El suicidio es actualmente la segunda causa de muerte no natural en España.

El suicidio es actualmente la segunda causa de muerte no natural en España. Elena Medvedeva Istock

Historias Día Mundial para la Prevención del Suicidio

Qué hay detrás del aumento del 10,6% de las peticiones de ayuda por conducta suicida: "Los problemas se van acumulando"

El aumento convive con un cambio en las vías para pedir apoyo y con las desigualdades en el acceso al acompañamiento después de una crisis.

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España registró 3.953 fallecimientos por suicidio en 2024, 163 menos que el año anterior, cuando se contabilizaron 4.116. El descenso del 3,96% sitúa la tasa nacional en 8,1 muertes por cada 100.000 habitantes y supone el segundo año consecutivo de bajada. Pero detrás de esta evolución de la mortalidad aparece otra cifra que apunta a una realidad distinta.

Las peticiones de ayuda relacionadas con la conducta suicida aumentaron un 10,6% durante el primer semestre de 2026, según los datos del Teléfono de la Esperanza.

Las dos tendencias no son contradictorias. Y es que el incremento de las personas que buscan apoyo no permite concluir por sí mismo que haya aumentado en la misma proporción la conducta suicida en el conjunto de la población.

Aurelia González, miembro de la Junta Directiva del Teléfono de la Esperanza, responsable de su Chat de la Esperanza y del área de especialistas en suicidio, pide prudencia al interpretar estos datos.

A su juicio, puede existir más sufrimiento, pero también una mayor capacidad para reconocerlo, más conocimiento de los recursos disponibles o una reducción del estigma que rodea la petición de ayuda.

Los datos definitivos del Instituto Nacional de Estadística dibujan, además, una distribución muy desigual del riesgo. Los hombres concentraron 2.902 de las muertes, el 73,4%, frente a las 1.051 registradas entre mujeres. La tasa masculina alcanzó los 12,1 casos por cada 100.000 habitantes, frente a 4,2 en mujeres.

El Ministerio de Sanidad señala que esta diferencia obliga a incorporar una perspectiva de género en la prevención, especialmente para combatir el aislamiento y las dificultades que encuentran algunos hombres para expresar su malestar y acceder a apoyo.

La edad introduce otra diferencia. Los hombres de 85 a 89 años alcanzaron una tasa de 40,2 suicidios por cada 100.000 habitantes, casi cinco veces la media nacional y por encima de los 36,7 registrados en ese grupo en 2023.

Sanidad relaciona esta mayor vulnerabilidad con circunstancias como el aislamiento, las enfermedades crónicas y la pérdida de redes de apoyo. Al mismo tiempo, la evolución entre los menores de 30 años presenta matices. Los fallecimientos bajaron de 364 a 344 entre 2023 y 2024, pero los menores de 20 años pasaron de 76 a 90 muertes.

El suicidio tampoco responde a una explicación única. Las condiciones económicas, la precariedad laboral, el desempleo, la exclusión, las dificultades familiares, las pérdidas, el aislamiento o los problemas de salud pueden coincidir y reforzarse en una misma persona.

En España, el 25,8% de la población está en riesgo de pobreza o exclusión social, un contexto que puede añadir presión cuando los ingresos no permiten cubrir con estabilidad las necesidades básicas o afrontar una crisis vital.

Antes de la crisis

En el Teléfono de la Esperanza, el aumento de las peticiones se observa a través de situaciones muy diferentes. En los seis primeros meses del año se registraron 2.550 atenciones por ideación suicida, 606 por crisis suicida y 118 por acto suicida en curso.

La organización insiste en que quienes contactan no forman un grupo homogéneo por edad o circunstancias.

"Cada vez hay más personas que buscan un lugar donde poder hablar de lo que les está pasando", explica González. De hecho, muchas llegan inicialmente por problemas que no identifican como relacionados con el suicidio.

La soledad, los conflictos familiares o de pareja, la ansiedad o la sensación prolongada de malestar pueden preceder a la aparición de pensamientos suicidas. Pero, para la especialista, esa puerta de entrada permite actuar antes de que la situación alcance una fase extrema.

El cambio también se aprecia en el canal utilizado. El 67% de las solicitudes de apoyo a través del chat corresponde a menores de 35 años, mientras que alrededor del 70% de quienes recurren al teléfono tienen más de esa edad. Entre las demandas por ideas suicidas, casi el 23% fueron atendidas mediante chat.

El Teléfono de la Esperanza detectó riesgo de conducta suicida en 2.983 casos en el primer semestre de 2025.

El Teléfono de la Esperanza detectó riesgo de conducta suicida en 2.983 casos en el primer semestre de 2025. erhui1979 iStock

El uso de esta vía ha crecido un 32,64% respecto al año anterior, según el Teléfono de la Esperanza, y González vincula parte de este aumento con una forma de comunicación especialmente familiar para los jóvenes.

El motivo es que escribir permite pensar antes de enviar un mensaje, modificarlo y mantener una cierta distancia respecto a la conversación. También puede reducir el temor a sentirse juzgado y facilita el acceso a personas con dificultades auditivas o del habla.

Las diferencias entre canales también aparecen en la distribución por sexo. En el chat, el 29,11% de las personas atendidas son hombres y el 42,95% mujeres, mientras que en el teléfono los porcentajes son del 37,35% y el 57,98%, respectivamente.

Para González, el dato fundamental está en el momento en que se produce el contacto.

Algunas personas llaman cuando ya existe una crisis suicida y requieren una valoración inmediata del riesgo. Otras lo hacen cuando todavía no hay ideación suicida, pero el malestar está afectando de forma importante a su vida cotidiana. En ese espacio previo sitúa una parte esencial de la prevención.

Acumular el malestar

Las causas que aparecen en las conversaciones tampoco suelen presentarse aisladas. Una discusión familiar puede convivir con ansiedad, baja autoestima, soledad o un estado de ánimo deteriorado. Las dificultades económicas pueden coincidir con una ruptura, una enfermedad o la pérdida de una red de apoyo.

La relevancia está en la combinación concreta de circunstancias y en la capacidad de cada persona para afrontarlas.

Esta perspectiva coincide con la experiencia de Carles Alastuey Sagarra, psicopedagogo, portavoz y responsable de los grupos de acompañamiento de la DSAS, Después del Suicidio, Asociación de Supervivientes.

Define la conducta suicida como profundamente individual y multicausal y advierte contra las interpretaciones que reducen una tentativa a una búsqueda de atención o a una conducta manipuladora.

"La tentativa es, en sí misma, una llamada desesperada de auxilio", sostiene Alastuey. Desde su experiencia, quien la realiza está expresando una situación de desesperación y la percepción de no encontrar una salida al dolor.

Por ese motivo, entender esa dimensión resulta fundamental para evitar respuestas estigmatizantes y orientar la prevención hacia la atención de las necesidades que existen detrás de la crisis.

También existen diferencias entre hombres y mujeres en la mortalidad y las tentativas. El psicopedagogo señala que los hombres adultos de entre 50 y 65 años concentran una parte especialmente elevada de las muertes, mientras que las mujeres realizan más tentativas, con una mortalidad menor asociada a los métodos empleados.

Estos datos muestran que las estadísticas de fallecimientos no reflejan por sí mismas toda la dimensión de la conducta suicida.

El riesgo puede aparecer en cualquier grupo social. El portavoz de DSAS subraya que los colectivos expuestos a situaciones estresantes, con acceso a medios letales o sometidos a exclusión social pueden presentar una mayor vulnerabilidad. Asimismo, la exclusión puede añadir aislamiento, aumentar las conductas de riesgo y dificultar el acceso a recursos de apoyo.

La dimensión social del problema también explica por qué una intervención exclusivamente clínica resulta insuficiente. Sanidad considera que los determinantes económicos, sociales y culturales interactúan con las circunstancias individuales.

En ese sentido, la precariedad laboral puede comprometer la estabilidad económica y la percepción de futuro; la pobreza puede dificultar el acceso a determinados apoyos; y la desigualdad puede condicionar los recursos disponibles para afrontar una crisis.

El objetivo de la prevención, por tanto, se desplaza hacia una intervención más temprana. La cuestión ya no es identificar únicamente a quien se encuentra en una crisis aguda, sino reconocer señales de deterioro antes de que aparezca una situación de máximo riesgo.

En ese punto, la posibilidad de hablar con alguien, acceder a atención profesional y recuperar apoyos sociales adquiere un papel central.

El acompañamiento

El momento posterior a una crisis concentra una de las principales dificultades señaladas por las asociaciones de supervivientes.

En España ha aumentado la concienciación sobre la necesidad de atender la conducta suicida y se han desarrollado protocolos en distintas comunidades autónomas, pero su aplicación y los recursos disponibles presentan diferencias territoriales.

Alastuey considera que la atención de emergencias suele responder adecuadamente cuando existe una situación de riesgo y se activa el circuito correspondiente. El problema aparece después, cuando la persona necesita continuidad.

Bajo su punto de vista, la atención de urgencias puede quedar centrada en preservar la vida sin disponer siempre del tiempo, la formación específica o los recursos necesarios para abordar de forma suficiente el impacto psicológico, informar al entorno y establecer un seguimiento posterior.

En 2024 murieron 3.953 personas por suicidio en España.

En 2024 murieron 3.953 personas por suicidio en España. aurumarcus Istock

Desde el Teléfono de la Esperanza, González describe una cadena de actuación que comienza con la valoración de la situación y del nivel de riesgo. También se tienen en cuenta los apoyos disponibles y las circunstancias que están contribuyendo a la crisis.

Es decir, cuando existe peligro inmediato se movilizan recursos de emergencia. Si no es necesaria esa intervención, el trabajo se orienta a contener la crisis, reducir su intensidad y buscar alternativas que aumenten la seguridad.

El reto aparece cuando la persona necesita una atención especializada continuada. La organización trata de facilitar el acceso a sus propios recursos o a los servicios sanitarios y sociales correspondientes. Y González identifica ahí una de las principales necesidades del sistema: evitar que una persona que ha dado el paso de pedir ayuda quede después sin seguimiento.

La percepción de la DSAS coincide en ese punto. Alastuey reclama una revisión de los protocolos y de la sensibilidad con la que se atienden las tentativas, especialmente por la importancia del seguimiento, la información y la implicación del círculo cercano en la reducción del riesgo posterior.

En ese sentido, la respuesta institucional ha incorporado nuevos recursos. En junio de 2025 se acordaron 39 millones de euros para el Plan de Acción de Salud Mental 2025-2027, con 224 proyectos en ejecución.

Entre sus líneas figuran la reducción de los tiempos de espera, el refuerzo de la atención infanto-juvenil, la formación profesional, el apoyo entre pares y una mayor integración de la salud mental en el primer nivel asistencial.

A este programa se suma el Plan de Acción para la Prevención del Suicidio 2025-2027, que recibió 17,83 millones de euros en 2025. Y, además, Sanidad ha aprobado 122 proyectos destinados a sensibilización, acompañamiento comunitario, formación de profesionales y personas capaces de detectar situaciones de riesgo y creación de recursos específicos.

Uno de los recursos centrales es la Línea 024, pública, gratuita, confidencial y disponible las 24 horas todos los días del año. Desde mayo de 2022 hasta finales de noviembre de 2025 atendió más de 500.000 llamadas. El servicio está dirigido tanto a personas con ideación suicida como a familiares y allegados y permite también acceder a atención mediante chat.

Familias en el punto de mira

La prevención tampoco termina cuando una persona sobrevive a una tentativa, ni tampoco cuando una familia pierde a un ser querido. La DSAS señala que las personas cercanas a una muerte por suicidio afrontan unas circunstancias específicas de duelo que pueden incluir culpa, ausencia de despedida, aislamiento y dificultades para compartir lo ocurrido.

El psicopedagogo denuncia una carencia concreta. Y es que no existen actualmente recursos públicos específicos destinados a atender la pérdida por suicidio de las personas próximas, pese al volumen de fallecimientos que registra España.

A su juicio, el estigma asociado a esta causa de muerte dificulta además que las familias puedan vivir el duelo con la misma normalidad social que ante otras pérdidas.

La ausencia de una red específica deja parte del acompañamiento en manos de asociaciones y recursos privados o comunitarios. Para la DSAS, los propios supervivientes constituyen un recurso relevante porque conocen desde dentro la experiencia del duelo y pueden ofrecer comprensión a quienes atraviesan circunstancias similares.

Alastuey considera que deberían incorporarse a los recursos comunitarios de atención y acompañamiento.

El estigma sigue siendo otro obstáculo. González observa que todavía existen personas que creen que deberían ser capaces de resolver por sí mismas lo que les ocurre y sienten vergüenza al pedir ayuda.

El portavoz de la Asociación de Supervivientes amplía esa cuestión al conjunto de la salud mental y señala que persiste una tendencia social a cuestionar la gravedad o incluso la sinceridad del sufrimiento psicológico.

Ese silencio puede retrasar el acceso a los recursos. Por eso la prevención se apoya también en personas que están fuera del sistema sanitario.

Los familiares, las amistades y los compañeros de trabajo pueden convertirse en los primeros interlocutores de alguien que atraviesa una crisis. De ahí que los programas de formación de Sanidad dirigidos a estas personas busquen que sepan identificar señales de alarma y orientar hacia ayuda profesional.

En este punto, las recomendaciones de la Comunidad de Madrid sitúan la conversación como una herramienta inicial de protección.

Ante pensamientos suicidas, aconseja comunicar lo que está ocurriendo a una persona de confianza, buscar atención profesional y evitar afrontar la crisis en soledad. También recomienda permanecer acompañado mientras disminuyen los pensamientos suicidas y disponer de un plan de seguridad elaborado con personas de apoyo o profesionales.

El plan permite identificar señales de alarma, concretar personas a las que recurrir y establecer actuaciones para momentos de mayor riesgo. Si existe peligro inminente, la indicación es contactar con el 112 o acudir a urgencias.