Durante décadas, el éxito turístico de España se ha medido sobre todo por el número de visitantes. Cada nuevo récord se ha celebrado como una confirmación de nuestro liderazgo, aunque esa cifra, por sí sola, diga cada vez menos sobre el turismo que tenemos y el que realmente necesitamos.

España ya ha demostrado que sabe atraer viajeros. Cuenta con una oferta extraordinaria, conectividad, seguridad y una capacidad de acogida difícil de igualar. El reto ahora es conseguir que cada visita aporte más a los lugares donde se produce.

Esto obliga a cambiar la manera en la que entendemos el éxito. Importa cuántas personas llegan, pero también cuánto tiempo permanecen, qué actividad generan, qué empleo sostienen, cómo se relacionan con el entorno y qué efecto tiene su presencia sobre la vida cotidiana de los residentes.

No se trata, por tanto, de elegir entre turismo sí o turismo no, una discusión que reduce un asunto complejo a dos posiciones enfrentadas. Se trata de decidir qué turismo queremos favorecer y de gestionar mejor una actividad que seguirá creciendo porque viajar forma ya parte de la vida de millones de personas.

La importancia del turismo para nuestro país está fuera de duda. Genera empleo, mantiene servicios, impulsa infraestructuras y crea oportunidades en lugares donde no siempre resulta fácil encontrarlas. También contribuye a conservar el patrimonio y puede devolver actividad y futuro a municipios que llevaban años perdiendo población.

Precisamente porque el turismo es tan importante, no podemos dejar que evolucione por inercia. Cuando la actividad se concentra demasiado en determinados espacios o épocas del año, aparecen tensiones que afectan a la movilidad, al uso del espacio público, a la vivienda o a la convivencia.

Turismo que Suma nace de esa convicción y de la idea de que el sector debe participar activamente en la búsqueda de soluciones y trasladarle a la sociedad con más recurrencia cómo está avanzando en este camino y la contribución que va generando.

La iniciativa reúne ya a más de 80 empresas, asociaciones, destinos y administraciones que, desde realidades muy distintas, comparten un mismo objetivo: avanzar hacia un turismo que genere más valor y esté mejor integrado en los lugares donde se desarrolla.

Ese compromiso ya se está traduciendo en medidas concretas para mejorar la convivencia, ordenar los destinos, generar productos de mayor valor, proteger su identidad, reducir el impacto ambiental y promover un mejor empleo.

No todos esos problemas tienen su origen exclusivo en el turismo ni pueden resolverse con una misma medida. Por eso necesitamos mejores datos, diagnósticos rigurosos y un conocimiento mucho más preciso de lo que ocurre en cada territorio, en lugar de construir las decisiones a partir de impresiones generales.

Escuchar a los residentes forma parte de esa tarea, porque permite detectar los desequilibrios antes de que el malestar se convierta en rechazo. También ayuda a separar los problemas reales de aquellos que responden a causas más amplias y que no deberían cargarse oportunistamente sobre la actividad turística.

Cada destino debe entender que tiene límites y decidir qué modelo encaja mejor con su realidad. Una gran capital no afronta los mismos retos que una isla o un municipio de interior que encuentra en el turismo una oportunidad para mantener población, comercio y servicios.

Elegir implica ordenar la oferta, combatir con firmeza la actividad ilegal y facilitar la inversión en aquellos proyectos que generan empleo, respetan el entorno y aportan más valor a la comunidad. También exige proteger la forma de vida local y evitar que los lugares pierdan aquello que los hizo atractivos.

Avanzar en esa dirección exige colaboración real entre administraciones, empresas y ciudadanía, con una visión compartida que permita planificar a largo plazo y tomar decisiones incluso cuando resulten complejas. Gestionar un destino exige algo más que promocionarlo.

También los visitantes tienen una responsabilidad. Respetar el descanso, cuidar el espacio público, consumir productos locales o interesarse por las costumbres del lugar son gestos sencillos pero importantes para convivir mejor con quienes viven allí.

El futuro del turismo español no dependerá de sumar otro récord en afluencia, sino de que esa actividad contribuya cada vez más al bienestar de los destinos y de quienes viven en ellos. España ya sabe atraer viajeros. El reto ahora es gestionar mejor su contribución futura.

*** Óscar Perelli, es vicepresidente ejecutivo de Exceltur.