia y Conchi.

De izquierda a derecha: Pili, Nuria, Luz, Noelia y Conchi. Nieves Díaz EL ESPAÑOL

El noble arte de hacer churros se lo enseñó “un tal Palomino”. “Él vino aquí y tuvimos que pagarle, pero mi marido no era tonto y en poco más de mes y medio le cogió la onda y ya nos apañamos nosotros”, recuerda. Entonces, Lucas y Luz hacían la masa; y Pili y Conchi eran las encargadas de atender y cobrar.

“Recuerdo hasta la primera persona que vino a comprar, un vecino de aquí de Móstoles”, cuenta ahora Pili, la primera de las hermanas Domínguez en trabajar en el negocio familiar. “Yo acababa de cumplir la mayoría de edad. Después mi vida ha sido esto. Fui madre a los 21 y he pasado mis dos embarazos en la churrería. Hasta rompí aguas trabajando. ¡Y yo esperando que pasara la cola!”, bromea, ahora.

Casi al mismo tiempo empezó a trabajar Conchi, que hoy se encarga de seguir el legado de sus padres preparando la masa a las cinco de la mañana. “Era muy joven cuando empecé. Y es que aquí hemos pasado de todo. Yo recuerdo a mis hijos, Miriam y Juan Carlos, jugando en el jardín que había fuera de la tienda”, explica la mediana de las hermanas Domínguez.

Durante años, con alguna ayuda, Luz, Lucas, Pili y Conchi sacaron el negocio adelante. Después llegó Nuria. “Empecé echando una mano, ayudando en Navidades, que era la época con más trabajo. Y estudié, pero nunca hice una carrera. Existía la posibilidad de trabajar en el negocio familiar y no dudé en aprender de mis padres y mis hermanas”, explica la tercera de las hermanas Domínguez.

De izquierda a derecha: Noelia, Conchi, Luz, Pili y Nuria.

De izquierda a derecha: Noelia, Conchi, Luz, Pili y Nuria. Nieves Díaz EL ESPAÑOL

La cuarta y última en llegar ha sido Noelia, la nieta. Ella, a los 18, también empezó a trabajar a jornada completa en la churrería, como una más. “Yo jugaba con la masa de pequeña aquí, con mis tías, mis abuelos...”. Ser churrera era casi como un sueño, lo que había visto en la familia. Y tampoco dudó.

Hoy, son cuatro de la familia en la churrería —más dos repartidores externos—. Todas mujeres y empresarias; todas churreras. Siempre con la ‘abuela’ ahí, como ejemplo, como faro, como constatación de orgullo. 50 años después, sacando un negocio adelante. ¿Pero sólo un negocio? No. Para ellas es también mantener el legado de Luz, mantener su vida. Dejar que cada día ella vuelva a abrir la puerta, vuelva a encontrar a sus hijas, a sus nietos, a sus bisnietos y a toda su familia reunida allí, con un churro, un chocolate y, siempre, con una sonrisa. ¿Hay mayor suerte?