Será el algoritmo, pero cada vez que abro Instagram me aparece una influencer recomendándome que, cuando compre ropa, me fije en la etiqueta y elija sólo prendas confeccionadas con fibras naturales como el algodón, la lana o el lino. Y que al poliéster, ni agua.

¿Vestir fibras naturales es la mejor opción? ¿Es el poliéster el enemigo número uno? En sostenibilidad en general, y en la industria textil en particular, todo es muy relativo. Y es que comprar, vestir y producir de una manera más responsable con el planeta no es fácil ni evidente.

La sostenibilidad de cualquier prenda de ropa empieza porque ésta sea funcional. Esto quiere decir que lo más importante es que responda a las necesidades para las que ha sido producida. De esta manera, no será lo mismo, ni requerirá los mismos materiales, confeccionar una prenda de ropa interior, un chubasquero técnico, un vestido de fiesta o un abrigo de vestir.

Además, será conveniente que cualquiera de estas prendas esté pensada para durar el mayor tiempo posible y ser usada el máximo de veces posible. Y todo ello, procurando que tenga el menor impacto ambiental y el coste más ajustado. Para conseguirlo, en la mayoría de los casos es necesario combinar materias primas distintas y muchas veces mezclarlas entre ellas.

Precisamente, acertar en esta combinación es lo que realmente marca el éxito de la prenda y la hace interesante para la persona que la usa. ¿Pero cómo podemos conocer esta información los consumidores y usuarios? Actualmente, es complicado, más allá de confiar en aquellas marcas que nos han respondido bien con anterioridad.

Por ello, la Unión Europea, consciente de esta necesidad, ha aprobado el Reglamento Europeo de Ecodiseño, una norma que aplica a una gran variedad de productos, no sólo textiles, y que, entre otros requerimientos, incluye incorporar en cada prenda un pasaporte digital que muestre datos como la huella ambiental del producto, su índice de durabilidad, el contenido de materias primas recicladas o su capacidad de reparabilidad o reciclabilidad.

Una etiqueta de la que actualmente se están discutiendo los detalles técnicos y formales, pero que cada vez apunta más a parecerse a la etiqueta de certificación energética que desde hace años vemos en electrodomésticos, vivienda y automóviles, y que nos dará información clara sobre su impacto ambiental y rendimiento.

Lo más parecido que existe actualmente es la propuesta del Gobierno francés que, desde octubre del año pasado, ofrece a las empresas de moda que comercializan en Francia una herramienta gratuita para calcular y mostrar, a través de una etiqueta ambiental, el impacto de sus prendas. El cálculo evalúa 16 categorías de impacto, además de la durabilidad y la liberación de microplásticos.

Pese a ser voluntario, el etiquetado es especialmente relevante porque se convierte en el primer método oficial para comunicar información ambiental de la ropa. Es cierto que no son soluciones perfectas y todavía hay muchos claroscuros acerca de qué información deben reportar y de qué manera deben mostrarla, pero son pasos importantes para facilitar al consumidor la toma de decisiones informadas.

De esta manera, la próxima vez que vayas a comprar una prenda, en lugar de fijarte sólo en su composición, puedes mirar si ya incorpora algún tipo de etiqueta de rendimiento. Y, si no es el caso, apela al sentido común: piensa para qué sirve esa prenda, cuánto la vas a usar y qué materiales tienen más sentido para ese uso concreto.

Porque, en sostenibilidad, no gana la fibra más natural, sino la prenda que mejor cumple su función, dura más tiempo y evita que tengamos que volver a comprar otra.

***Sònia Flotats, directora de Move! Moda en Movimiento.