Susana Díaz y Pedro Sánchez, este sábado en el mitin de Sevilla.

Susana Díaz y Pedro Sánchez, este sábado en el mitin de Sevilla. EFE

TRIBUNA

Un presidente efímero

El autor analiza el poco éxito de los nueve meses de gobierno de Pedro Sánchez y las consecuencias de la fragmentación política en las elecciones del 28-A.

Cada vez que se habla, se escribe, se critica o se alaba a Pedro Sánchez (PS) no puedo evitar la añoranza de mi padre, que así se llamaba, a todos los efectos. Y es un recuerdo entrañable, como no podría ser de otra manera, lo que añade compasión, en el sentido anglosajón del termino, cuando me refiero o escribo sobre el presidente del Gobierno más efímero de la democracia restaurada.

El último recuerdo que tengo es el de su anuncio de convocatoria de elecciones generales. Fue una despedida larga, cuando lo único que realmente interesaba era la fecha. Como ocurre siempre en estos casos, a ningún partido le ha gustado el día elegido pues mientras al principal partido de la oposición le venía bien el súper domingo hemipléjico, a otros les ha venido mal el adelanto electoral, al cogerles con los deberes sin pasar a limpio.

El tono de la casi media hora, en la que según sus adversarios “soltó” un mitin, fue grave. Quizás fue una oportunidad perdida para haber hecho otra despedida, más cercana y menos contable, pero la realidad es que a PS se le acabó el tiempo, esa aleación tan preciosa para quien durar tenía un valor especial. Lo cierto es que sólo sonrió abiertamente cuando acabó aquello. Le esperaban en una sala cercana sus ministros para aplaudirle, algo nuevo en los anales de las despedidas -tan frugales- en aquella casa.

No tiene razón quien le ha criticado diciendo que su intervención estuvo “plagada de mentiras”. Claro, que no se puede esperar que haga el discurso que gusta al adversario. El error ha sido hacer un balance de los escasos meses que ha estado en la silla curul. Es raro el que supera la tentación de hacer el arqueo de caja.

A PS le ha dolido que se haya puesto en duda su legitimidad democrática y constitucional y la ha reivindicado de forma ardorosa. Le ha hecho mella la acusación de impostura. Y es injusta la denuncia. Pero no haber convocado elecciones inmediatamente después de la moción de censura, le ha costado que le colgaran el sambenito de la “ilegitimidad”, más por la palabra incumplida que por otra causa.

A PS le ha dolido que se haya puesto en duda su legitimidad democrática y constitucional y la ha reivindicado de forma ardorosa

Cuando se cansó de enumerar leyes y Reales Decretos-ley aprobados que a la gente le salen por una friolera empezó a tocar asuntos sensibles. Dio con una frase feliz: “Dentro de la Constitución, todo. Fuera de la Constitución, nada”. Se entiende bien y sirve para encapuchar la insistencia del independentismo con la autodeterminación, la chambonada del relator y los 21 tanteos de Torra. Todo ello y la no retirada de las enmiendas a la totalidad por parte de los partidos nacionalistas radicales catalanes, es lo que ha hecho saltar por los aires la enclenque posición parlamentaria del Gobierno.

No dejó de resultar sorprendente que dijese que a él le pagan por coger el toro por los cuernos, redondeando con la reclamación de “transformar la política desde la moderación, el sentido común y no desde la crispación". 

Porque ahí anidó el punto débil de su intervención, cuando a renglón seguido añadió: "Es evidente que la derecha, con sus tres partidos, defiende un tipo de España en la que no cabemos muchos, solamente caben ellos. Nosotros defendemos una España distinta, una España inclusiva, una España en la que caben todas y todos". La moderación está reñida con la iniquidad del lenguaje. Y eso vale para todos los actores, incluido el líder del PP, cuya catarata de calificativos sobre el presidente del Gobierno no tiene excusa y le puede pasar factura. 

La colusión en el espacio de un mes de cuatro elecciones: generales, autonómicas, municipales y europeas es un disparate económico, a 130 millones de euros por convocatoria; un convite a la abstención, un parón de cuatro meses en la actividad del país, un barullo para el votante, un esfuerzo hercúleo para los candidatos… un inmenso error. Alguien tendrá que explicar por qué es así.

Es el final, zafral, de un superviviente joven, viajero, que habla inglés y tiene empatía con sus homólogos, acostumbrado a sortear el tiempo, la suerte y los propios límites. Regresa de muy lejos, le ha costado llegar y se ha ido antes de lo que quería. Así que las críticas de quienes no entienden que se quisiera quedar, han quedado de momento enervadas. 

La realidad política está, más que nunca, cuarteada en tres fracciones: la izquierda, la derecha y los secesionistas... será muy difícil remendar la Carta Magna con estos mimbres

El balance es que la realidad política está, más que nunca, cuarteada en tres fracciones: la izquierda, la derecha y los secesionistas. Será muy difícil remendar la Carta Magna con estos mimbres, tan alejados del consenso que una reforma de la Constitución del 78 exigiría. El clima de confrontación no tiene pinta de dar paso a un escenario más sereno y proclive a la estabilidad.

Ha dicho adiós un presidente al que faltó pulmón parlamentario. Nos tendremos que acostumbrar a otra realidad, más de acuerdo con lo evidente, la consunción del bipartidismo y con ella un modelo anclado en dos partidos que se iban turnando en la gobernación del país. Eso parece que se ha acabado y han llegado las coaliciones, con presidentes efímeros.

***Luis Sánchez-Merlo es abogado y economista, y fue secretario general de Moncloa durante el Gobierno de Leopoldo Calvo-Sotelo.

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