Manuela Carmena y Ada Colau, en un acto contra la violencia machista en Barcelona, en noviembre de 2015.

Manuela Carmena y Ada Colau, en un acto contra la violencia machista en Barcelona, en noviembre de 2015. EFE Barcelona

Política ELECCIONES MUNICIPALES

Balance de cuatro años de ‘ayuntamientos del cambio’: poco cambio y mucha división

Ni Carmena ni Colau tienen asegurada su reelección el próximo 26 de mayo tras cuatro años de fuertes divisiones internas, promesas incumplidas y muchas polémicas.

La reducción de la deuda. Ese es el principal logro que los ayuntamientos del cambio (Madrid, Barcelona, Zaragoza, Valencia, La Coruña, Ferrol, Santiago de Compostela y Cádiz) han podido ofrecer a sus simpatizantes tras cuatro años de gobierno. Una gesta no precisamente menor, pero muy alejada de las expectativas generadas en 2015, cuando una nueva generación de políticos agrupados en torno a la marca Podemos y provenientes en su mayor parte del activismo social llegaron a las alcaldías de las principales ciudades españolas prometiendo "una nueva manera de hacer política".

En realidad, esa reducción de la deuda de la que presumen los ayuntamientos del cambio encajaría mejor en la hoja de méritos económicos de un partido liberal que en la de una formación de izquierdas que hizo santo y seña del gasto social y de la resistencia frente a los recortes impuestos por Bruselas. La gestión de Manuela Carmena, Ada Colau, Pedro Santisteve y el resto de alcaldes del cambio no ha dejado satisfechos ni a sus partidarios, que esperaban mucho más, ni a sus detractores, que esperaban mucho menos. 

Faltan sólo dos semanas para las elecciones municipales del 26 de mayo y los ayuntamientos del cambio corren, en fin, el peligro de morir como flor de una sola legislatura. Y eso a pesar de la inyección de moral que ha supuesto, tanto para PSOE como para Podemos, ese último sondeo del CIS que da una apabullante ventaja a la izquierda sobre la derecha y al que muy pocos, por otro lado, han otorgado demasiada credibilidad

Podemos, núcleo central de las agrupaciones que llegaron al poder en seis de las mayores ciudades españolas en 2015, se presenta estas elecciones en ochocientos municipios de toda España. Apenas un 10% del total. De las alianzas forjadas en 2015 por Pablo Iglesias con otras formaciones menores apenas sobreviven las de Barcelona, Santiago de Compostela y La Coruña. Estas dos últimas bajo las marcas Compostela Aberta y Marea Atlántica. En Barcelona, con matices

El resto de las formaciones han preferido desligarse de Podemos y presentarse por separado, en una operación política a medio camino del ventajismo y el cainismo que, como es lógico, no ha sido bien recibida por el partido morado.

La extrapolación de los resultados de las generales a las elecciones municipales del próximo 26 de mayo no arroja tampoco buenas noticias para los ayuntamientos del cambio. Podemos ha perdido votos en todas las ciudades en las que gobierna y sólo José María González, más conocido como Kichi, ha resistido sin demasiados daños en Cádiz. Allí, la formación de extrema izquierda sólo ha perdido un 10% de votos: de los 20.377 de 2016 a los 18.163 de 2019. Magro consuelo si se tiene en cuenta que Kichi pertenece a la corriente anticapitalista de Podemos. Es decir, a la más crítica con Pablo Iglesias.

Sus rivales políticos acusan a los ayuntamientos del cambio de amateurismo, de carecer de un proyecto de futuro, de desgobierno, de haberse convertido en cicuta para la economía de sus ciudades, de sectarismo, de caóticos, de haber incitado al incumplimiento generalizado de las leyes, de haber provocado –o consentido– un aumento de la delincuencia, de la okupación, del narcotráfico, del top manta.

Sus defensores alegan una mayor cercanía a los vecinos, un aumento del gasto social, la ya mencionada reducción de la deuda y el veto a un turismo percibido como amenaza existencial y al que se ha culpado de buena parte de los males mencionados en el párrafo anterior, además del aumento del precio de los alquileres. También alegan sus defensores una supuesta sintonía con esa mayoría social de izquierdas que no ve relación alguna entre el progreso económico de una ciudad y el bienestar de sus habitantes y al que, por tanto, le tiene sin cuidado el primero. 

Pero, ¿cuál es la realidad de los cuatro principales ayuntamientos del cambio tras cuatro años de vida?

Barcelona

El de Barcelona es, sin duda alguna, el más polémico de todos los ayuntamientos del cambio. Y quizá sea esa una de las principales causas de que los comunes de Ada Colau hayan pasado de los casi 200.000 votos obtenidos en las generales de 2016 a los 142.000 de 2019, y del primer al tercer puesto, por detrás de ERC y del PSC, en la preferencia de los barceloneses. Es también el único de los gobiernos municipales de extrema izquierda que mantiene su alianza con Pablo Iglesias, aunque a cambio de la cesión total de la marca y de la estrategia electoral a Ada Colau.

El último sondeo del CIS coloca a Ada Colau a la cabeza de la carrera municipal. Pero la realidad es que Barcelona en Comú tendrá difícil revalidar la alcaldía de Barcelona. Aunque no tanto integrarse en un tripartito de izquierdas junto a ERC y PSC, y con Ernest Maragall de alcalde.

El balance de la gestión de Ada Colau tiene más oscuros que claros. La alcaldesa presume de haber elevado un 25% el gasto social y de haber controlado la proliferación de pisos turísticos ilegales y los desahucios. A cambio, no ha sabido frenar la proliferación de narcopisos, la creciente delincuencia callejera o el top manta.

También ha enfadado a vecinos, restauradores y comerciantes a cuenta del tranvía, de las restricciones a las terrazas y de las constantes inspecciones, acompañadas de sus correspondientes sanciones, que muchos pequeños y medianos empresarios han percibido como un intento de boicotear una de las principales fuentes de ingresos de la clase media barcelonesa. También fue muy criticada su reacción tras los atentados de la Rambla, que la alcaldesa aprovechó para escenificar, en complicidad con las formaciones y las asociaciones nacionalistas, su rechazo a la monarquía

Madrid

La fuga de Íñigo Errejón desde Podemos a los brazos de Manuela Carmena ha acabado convertida, además de en fuente inagotable de memes, en el mejor ejemplo posible de la incapacidad de la extrema izquierda para resolver sin rupturas sus habituales disputas entre pragmáticos y ortodoxos. Y quizá sea esa división la que tenga, en buena parte, la culpa de los más de 60.000 votos que Podemos perdió en las elecciones generales del pasado 28 de abril con respecto a las de 2016, y de su paso de segunda a cuarta fuerza en la capital.

A cambio, se da por sentado que muchos de los madrileños que votaron por el PSOE en las generales votarán a Carmena en las municipales. La alianza con Pepu Hernández (PSOE) se da por supuesta, aunque está por ver que sea superior en votos a la de Begoña Villacís (Ciudadanos) con José Luis Martínez Almeida (PP).

Con un perfil mucho más profesional y menos dado a las ocurrencias y el sectarismo que el de Ada Colau, Manuela Carmena es la alcaldesa que mejor parada ha salido de su paso por una alcaldía del cambio. Aunque eso no ha evitado la ruptura de su equipo en múltiples reinos de taifas que, en ocasiones, han dado la sensación de ir por libre y sin más rumbo conocido que el de los dogmas ideológicos de la corriente interna de turno.

Carmena ha reducido la deuda del Ayuntamiento de 5.636 millones de euros a sólo 3.424, ha desbloqueado la operación Chamartín, ha renovado la Gran Vía, ejecutado el proyecto Madrid Centro y emprendido una serie de proyectos sociales menores como la cesión de espacios vecinales.

En el debe de Carmena, la juventud de un equipo mucho más amateur y menos preparado de lo recomendable para una ciudad del peso de Madrid, las irregularidades en Madrid Destino y la Feria del Libro de Guadalajara, la suciedad de las calles y su negativa a homenajear a Miguel Ángel Blanco mientras el consistorio se apuntaba sin demasiados problemas a la demagogia de la campaña Refugiados Welcome! 

Zaragoza

Otra ciudad en la que Podemos ha perdido votos. De los 78.527 votos de 2016 a los 54.407 de 2019, y de segunda a cuarta fuerza. La ruptura de la coalición original en dos –la candidatura de Pedro Santisteve por un lado y la de Podemos por el otro– pone en serio riesgo la continuidad del actual alcalde y facilita una posible alternancia a un gobierno de Cs y PP

A pesar de las dificultades y de la división, Santisteve –que gobierna con apenas nueve concejales de un total de treinta y uno, y que arrancó la legislatura a la cabeza de una agrupación de partidos, Zaragoza en Común (ZeC), formada por Podemos, IU, Anticapitalistas y Puyalón– se vanagloria de haber cumplido la mayor parte de su programa electoral.

A pesar de las dificultades, Santiesteve dice haber paralizado todos los desahucios que han pasado por las manos de los trabajadores del Ayuntamiento. También, de haber reducido la deuda del consistorio en cien millones de euros hasta dejarla en poco menos de mil millones. A cambio, se ha mostrado incapaz de solucionar una huelga de autobuses que se alargó durante cuatro meses y se ha convertido, junto con Ada Colau, en el alcalde más repudiado por la oposición, que le tacha de sectario y de poco dialogante

Valencia

Valencia, gobernada por Joan Ribó, de Compromís, es otra de las ciudades donde la alcaldía está en el aire. Las generales dieron una ligera ventaja a la derecha sobre la izquierda y Podemos obtuvo un resultado desastroso (de 120.000 votos a sólo 66.000), provocado en buena parte por la ruptura de la marca electoral "común" tras la salida del exportavoz Jordi Peris y por la pésima gestión de los problemas de convivencia en el barrio de Cabanyal. 

El Tripartito de La Nau –así se conoce la coalición de Compromís, PSPV y Valencia en Común que ha gobernado la ciudad– acabó con veinticinco años de alcaldías del PP. Como en el ayuntamiento de Zaragoza, Ribó presume de haber paralizado los desahucios, de haber aumentado un 47% el presupuesto social, de haber reducido la deuda un 34% y de haber ejecutado un ambicioso programa de ayudas al alquiler. 

A cambio, Ribó ha sido acusado de haberse retractado más de una y de dos veces respecto a decisiones que se presuponían firmes, de haber eternizado proyectos como el del Parque Central o de haber pinchado en hueso al criticar la larga duración de las Fallas con la frase "todo el mundo entiende las Fallas, pero que duren veinte días…". Su esperanza es que tanto él como Podemos obtengan un buen resultado el próximo 26 de mayo para poder sumar sus concejales y repetir alcaldía del cambio. "Separados, pero revueltos" podría ser su lema.