"George, llama al caballo George", le dije. Estábamos de pie frente a la gutiya, choza tradicional de madera y paja de Abdulrahman, en un campamento de desplazados de Darfur, discutiendo cómo llamar a su caballo.
"En Sudán no ponemos nombre a los animales", se rió cuando le pregunté si el suyo tenía alguno. "Entonces, dime, ¿cómo debería llamarlo?".
George fue lo mejor que se me ocurrió, y ambos nos reímos: un breve momento de ligereza tras la conversación que acabábamos de tener. Dentro de su choza de paja trenzada, mis colegas y yo habíamos llorado mientras Abdulrahman describía cómo él y su familia de diez miembros habían escapado de los combates para llegar a este campamento, uno de los muchos que albergan a miles de personas.
Hasta hace poco, Abdulrahman se dedicaba al cultivo de cacahuetes, sorgo, mijo y sésamo en una pequeña finca familiar. Pero cuando el conflicto llegó a su ciudad natal, Nyala, los bombardeos se volvieron insoportables. Huyó con su familia, sin llevar casi nada.
Hombres armados le exigieron dinero que no tenía; sobrevivió a palizas y humillaciones y fue testigo de la violación de otras personas de su grupo. Dijo que algunas cosas eran demasiado difíciles de soportar psicológicamente, y lloramos con él.
Han pasado ya casi tres años desde que el conflicto que ha desgarrado Sudán estalló en la capital, Jartum, y se extendió por todo el país. Pocas zonas se han librado de las consecuencias.
Sudán fue considerado en su día una nación con potencial para convertirse en el "granero" de África, rica en petróleo, oro y minerales. Es uno de los mayores productores mundiales de cacahuetes. Se asienta sobre el acuífero de agua dulce más grande del mundo.
Hoy en día, más de 30 millones de personas de una población de unos 52 millones necesitan ayuda humanitaria. Más de 12 millones de personas han huido a campamentos internos o a países vecinos.
La ironía es cruda: las agencias de ayuda humanitaria importan ahora pasta alimenticia de emergencia a base de cacahuete para alimentar a niños y niñas gravemente desnutridos en un país que antes exportaba cacahuetes.
Abdulrahman se dedicaba al cultivo de cacahuetes, sorgo, mijo y sésamo en una pequeña finca familiar. Cedida
Mientras viajaba por Darfur Oriental, no dejaba de oír algo que sonaba como la palabra "mafia". Cuando le pregunté a nuestro traductor, se rió entre dientes. "No es “mafia”. Es “mafi”. Significa “nada”". Eso tenía más sentido. Dondequiera que fuéramos, la gente decía lo mismo: "No tenemos nada".
Estoy aquí tratando de dar visibilidad a Sudán, una crisis humanitaria casi invisible en las noticias mundiales a pesar de ser la mayor del mundo. La crisis del Golfo, Gaza, las discusiones sobre migración y economía, incluso un cohete a la Luna… todo ello ha eclipsado el sufrimiento de Sudán.
Y el sufrimiento interminable tiene la capacidad de insensibilizarnos y absorber la esperanza de que las cosas puedan mejorar.
Un compañero que dirige las operaciones en Darfur Oriental para mi organización de ayuda humanitaria, World Vision, se preguntó en voz alta si había perdido la capacidad de llorar al ver cómo reaccionábamos los recién llegados ante lo que él ve a diario: gente pidiendo comida, agua, dinero, medicinas, educación; familias agotadas que llegan a los campamentos y se tumban en el polvo bajo unos palos para intentar escapar del sol abrasador del mediodía.
Hoy hemos visitado el Hospital Universitario Provincial de Darfur Oriental, destruido hace semanas por un ataque con drones. El hospital, que albergaba las salas de maternidad y pediatría, yacía en ruinas. Un médico nos condujo a una sala donde todos los pacientes habían fallecido —dos por cama debido a la escasez de recursos—. Murieron ochenta y cuatro personas.
Un funcionario nos contó que la explosión fue tan potente que arrancó la ropa de las víctimas. Otro sacó su teléfono móvil y empezó a mostrar imágenes de mujeres, niños y niñas tan espantosas que tuve que pedirle que parara.
Como director de comunicaciones de emergencia de World Vision, gran parte de mi trabajo se centra en mostrar el impacto positivo de las donaciones de la gente, algo vital en un momento en que el escepticismo sobre la ayuda internacional es elevado y los gobiernos están recortando los presupuestos humanitarios en favor del gasto militar. Muchas agencias de ayuda humanitaria y programas de la ONU se han desvanecido.
Los que quedan son la última línea de defensa para cientos de miles de niños y niñas y sus familias que, de otro modo, morirían. Muchos miles están pereciendo porque la respuesta dista mucho de ser suficiente.
Esta semana asistí a la inauguración de una unidad de atención primaria de World Vision donde voluntarios capacitados evalúan la desnutrición. Una lectura en rojo en la cinta métrica alrededor del brazo de un niño —menor de cinco años— significa que morirá en cuestión de días a menos que se le dé de comer.
Cuando nos marchamos, el centro estaba lleno de madres que alimentaban a sus hijos con la pasta especial de cacahuete diseñada para sacarlos del borde del abismo. Pero no hay ni de lejos suficientes centros de este tipo, y los niños y niñas de las zonas más afectadas por el hambre en Sudán están muriendo de forma invisible, no solo de hambre, sino también de sus acompañantes: el cólera, la neumonía y la diarrea.
Gran parte del cinismo en torno a la ayuda humanitaria está fuera de lugar. Casi todo el personal humanitario aquí es local, y trabaja bajo una presión inmensa, a menudo con un riesgo significativo para sí mismos. Lo hacen incluso cuando la situación parece completamente desesperada y ante demandas continuas, abrumadoras y desgarradoras.
Los países se desintegran en conflictos civiles, las naciones vecinas entran en guerra y los bloques geopolíticos se enfrentan entre sí debido a un fracaso del liderazgo político —o, lo que es peor, a que los líderes manipulan deliberadamente las diferencias étnicas, religiosas o culturales en beneficio propio—.
Los trabajadores humanitarios somos imparciales: vamos donde hay necesidad. Pero realizamos esta labor de salvar vidas en gran medida porque los políticos han fracasado en su tarea de construir la nación y la paz.
La clase educada —los médicos, los ingenieros, los profesores universitarios, los empresarios— casi en su totalidad ha abandonado Sudán. Los trabajadores humanitarios se quedan.
Me quedo pensando en el médico del hospital —un verdadero humanitario— de pie en el lugar donde impactó el dron. "¿Vas a abandonar el país?", le pregunté.
"No, esta es mi gente. ¿Cómo voy a irme?".
*** James East es director de Comunicaciones de Emergencia de World Vision.