Svieta Shmagailo en una imagen de archivo.

Svieta Shmagailo en una imagen de archivo. Cedida

Referentes Día Internacional de Recordación del Desastre de Chernóbil

Svieta Shmagailo, superviviente de Chernóbil: "Mi madre y mi hermano murieron. En mi calle, solo seis personas siguen vivas"

Cuatro décadas después del desastre nuclear, una de las supervivientes de la zona contaminada relata las secuelas personales y colectivas que aún perduran.

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Han pasado cuatro décadas desde la madrugada que cambió para siempre la vida de millones de personas en Ucrania y Europa del Este. La noche del 26 de abril de 1986, la explosión del reactor número 4 de la central nuclear de Chernóbil liberó una nube radiactiva cuyos efectos siguen presentes hoy, no solo en el terreno contaminado, sino en los cuerpos y en la memoria de quienes lo vivieron.

Una de las supervivientes es Svieta Shmagailo, quien tenía apenas 12 años cuando todo ocurrió. Hoy, desde Madrid, donde reside, reconstruye con dolor aquellos días que marcaron su infancia y el resto de su vida. Una historia dedicada a que la tragedia no caiga en el olvido. Su misión ha sido la de lograr que niños afectados por la radiación pudieran ser acogidos temporalmente por familias españolas.

"Mi madre y mi hermano murieron de cáncer", recuerda la superviviente en una entrevista con ENCLAVE ODS. "Mucha gente de mi aldea, tarde o temprano, ha ido falleciendo con el tiempo por enfermedades derivadas de la radiación. En mi calle, solo cinco o seis personas han sobrevivido", cuenta.

Su primo, que trabajó en las labores de evacuación de la central, también murió pocos meses después del desastre. "Le diagnosticaron leucemia, provocada por la elevada exposición a la radiación. Él nunca supo a lo que se exponía".

Según un estudio de Greenpeace del año 2006, la catástrofe nuclear habría producido hasta 200.000 víctimas mortales a lo largo y ancho de países europeos como Ucrania, Bielorrusia y Rusia. Por su parte, la OMS (Organización Mundial de la Salud) cifra en 4.000 las muertes provocadas a largo plazo por cáncer en las áreas contaminadas.

Svieta vivía en Orane, una pequeña aldea situada a 34 kilómetros de la central nuclear. "Sentimos una explosión muy grande por la noche. A la mañana siguiente no paraban de movilizarse coches militares que se dirigían a la central. Estábamos muy preocupados", recuerda la superviviente.

Lo que vino después fue, según relata, una mezcla de incertidumbre, silencio institucional y desconocimiento absoluto. "Hasta el día 9 de mayo no cerraron colegios. Nos dijeron que no saliéramos a la calle, pero no sabíamos nada de la contaminación. Apenas nos contaban nada. No sabíamos que habían muerto bomberos por la radiación", dice.

Una amenaza invisible

Durante horas, la vida continuó como si nada hubiera ocurrido. La imagen que describe es casi surrealista: niños jugando, montando en bicicleta, expuestos a la radiación sin saberlo. "Yo iba con mi bici por la calle, como si nada hubiera pasado. Íbamos sin ninguna protección. Había mucho desconocimiento, nadie nos dio ninguna instrucción clara en los primeros días".

Svieta y una amiga suya pocos meses después del desastre nuclear.

Svieta y una amiga suya pocos meses después del desastre nuclear. Cedida

No fue hasta varios días después cuando comenzaron a tomar medidas, aunque insuficientes y tardías. "Dos semanas después nos empezaron a dar yodo para la radiación, aunque mucha gente no se lo tomaba. Años más tarde descubrimos que el elevado consumo de yoduro de potasio puede causar cáncer de tiroides".

Fue también entonces cuando comenzaron las primeras evacuaciones, pero, a diferencia de localidades como Prípiat, más próxima a la central, en Orane los traslados se hicieron parcialmente, a pesar de que era uno de los pueblos más contaminados de la región.

"Vinieron científicos a la zona y, al ver los altos niveles de radiación, ordenaron evacuar solo a los niños. Nos dijeron que no podían evacuar a toda la población. A mi familia no la evacuaron, y seguimos viviendo allí durante cinco años más", relata.

"La comida estaba contaminada, pero no nos podíamos morir de hambre"

Svieta Shmagailo, superviviente de Chernóbil

Durante meses, la gravedad de lo ocurrido permaneció oculta o minimizada. "Pasaron meses hasta que supimos que se trataba de algo verdaderamente peligroso. Y se empezó a rumorear que solo íbamos a vivir dos años". Shmagailo hace una pausa al recordar ese momento. "Sentí miedo. Era una niña y no podía imaginar que solo me pudieran quedar dos años de vida".

La vida cotidiana se convirtió en una lucha constante contra un enemigo invisible. "Nos advirtieron que no podíamos comer los alimentos que había en las tiendas, porque estaban contaminados. Pero había que comer, así que daba igual. La gente comía lo que podía. No nos podíamos morir de hambre", expresa.

A las tres semanas, las escuelas reabrieron. "Como si nada hubiera pasado", dice. Pero lo que entonces parecía una vuelta a la normalidad era solo el inicio de una tragedia lenta. "Con los años han comenzado a aparecer cánceres y enfermedades en mucha parte de la población. Nadie escapa de esto. En nuestra aldea no existe gente sana".

"Muchas personas mueren porque no tienen seguro médico"

Svieta Shmagailo, superviviente de Chernóbil

Además de la falta de información y la exposición a la radiación, Shmagailo también pone el foco en la falta de acceso a la sanidad gratuita. "Muchos de los fallecidos a causa de la radiación mueren ya que no tienen seguro médico gratuito".

"Una sesión de quimioterapia puede costar, como mínimo, 200 euros, y si hacen falta 10 o 15 para tratar el cáncer, imagínate", explica. "Mientras, la gente tiene 60 o 70 euros de pensión en Ucrania. Con la guerra, todo es mucho más caro aún. Es muy triste ver cómo mueren niños porque sus padres no han podido pagarles los tratamientos. El gobierno nos ha abandonado", denuncia.

La muerte de su madre fue especialmente dura e injusta. "Hicimos todo lo que pudimos para salvarla. Tenía cáncer de colon, la sometieron a tres operaciones, hasta que no pudimos pagar más el costoso tratamiento y terminó muriendo cinco años después de la tragedia".

El destino de su hermano fue similar. "Murió de cáncer de lengua cuatro años más tarde de la explosión. Gastamos mucho dinero con él también para salvarlo, pero no hubo manera. Es muy duro ver cómo no puedes hacer nada… No sé si es más duro para el que lo padece o para el que cuida", lamenta.

Shmagailo, por su parte, ha tenido más suerte, aunque no ha quedado indemne. "He tenido problemas de tiroides, pero me someto a revisiones constantes y he podido salvarme, de momento", expresa, con la incertidumbre de no saber si aquella exposición durante años aún no ha dado su peor cara.

"La gente que no huye es porque no tiene alternativa"

Svieta Shmagailo, superviviente de Chernóbil

Pero, cuatro décadas después, las secuelas de Chernóbil no son solo físicas. "La gente vive con depresión. No vive, sobrevive. El gobierno y las instituciones no han hecho nada más que mentir. Allí, la población piensa que la vida no vale nada. Conviven con la muerte".

Y, sin embargo, muchos continúan residiendo allí. No les queda otra opción. "Mucha gente no ha huido del lugar porque no tienen otro sitio adonde ir. Allí tienen toda su vida, aunque sea miserable. Tienen sus negocios y huertos. No tienen alternativa para marcharse", dice.

Durante un tiempo, el gobierno ofreció ayudas para reubicar a la población más afectada, pero fueron insuficientes. "Dieron viviendas gratuitas en otros lugares, pero eran muy pocas. A mi familia no le tocó. Así que nos quedamos durante años en nuestra casa y sobrevivimos gracias al huerto y al ganado", explica.

Sin embargo, tras varios años con la esperanza de huir de aquel siniestro lugar, en 1992, su madre intentó sacar a la familia de ese entorno. "Nos fuimos al oeste de Ucrania para buscar un futuro mejor, pero no conseguimos vivienda estable. Eran muy caros los alquileres, así que volvimos a Orane, a nuestra casa".

Su misión

Poco después, su madre y su hermano fallecieron. A pesar de todo, Shmagailo siguió adelante. "Me formé para ser profesora. Di clases en un colegio de mi aldea. Sabía que mi misión estaba allí, junto a esos niños. Intentaba contarles la realidad de lo que ocurría, sin mentiras".

Hasta que, en 2008, Shmagailo conoció España gracias a la Asociación Chernobil Elkartea, una organización con sede en el País Vasco y Navarra cuya misión principal es la de organizar acogidas temporales de verano para niños y niñas ucranianos que viven en las zonas contaminadas por el desastre nuclear.

Svieta junto a un grupo de alumnos del colegio de Orane, donde era profesora.

Svieta junto a un grupo de alumnos del colegio de Orane, donde era profesora. Cedida

"Estuve como voluntaria hasta el 2019. Yo me encargaba de hacer un listado de niños a los que luego se les encontraba familias españolas que fueran acordes para ellos", cuenta.

El objetivo era alejar a los niños, aunque fuera temporalmente, de la radiación. "Esto es muy importante para esos niños expuestos a altos niveles de radiación ya que, al permanecer en España durante unos meses, la radiación disminuye en sus cuerpos. Es de vital importancia para ellos".

Una advertencia al mundo

Cuarenta años después del mayor desastre nuclear de la historia, Shmagailo no solo mantiene viva la memoria de la tragedia, sino que su relato quiere que sirva de advertencia. "La energía nuclear es un riesgo muy grande para la salud mundial. Lo hemos visto en Chernóbil y esto puede volver a ocurrir. ¿Qué vale más? ¿La vida de las personas o la energía barata?".

Por último, solo pide que nadie olvide lo que ocurrió. "Cuando los políticos apuesten por energías nucleares, que recuerden Chernóbil. Esa sería la mejor manera de que no nos olviden", concluye.