Ramón Jáuregui
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¿Sufren las democracias latinoamericanas por la subordinación a los Estados Unidos? En el contexto universal de crisis que sufren todas las democracias, ¿es la sumisión de tantos países del continente a los Estados Unidos de Trump una circunstancia que agrava esta crisis?

Nadie negará que los Estados Unidos han ejercido, directa o indirectamente, una influencia real, constante, intensa, en la política interna de la mayoría de los países de la llamada América Latina, por no decir en todos ellos.

De hecho, si tomamos como punto de partida la muerte de José Martí en los inicios de la independencia cubana, y en el final de la presencia española en el subcontinente y en el Caribe, la historia del siglo XX en América Latina es una historia turbulenta y espasmódica.

Está marcada por los movimientos pendulares a la derecha e izquierda, siempre presidida por un antiyanquismo, más que antiespañolismo, fruto de la nefasta influencia del vecino del norte en su trágica historia moderna.

El propio Martí, con su famosa Nuestra América, enlazó ambos sentimientos, nacionalismo y antiyanquismo, como lo estaban haciendo en las mismas fechas Rubén Darío en Nicaragua, Rodó en Uruguay o Vargas en Colombia.

Pero, nunca como ahora, esa influencia ha sido tan grosera, beligerante, sectaria y cruel como lo está siendo bajo el mandato de Donald Trump. Porque cruel es perseguir y expulsar, atados de pies y manos, a los inmigrantes en aviones que todos los países de origen aceptan dócilmente.

Sectario es establecer aranceles arbitrarios como castigo a las decisiones o políticas internas soberanas y, al revés, eximirlos a los mandatarios amigos. Sectario es ayudar financieramente a determinados países o, por el contrario, amenazar a otros, con castigos comerciales o económicos, con la única intención de influir en las elecciones para que gane el candidato 'elegido' por Trump.

Beligerante es tomar a los países de América Latina como campo de operaciones de su guerra tecnológica o geopolítica con China, y condicionar sus decisiones soberanas a los deseos norteamericanos.

Combatividad empleada con agresivas amenazas para revertir decisiones adoptadas por algunos gobiernos, llegando a influir en los tribunales de esos países o en las administraciones públicas de otros, para anular concesiones administrativas o contratos públicos realizados con China.

Beligerante, en grado máximo, es invadir un país para detener a su presidente, arrancarlo de su dormitorio y llevarlo esposado a una cárcel norteamericana. Como lo es cercar la exportación de petróleo para venderlo, sin permitir hacerlo al país dueño de ese recurso, o impedir el suministro de esa energía básica y vital a otro por las mismas o parecidas razones.

Sí, la doctrina Monroe —en su día una advertencia al resto del mundo para que no intervinieran en el devenir político de unas naciones recién independizadas— se ha convertido hoy en una grosera injerencia de los Estados Unidos en la vida interna, la soberanía política y las democracias mismas de esos países.

Las democracias latinoamericanas añaden así un nuevo factor a las muchas causas que provocan su propia crisis, y que son de todos conocidas. Democracias frágiles por la debilidad de sus Estados y por la insuficiencia de sus servicios públicos, generadora de demandas sociales no atendidas.

Una desigualdad social lacerante, con niveles de pobreza inadmisibles, que mantienen en los márgenes sociales a una parte importante de su población.

Además, la violencia estructural de muchos países de la región, en gran parte producida por el narcotráfico y el crimen organizado, impide la vida segura y libre a la ciudadanía y coacciona a las instituciones democráticas.

A su vez, encontramos la movilidad migratoria, tan enorme entre los países, con niveles y oportunidades de vida muy diferentes entre ellos.

Ilustración creada por la OEI.

Ilustración creada por la OEI. Cristina Lamata

Democracias desacreditadas por la corrupción y por la crisis de los partidos políticos, que favorecen, cada día más, los populismos iliberales. Factores todos ellos, y algunos más, que están creando un preocupante crecimiento de la desconfianza ciudadana en las instituciones democráticas y en la democracia misma.

Me pregunto, por ello, si ese descrédito y esa desconfianza no se verán acrecentadas cuando muchos ciudadanos observan a sus gobiernos en manos de decisiones ajenas que cuestionan la razón misma de la democracia: la soberanía popular.

Las proclamas de muchos de estos países, en defensa de la soberanía nacional, condenando y rechazando cualquier declaración política de los países ajenos a su política interior, resultan ahora retóricas protestas del pasado ante el clamoroso silencio del presente.

Recuerdo, por ejemplo, las airadas notas de protesta de las cancillerías de diferentes países cuando el Parlamento Europeo censuraba las vulneraciones a los derechos humanos, o a la democracia misma, en su política interna, y las comparo ahora con la aceptación sumisa de estas intervenciones del socio mayor del norte y no veo ni proporcionalidad ni coherencia.

Por supuesto, sabemos las dependencias que todos tenemos hacia el Gobierno norteamericano y no dejo de reconocer que también nosotros, en Europa, estamos dando peligrosas muestras de sumisión.

Una cosa es reconocer que el mundo de ayer está desapareciendo y otra, muy distinta, es renunciar a defender que el mundo que viene disponga de normas y de instituciones de diálogo político y de paz.

Solo espero que estemos aprendiendo que el sometimiento no aplaca a la furia, que el pragmatismo tiene límites y que nunca debemos renunciar a defender los principios que construyen nuestras democracias y el orden mundial al que aspiran los corazones libres.

***Ramón Jáuregui es el presidente de la Fundación Euroamérica y exeurodiputado