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Cada día, unos 300 millones de mujeres y niñas tienen la regla en el mundo. Al mismo tiempo, una de cada cuatro carece de acceso a productos de higiene menstrual o a baños reservados para ellas. En el Día de la Higiene Menstrual, mujeres de Togo, Benín, Burkina Faso, El Salvador, Kenia y Nigeria cuentan a la ONG especializada en igualdad Plan International cómo la menstruación ha significado durante generaciones mucho más que gestionar un ciclo mensual: ha sido la condena al exilio del hogar, de la escuela y de la vida cotidiana. Aunque muchas siguen siendo apartadas de su educación o vida social cuando menstrúan, hijas y nietas nos cuentan cómo está cambiando esa realidad.

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    Togo: "Estaba prohibido entrar en casa"

    En el centro de Togo, Inna, de 72 años, recuerda lo que ocurría cuando a una chica le venía la regla por primera vez. El primer día, tenían que esconderse y llamar a nuestra madre o a una hermana para que les ayudaran en secreto.

    "Estaba prohibido entrar en casa. La familia tenía que encontrar una habitación fuera del hogar donde la chica debía pasar toda la regla". Después, alertaban a todo el pueblo y, durante cuatro días, de mañana a noche, el vecindario llevaba comida.

    Pese a las visitas de la comunidad, la chica permanecía físicamente separada de su hogar. Los hombres y los chicos, aunque fueran sus hermanos, no podían ver las telas menstruales. "Era una gran carga", dice Inna.

    Izla Bethdavid
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    Una cuestión de derechos

    Hoy, su nieta Denise, de 16 años, participa en un proyecto de salud menstrual de Plan International y ve las cosas de otra manera.

    "Entiendo que la generación de mi madre también sufrió mucho. ¡Es una cuestión de derechos!", manifiesta la joven.

    Izla Bethdavid
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    Benín: prohibido cocinar o acercarse al fuego

    En Benín, Angel, de 80 años, recuerda las prohibiciones estrictas que rodeaban la menstruación. "En nuestra época estaba prohibido que una chica con la regla preparara comida para su padre".

    Cuenta que los progenitores hacían amuletos espirituales para protegerse a sí mismos y a sus familias, pero esos objetos perdían su poder si entraban en contacto con una mujer menstruando.

    "Las chicas tampoco podían encender fuego [cocinar] porque se creía que eso provocaría un sangrado excesivo", expone.

    Su nieta Blanche todavía siente el peso del estigma en la escuela. "Lo pasaba mal durante la regla porque tenía miedo de mancharme el uniforme".

    Su escuela, denuncia, no tenía baños adaptados para las chicas. Por lo tanto, tenía que volver a casa cada vez que necesitaba asearse y varias veces perdió clase.

    Hoy Blanche forma parte de un club impulsado por Plan International que enseña a las jóvenes sobre salud menstrual y fomenta el diálogo entre generaciones.

    Izla Bethdavid
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    Burkina Faso: dormir sola

    En el centro-oeste de Burkina Faso, Marie, de 76 años, describe otra forma de exilio menstrual. Cuando era joven, la menstruación se consideraba algo sucio y repulsivo. "Cuando una chica tenía su primera regla se asustaba y lloraba".

    Su madre le daba una piel de oveja para dormir sobre ella hasta que parara el sangrado. "Las chicas y las mujeres dormían separadas del resto de la familia", recuerda.

    El aislamiento se había incrustado incluso en el lenguaje. En moore, la lengua local, se usa la palabra "lavado" para referirse al periodo menstrual, porque las mujeres tenían que lavar a diario la piel de oveja y los materiales de protección.

    Su hija Aminata reconoce que hablar del tema con su propia hija fue "incómodo, porque las dos nos avergonzábamos", pero todo eso ha cambiado gracias a las sesiones de sensibilización.

    "En mi comunidad, la menstruación no se considera una enfermedad, sino una señal de madurez física de una chica que se está convirtiendo en mujer. Una mujer con la regla que toma las precauciones adecuadas puede hacer lo que quiera e ir donde quiera", celebra Nassiratou, la nieta de 18 años de Marie.

    Izla Bethdavid
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    El Salvador: prohibido ir al río

    En Chalatenango, El Salvador, Paz, de 80 años, recuerda las imposiciones que gobernaban su cuerpo cuando aún menstruaba. "Mi madre me decía que cuando estaba así no podía ir al río, porque el agua entraría por los poros y eso era malo".

    Entonces usaban ropa vieja cortada en tiras y doblada. "Después de usarla, se quemaba", explica.

    Las restricciones también alcanzaban a la alimentación. "No podíamos comer tomates, pescado, huevos ni limones. ¡Después de la regla, sí que podíamos comer lo que quisiéramos!".

    Su nieta Hazel, de 18 años, participa hoy en el proyecto comunitario "El Poder de las Mariposas Rojas", que busca romper los tabúes en torno a la menstruación.

    Le han sobre su cuerpo, le han explicado lo que era la primera regla, el ciclo menstrual, qué métodos existen y cómo prepararse para ese momento. "Éramos un grupo pequeño de chicas y fue algo muy especial: la confianza, el compartir ideas...", relata la joven.

    Izla Bethdavid
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    Kenia: encierro doméstico

    En Nairobi, Halima, de 58 años, recuerda el peso del secreto que rodeaba la menstruación. "Antes, la regla daba vergüenza. Una chica se encerraba en casa varios días sin ir a la escuela, hasta que todo pasaba".

    Doblábamos las telas "con cuidado, como compresas modernas" y cuando se llenaban debían encerrarse en una habitación, lavarlas y ponerse ropa limpia, recuerda.

    Su hija Deiya, de 41 años, reconoce que el silencio se transmitía de generación en generación: "En el pasado había mucha más vergüenza. No podías ni acercarte a un chico".

    Hoy, la nieta de Halima, Faulat, forma parte del proyecto Kibera Joy, que apoya a las chicas con información y compresas y normaliza las necesidades de higiene menstrual. "Es algo muy abierto, te explican las cosas claramente. Puedes ir a buscar compresas siempre que las necesites", dice.

    Izla Bethdavid
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    Nigeria: el silencio y la culpa

    En Bauchi, Nigeria, Rahamatu recuerda el miedo y la incomprensión que rodeaban a la menstruación cuando era joven: "Antes, las madres tenían miedo de decirle al padre que su hija había tenido la regla".

    Era así porque algunos padres no lo entendían y podían llegar a culpar a las chicas, como si hubieran hecho algo malo.

    "Algunos maridos llegaban incluso a evitar a sus esposas durante la menstruación y se negaban a comer la comida que preparasen."

    Hoy, su nieta Rahamatu —mismo nombre, otra generación— recibe compresas en la escuela y habla abiertamente sobre la menstruación. Se ha convertido en educadora entre iguales en el marco de un proyecto de salud menstrual de Plan International.

    "Mis amigas también están entusiasmadas. Hasta sus padres me han dado las gracias por lo que he hecho". Tener estas conversaciones, sobre todo con su madre, le ha hecho ver lo importante que son la comunicación abierta y la educación sobre este tema, asegura.

    Izla Bethdavid