Paz Padilla.

Paz Padilla. Alejandro Ernesto EL ESPAÑOL

Ocio

Paz Padilla: "Contar que has sufrido abusos significa desnudarte por segunda vez. La sociedad te mira con pena"

"¿Es normal que se muera mi madre y a los cuatro meses el amor de mi vida? ¿Quién me había preparado? Nadie" // "¿Crees que lo importante es ganar dinero? La gente piensa que sí. Nos pensamos que siempre tendremos tiempo y, de repente, no llegas a Córdoba".

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Las claves

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Paz Padilla revela en su nuevo libro los abusos que sufrió a los 14 años y el difícil proceso de verbalizarlos y sanarlos.

La presentadora explica cómo la sociedad sigue juzgando y cuestionando a las víctimas de abusos, lo que dificulta que estas lo cuenten.

Padilla narra cómo ha afrontado la muerte de varios seres queridos en los últimos cinco años y la importancia de buscar ayuda psicológica.

Defiende la necesidad de hablar abiertamente del duelo y la muerte para educar a los niños y vivir la vida con mayor plenitud.

Paz Padilla sonríe, y bromea, y saborea el momento, y las fotos, y todo. Hasta esta entrevista con EL ESPAÑOL. Y eso que también llora todos los días recordando a su hermano, a su exmarido, a sus suegros y a su madre fallecidos en los últimos cinco años. Pero eso, lejos de animarla a tirarse por un puente, le ha hecho valorar la vida mucho más. Disfrutar de cada despertar, de cada momento.

“Quiero ayudar”, anuncia. Porque lo ha pasado mal. Y todo ese dolor —o, mejor dicho, toda esa gestión del dolor— la pone sobre la mesa en su tercer y último libro, Alzar el duelo (Harper Collins), en el que desvela un episodio de su vida hasta ahora desconocido: los abusos que sufrió cuando tenía 14 años.

Ahora, por fin, ha decidido contarlo. Sabe que hay muchas mujeres como ella, “amigas de su hija que no se atreven a verbalizarlo”, y quiere ayudar. Por eso, ofrece su testimonio, desde la rabia y el duelo, pero también desde la risa. “Hay que seguir”, esgrime. Y eso es lo que ha hecho ella.

Paz Padilla, durante la entrevista con EL ESPAÑOL.

Paz Padilla, durante la entrevista con EL ESPAÑOL. Alejandro Ernesto EL ESPAÑOL

P.—Vamos primero por lo último. Los abusos que vivió cuando tenía 14 años. ¿Cómo fue aquello?

R.—No voy a entrar en eso. El otro día lo contaba. Hay parcelas, jardines, donde ni los ángeles pueden poner los pies. En el libro cuento cómo fue la situación. Y, sobre todo, en lo que más me centro es en lo que me costó aceptarlo y verbalizarlo y trabajarlo. Sobre todo porque lo que quiero es ayudar a que otras personas consigan trabajarlo y sanarlo. Aunque es verdad que es muy complicado sanarlo, pero buscando ayuda... El tiempo solo no lo cura.

P.—Habla de que las víctimas de abusos tienden a callarse. ¿Por qué? ¿Cuál es el problema?

R.—Primero porque te cuesta mucho entender lo que ha sucedido y por qué alguien ha podido hacer algo así. Cuesta mucho entenderlo porque sabes que tú no te merecías eso. Y luego que la sociedad sepa algo tan íntimo de ti. Contarlo significa desnudarte por segunda vez.

Además, si lo dices, la sociedad te mira como si le dieras pena —y eso pasa también con el duelo—.

Y cuesta también por la culpa, que hay que trabajarla. Pensar que quizá tú podías haber hecho algo, que podías haber opuesto resistencia. Pero claro, no podías. Y mientras dura esa culpa, sigues anclada en el pasado. Y sanar significa eso, liberarte de esa carga, de ver que eras una víctima.

P.—Una vez que lo cuentas, ocurren a menudo dos cosas. La primera, que la gente te mira de otra forma. Y la segunda, que hay quien no se lo cree.

R.—Es que cuentas una cosa muy heavy que cuesta aceptar, digerir y asumir. Y que haya gente que cuestione tu relato dice mucho de la sociedad en la que estamos.

A mí esto me pasó hace muchísimos años y en aquel momento en la sociedad ni siquiera contemplaba este tipo de cosas. Ni había unidades de atención a las víctimas, ni terapeutas. En 40 años la sociedad ha evolucionado y yo espero que sigamos haciéndolo y llegue un momento en el que no se cuestione a las víctimas.

Pero sigue pasando. Yo conozco muchas hijas de amigas que lo han contado a la edad de mi hija. Eso sigue sucediendo. Y luego hay gente que no lo cuenta. Y yo les digo: tienes que decírselo a tu madre, tienes que hablarlo con el psicólogo... ¿De qué sirve mentir? De nada.

P.—Hablando de la otra parte del libro, de la del duelo. En cinco años sufre cinco muertes. ¿Cómo se sobrepone alguien a eso? Hay gente que se hubiera tirado por un puente.

R.—Pues mira, llorando mucho, amando mucho y buscándole un sentido y un propósito a la vida. Por eso escribo el libro, porque le da sentido al dolor.

Yo he pasado por eso y pienso que quiero ayudar a otros a los que les pasa lo mismo o a los que se les muere alguien cada cierto tiempo. Pero claro, cuando te pasa tan rápido, como a mí, tienes dos opciones: o te tiras por un puente, como has dicho tú, o decides vivir.

En este proceso, yo estoy por vivir. ¿Y cómo se tira para adelante? Entendiendo que la muerte forma parte de la vida, que no puedes luchar contra aquello que no puedes impedir. Hay que atravesar el dolor, comprender que la vida es pérdida y que cada uno tenemos nuestro momento. Sólo que ellos se fueron antes y que por el amor que les guardo, tengo que seguir estando bien.

Si a mí me pasara algo, yo no querría irme y que mi hija se hundiera y se tirara por un puente. Lo que quisiera es que mi hija siguiera aquí, que fuera feliz, que tuviera una vida plena, que se riera y que llorara. Porque yo lloro, lloro mucho, todos los días.

Hace un ratito he estado llorando. Porque el recuerdo está ahí, el amor no desaparece. ¿Tú no te planteas nada de esto?

Paz Padilla posa en el Hotel Catalonia.

Paz Padilla posa en el Hotel Catalonia. Alejandro Ernesto EL ESPAÑOL

P.—Sí, claro, pero me da más miedo la enfermedad que la muerte. ¿No le pasa?

R.—La vida también te trae eso. Hay tres flechas, que dice Javier García Campayo, que te trae la vida: la vejez, la enfermedad y la muerte. Entonces, si estás vivo, tienes que asumir que eso sucede. Que forma parte del juego.

Vas a enfermar tú, pero también los que están a tu alrededor. Y el dolor viene con la vida. Lo que hay que hacer, como dice Campayo, es pensar en la enfermedad cuando se está sano para darte cuenta de que tu cuerpo está haciendo un trabajo maravilloso porque te permite andar, correr, oler, tocar... Y no nos damos cuenta de eso.

En mi caso, cuando Antonio enfermó el cuerpo ya no le respondía. Es cuando me di cuenta de que dependemos muchísimo del cuerpo. Sólo ponernos de pie, ¿tú sabes la cantidad de neuronas que hay que poner en marcha, la cantidad de músculos?

Entonces vamos tirando la vida. ¿De qué me sirve haber vivido el duelo? De vivir el día a día. Y de disfrutar de todo. De que me estén echando fotos y pensar que es un momento que no se va a volver a repetir porque no voy a seguir siendo artista toda la vida. Y recordaré el día en el que un cubano —en referencia al fotógrafo de EL ESPAÑOL— vino a echarme unas fotos. Son momentos únicos. La vida es un milagro. Y eso se nos olvida. Y cuando nos queremos dar cuenta... ¡Pam! Se va.

P.—¿Cuándo piensa en su madre, qué le viene a la cabeza?

R.—Alegría. A nuestros seres queridos los recordamos con anécdotas, con momentos divertidos. Y eso me está pasando a mí ahora con mi hermano. Hay que crear momentos divertidos y bonitos con nuestros seres queridos porque así es como nos recordarán. Y eso hay que trabajarlo ahora. Es la ley de la siembra. Si siembras patatas, no puedes recoger zanahorias.

Entonces, hay que crear momentos bonitos, divertidos y alegres para que nos recuerden así.

P.—¿De su marido y su hermano qué recuerda?

R.—No sé. Tengo recuerdos cada segundo. Están presentes. Ellos viven en mí.

Yo no entendía eso que dice la gente de ‘tienes que conseguir que ellos vivan en ti’. Pero luego lo he comprendido: ellos forman parte de todos los momentos de tu vida. Estás bebiendo agua y te acuerdas de ellos, o estoy en la playa y me acuerdo de él. Le hablo como si estuviera a mi lado. Esta mañana le he dicho: mira, el libro número uno en ventas.

No se van nunca, pero porque viven en ti. Eso es difícil de entender, pero es uno de los pasos que hay que dar en el duelo.

P.—Entiendo que para superar esto has necesitado ayuda de psicólogos. ¿Cómo de importante es tener a su lado a la persona adecuada?

R.—Hay que buscar ayuda cuando uno no puede solo. Yo entiendo que todo el mundo no tiene la economía ni el tiempo para poder pedir ayuda. Por eso también escribo el libro, para ayudar. Porque es imposible ir a un psicólogo en la Seguridad Social.

Mi generación no creía en los psicólogos porque pensaba que sólo iban los locos. Pero luego lo entiendes. Muchas veces no queremos contarle nuestras penas a alguien porque no queremos meterle nuestra mierda. Entonces, te la comes. A mí me ha pasado no decirle a mi hija que estoy triste. No quieres angustiar a tu entorno.

Por eso, ir a un psicólogo viene muy bien. No lo conoces y le cuentas todas tus penas. Al final lo que tienes que hacer es sacar tus penas, tus miedos, tu angustia, tu culpa... Y eso lo haces cuando hablas con el psicólogo.

Al final todos atravesamos las mismas fases del duelo. Lo que pasa es que cada uno a su ritmo. Por eso ellos tienen las herramientas para decirte lo que te está pasando y te enseñan otro camino. Tú crees que estás en un callejón sin salida y ellos te dicen: ‘Ven para acá, que hay una puerta que puedes abrir’.

P.—Hay que decir más veces eso de “estoy mal”.

R.—Sí, pero eso pasa. Es normal que pases por la rabia, la tristeza, la angustia, el asco... Todo ese proceso. Y si una persona, un compañero de trabajo o quien sea, no sabe por qué estás más irritable, pensará que eres gili****. Pero si lo sabe, piensa: ‘No pasa nada, no está bien’.

Si a ti se te ha muerto un padre, no puedes hacer como que no ha pasado nada. Se te va el pico más grande de la pirámide.

Paz Padilla.

Paz Padilla. Alejandro Ernesto EL ESPAÑOL

P.—En el libro, con respecto a los hijos y el duelo, habla de que antes si llevábamos a los más pequeños a los entierros y ahora no. Le reprocha a la sociedad que no lo haga porque no les muestra la realidad. ¿Protegemos demasiado a los niños?

R.—Yo soy madrina en paliativos en una asociación que da visibilidad a ese trabajo tan maravilloso. Y una de las cosas que ellos dicen es que la gente no está preparada porque se le esconde la realidad. Entonces, la reacción, muchas veces, es desmesurada y eso no ayuda al enfermo. Entonces, si a un niño se le oculta que la muerte forma parte de la vida, que eso sucede, ¿cómo va a actuar? Mal. Y no de forma sana y equilibrada.

Mi Anna se fija en mí, por ejemplo, y va a vivir el duelo como yo lo viva. Si yo lo hubiera vivido aterrorizada, mi hija habría pensado que era terrible. Y si es terrible y eso reventó a mi madre, no va a querer que le pase. Y lo va a vivir.

Tenemos que trabajarlo más en la sociedad para que la gente no se encuentre tan perdida como me encontré yo. ¿Tu crees que es lógico que a mí se me muera mi madre y a los cuatro meses el amor de vida? ¿Verdad que no? A la semana murió mi suegra y al mes mi suegro. Y ahora mi hermano. Esto es lo que me sucede. ¿Y cómo reacciono yo ante ello? ¿Quién me ha preparado? Nadie.

La sociedad vive de espaldas a esto. Y no valoramos la vida hasta que no entendemos la muerte.

Algunas veces no lo haces porque te come la vida. ¿Y crees que lo importante es conseguir un buen trabajo? ¿Ganar dinero? ¿Crees que eso es lo importante?

La gente cree que sí. Y nos perdemos muchas cosas. Pensamos que siempre tendremos tiempo. Crees que van a estar ahí siempre y que no va a pasar nada. Y, de repente, no llegas a Córdoba.

P.—Cambiando a algo más feliz. Se casa su hija. ¿Es esto el contrapunto hacia otra época de su vida?

R.—La vida es bueno y malo. Queremos que nada cambie, pero la vida es cambio. Ahora viene la boda de mi hija y yo no sé qué va a venir después. A lo mejor la niña dura un mes y se divorcia. Pero yo estoy preparada para todo. Lo normal es que después de la boda tenga hijos. O quizá no. Yo lo que tengo claro es que vengo de su despedida de soltera en Cancún.

Mi vida es el yin y el yang. Es una montaña rusa. Y admito todo y no rechazo ni la alegría ni el humor porque me ayudan a sostenerme. Pero tampoco rechazo la tristeza porque me ayuda.

P.—¿Da miedo la felicidad? Es decir, cuando todo va bien, uno piensa: ¿y si de repente empieza a ir mal?

R.—Una cosa es el bienestar. Estar en la playa con una cervecita, por ejemplo. Pero la felicidad no está fuera. Y no se acaba. Y no se reparte. La felicidad es un estado de plenitud que yo considero de calma, de paz. Si tú tienes calma, si tienes paz, te enfrentarás a situaciones adversas y no te sacarán de tu eje.

Pero si tú pones la felicidad fuera; si crees que la felicidad es que nadie enferme, es una felicidad irreal. O que nadie muera. Es irreal. La felicidad es algo que tienes que trabajar tú y cuando llegues ahí te darás cuenta de que depende sólo de ti. Pase lo que pase.