Álvarez del Manzano, en la calle Velázquez de Madrid.

Álvarez del Manzano, en la calle Velázquez de Madrid. Jorge Barreno

Madrid ATRACADOR ATRACADO

Álvarez del Manzano narra su atraco: "Me he lanzado sobre ella como un jugador de rugby, ¡sigo en forma!"

A sus 82 años, el histórico alcalde de Madrid juega el tenis y sale a pasear por el monte. El suceso ha tenido lugar en el distrito de Fuencarral.

11 junio, 2020 17:28

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A sus ochenta y dos años, José María Álvarez del Manzano se ha descubierto como especialista en desbaratar atracos. Esta es la secuencia de lo sucedido. Lo cuenta su protagonista en conversación con este periódico. El histórico alcalde de Madrid sale de su casa, en el barrio de Puerta de Hierro, para hacer deporte. Recorridos apenas cien metros, le para una mujer. Le pregunta por la parroquia más próxima. 

Álvarez del Manzano, buen samaritano, indica con precisión. La mujer agradece efusivamente y estrecha sus dos manos. Con un gesto rápido y certero, se hace con el Rolex del hombre que gobernó la capital entre 1991 y 2003.

Lo que no imagina la atracadora es que este señor, nacido en la Sevilla de 1937, juega al tenis y entrena casi todos los días. “He salido corriendo y me he tirado encima de ella como un jugador de rugby. Eso, sí, ¡ha sido como en un partido de rugby!”, narra Álvarez del Manzano.

-¿Se encuentra usted bien?

-Oiga, no ha pasado nada, de verdad. Estoy estupendamente. No le dé importancia, hombre.

-¡Es una noticia! 

-Bueno, bueno, sí así lo considera -se ríe- pregunte. Adelante. 

Revolcados en el suelo tras el duro placaje, el alcalde agarra a su atracadora por el cinturón. “Se ha desprendido de él y ha escapado. Me he dado cuenta de que era una riñonera. Además, he recuperado mi reloj. ¡Soy el atracado atracador!”, ironiza el otrora bastión del Partido Popular madrileño. 

En ese instante, un coche persuadido previamente recoge a la ladrona y se da a la fuga. Álvarez del Manzano se da media vuelta y piensa en regresar a casa, pero un operario, que pasa por allí en el camión de la basura, le reconoce. “¡José María, qué le ha pasado!”.

Él, igual que en esta conversación, responde: “Nada, nada, no ha sido nada”. Pero el voluntarioso operario llama a la policía. “Ha sido entonces cuando me he dado cuenta de que se iba a armar el lío”, rememora.

Los agentes encuentran un carné de identidad en la riñonera. Le piden a Álvarez del Manzano que identifique a su atracadora: “Sí, sí, es ella”. 

-Vaya follón, José María. ¿Es verdad que ha sido atendido por una herida en la mano? 

-Bueno, bueno… Un arañazo. No me permito siquiera llamarle herida. Eso sí, me he dado cuenta de lo bien que funcionan los servicios municipales. La policía, el Samur…

La policía, visiblemente preocupada, le dice al histórico alcalde que no tenía que haber corrido a por la atracadora: “¡Le podía haber pasado algo!”. Álvarez del Manzano responde: “Oigan, en esta vida hay veces que hay que tomar algunos riesgos”. 

-Si ha salido corriendo así, imagino que el reloj tendrá valor sentimental.

-Sí, además es un Rolex muy bueno. Me lo regalaron mis concejales en un acto muy emocionante. Quería conservarlo. 

-Se ha puesto a prueba físicamente.

-Es que me encuentro muy bien. Precisamente, iba a hacer deporte al monte de El pardo, que está al lado de casa. Me gusta pasear muy deprisa y jugar al tenis. 

-¿Le habían atracado antes alguna vez? 

-¡No! Nunca. Siempre se aprende algo nuevo. Oye, no sabes cómo me ha regañado la policía… 

La técnica empleada por la atracadora es conocida como “hurto amoroso”. El ladrón se vale del cariño profesado a quien le ayuda por la calle para establecer un contacto físico que le facilita la sustracción. “Pero, ¿cómo que amoroso?”, se extraña Álvarez del Manzano. Tras oír la explicación, acepta: “Es verdad, me ha estrechado las manos con mucho cariño”.