Manifestantes junto al cordón policial de los Mossos.

Manifestantes junto al cordón policial de los Mossos. Reuters

España CATALUÑA

El ninguneo de Puigdemont a ERC y el miedo a la Justicia rompen el separatismo

ERC se cansa de ofrecer un cheque en blanco a Puigdemont a costa de ser perseguida penalmente mientras el candidato no negocie qué piensa hacer con su apoyo.

El 26 de octubre, el entonces president de la Generalitat, Carles Puigdemont, asistió impresionado, según han relatado sus asesores, a un episodio muy desagradable a unos metros de su despacho. En la plaza de Sant Jaume, varios ciudadanos independentistas habían acudido desconsolados ante su decisión de convocar elecciones autonómicas para evitar la aplicación del artículo 155 de la Constitución. "¡Traidor!", le gritaron entonces. Esas elecciones nunca llegarían a convocarse, pero sí se celebraron al amparo, precisamente, de la aplicación de la drástica medida constitucional. 

Este martes, el escenario era el parque de la Ciutadella, donde tiene su emplazamiento el palacio del Parlament. Los destinatarios de los gritos eran otros. Diputados de ERC tuvieron que escuchar como unos centenares de personas le recordaban a voz en grito que no quieren "ni un paso atrás". "¡Las calles serán siempre nuestras!" y "o investís al president, u ocupamos el Parlament", fueron otras de las consignas, apoyadas por diputados de Junts per Catalunya. El portavoz de ERC, Sergi Sabrià, forzaba la sonrisa a las puertas de la cámara autonómica para hacer como que con él no iba la cosa.

Por sorpresa, sin que lo supieran los diputados de Junts per Catalunya, el presidente del Parlament, Roger Torrent (ERC), anunció que aplazaba el pleno de investidura hasta que el Tribunal Constitucional resolviera si admitía o no a trámite el recurso del Gobierno central en el que se exigía que se impidiese la investidura de Puigdemont por vía telemática o por delegación, supuestos ambos ya muy discutibles según el reglamento de la cámara autonómica. Los motivos de Torrent son los de llevar a cabo la reelección "con garantías" y de forma "efectiva". 

Indignación en JxCat

Los diputados leales a Puigdemont se apresuraron a rechazar la decisión de Torrent, se negaron a abandonar el Parlament y le advirtieron de que se daban "las condiciones políticas" para investir al que consideran "presidente legítimo". "No sabíamos nada, ni yo ni Carles Puigdemont", lamentó Elsa Artadi, la portavoz de JxCat.

"De ninguna manera compartimos la decisión de aplazar el pleno, una decisión que se ha tomado unilateralmente y sin ninguna comunicación ni consulta previa", dijo por su parte Carles Riera, portavoz de la CUP. "Sólo con desobediencia y unilateralidad democrática podremos materializar la república".

La decisión de Torrent, ampliamente avalada por ERC, cortocircuitó el independentismo. Algunos en ERC respiraron aliviados. Llevaban semanas abonando el terreno. "No se puede tener un presidente por Skype", había dicho Gabriel Rufián. "Si es necesario, habrá que sacrificar a Puigdemont", dijo su colega en el Congreso Joan Tardá.

Los motivos de Torrent

ERC se hartó y dijo basta. Los dos motivos más importantes no tardaron en salir a la luz. El primero: los partidos independentistas ya han comprobado los límites de su desafío a la legalidad constitucional, que ha respondido con la aplicación del artículo 155. Torrent y los miembros independentistas de la Mesa se habrían arriesgado a una persecución penal a la que ya están sometidos los protagonistas del procés en la anterior legislatura. 

Pero, además del riesgo de acabar en prisión mientras el investido se prodiga en actos políticos y sociales en Bélgica, en ERC ha pesado mucho el cheque en blanco que Puigdemont ha pedido en todo momento. Una prueba de fe por ser el "presidente legítimo" a pesar de unas nuevas elecciones y el cambio de protagonistas, sin ir más lejos, en la presidencia del Parlament, la Mesa o los escaños. 

Torrent aplaza la investidura de Puigdemont

Ambos motivos están conectados. ERC cree que no es justo que su partido siga pagando, hasta con la cárcel, como Oriol Junqueras, mientras Puigdemont se niega a negociar nada más que su cargo como president. Y para el pleno de este martes, ERC no tenía horas antes ni idea sobre las palabras que iba a pronunciar Puigdemont, no sabía dónde se encontraba con exactitud ni si pensaba regresar una vez investido, aseguran los republicanos. 

Puigdemont no ha querido negociar

Pero hay más motivos. ERC lamenta que Puigdemont no haya querido negociar en serio un programa de gobierno sino que sencillamente lo supeditase todo a su elección como president. Por no saber, ERC no sabía ni cuántas carteras le corresponderían, cómo sería la estrategia frente a la Justicia o las acciones del Gobierno o las principales medidas sociales del nuevo Ejecutivo. 

Y ERC dijo basta, poniéndose del lado de la ley, aunque no fuese por convicción sino por temor y para mandar un mensaje a Puigdemont. Aunque fuese de forma momentánea, táctica y para ganar tiempo hasta ver qué hacer. 

Los diputados de JxCat se quedaron en el Parlament, advirtieron de que querían que el pleno se celebrase igualmente, aunque se retrasase. Los cuatro de la CUP levantaron el puño en el Parlament a la hora a la que debía comenzar la sesión plenaria, pero no había más que fotógrafos.

La respuesta de Puigdemont

Torrent abandonó poco después el Parlament. Hicieron lo propio muchos diputados de ERC. Mientras, los parlamentarios de JxCat y la CUP salían a cantar Els Segadors con la multitud que protagonizó episodios de violencia al resistirse a las órdenes de los Mossos. 

Horas más tarde, Puigdemont difundió un discurso en el que advirtió de que no hay "ningún otro candidato posible". Centró su artillería dialéctica en las instituciones del Estado del que él fue el máximo representante en Cataluña y lanzó varios mensajes contradictorios. Por una parte, lamentó la decisión de Torrent, pero aseguró que hay que respetarla. Pidió unidad, pero no despejó ninguna de las dudas que han hecho que ERC rompa, fatigada por sus formas, el seguidismo del discurso de campaña que dura mucho después de que se celebrasen las últimas elecciones autonómicas.