El pasado mes de noviembre, los ministros de Medio Ambiente de la UE acordaron su posición sobre la reforma de la Ley Europea del Clima, que establece una reducción del 90% de las emisiones de gases de efecto invernadero para 2040, en comparación con los niveles de 1990. Esta nueva meta complementa el objetivo a corto plazo de lograr una reducción neta de al menos el 55% para 2030.
La hoja de ruta para alcanzar esa reducción del 90 % se centra principalmente en la electrificación de la economía, promoviendo tecnologías como las energías renovables, su almacenamiento y la movilidad eléctrica, entre otras.
Sin embargo, esta estrategia implica una creciente dependencia de la electricidad, lo que hace imprescindible gestionar de manera eficiente la demanda en los espacios donde vivimos y trabajamos.
Dentro de este desafío, existe un sector a menudo subestimado pero de gran relevancia: la climatización y el agua caliente sanitaria (ACS). Los datos sobre el consumo energético en edificios evidencian su importancia. La climatización y el ACS son determinantes en la transición energética, ya que representan cerca del 50% del consumo de energía de un edificio.
Para ponerlo en contexto, los edificios consumen el 40% de la energía y generan el 36% de las emisiones de gases de efecto invernadero en la UE, según la Comisión Europea.
Hasta ahora, la principal estrategia para reducir el consumo energético y las emisiones en edificios —ya sean viviendas, oficinas o espacios terciarios— ha sido electrificar su capacidad térmica mediante bombas de calor, como la aerotermia, e incorporar energías renovables, por ejemplo, mediante paneles solares fotovoltaicos.
No obstante, si esta electrificación no se acompaña de un sistema de regulación y control adecuados, la demanda puede crecer de forma desordenada, generando picos de consumo, tensión en la red y costes elevados.
La naturaleza intermitente de las energías renovables plantea desafíos adicionales para una red eléctrica diseñada para fuentes de generación constantes. Mientras se pueden tomar medidas en la producción de esa energía renovable como, por ejemplo, seguir evolucionando el almacenamiento energético, existe un enfoque complementario desde el lado del consumo: adaptarlo a la disponibilidad de energía, ajustando la demanda de manera inteligente.
Por ello, la climatización consciente se presenta como una solución a estas problemáticas: puede contribuir a reducir significativamente el consumo energético de los edificios y, al mismo tiempo, actuar como un gestor activo de la demanda, clave para una red eléctrica más flexible, eficiente y estable.
Gracias a la digitalización, la inteligencia artificial y la analítica de datos, los sistemas de climatización pueden transformarse de consumidores estáticos —funcionan sin tener en cuenta la red eléctrica ni la variabilidad del precio de la electricidad— a activos inteligentes.
Estos sistemas aprenden de los hábitos de los usuarios, anticipan la demanda y ajustan el consumo térmico en tiempo real según las condiciones exteriores o los precios de la electricidad. De este modo, la climatización consciente convierte a los edificios en agentes activos de la red, ayudando a suavizar la demanda, facilitar la integración de renovables y mejorar la estabilidad del sistema.
Este cambio en el papel de los edificios evidencia, por tanto, que la electrificación no se limita a generar electricidad limpia; su éxito depende de cómo se gestione la demanda. Así, la climatización consciente convierte un consumo tradicionalmente rígido en un recurso flexible y activo, capaz de integrarse de manera inteligente en la red.
Reconocer y aprovechar este potencial es, por tanto, un paso fundamental para avanzar hacia una transición energética en Europa que sea ordenada, eficiente y sostenible.
*** Antonio Mediato es CEO de Airzone.