Tamborada de Hellín el Miércoles Santo.
Hellín hizo de una prohibición la Semana Santa más ruidosa del mundo: "No hay clases sociales, solo tamborileros"
Del desplante popular de 1876 a una marea de 20.000 tambores: así es el latido de una ciudad que convierte su rebeldía en Patrimonio de la Humanidad.
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Hay estruendos que no nacen del caos, sino de una herencia que corre por las venas como una marea de acero y madera. Durante la Semana Santa, en la localidad albaceteña de Hellín el silencio es un extraño y el tambor se convierte en una extensión del propio cuerpo.
Alrededor del 80 % de sus 30.000 habitantes nace con una baqueta en la mano y el corazón configurado para latir a ritmo de "racataplán", una de las nueve marchas típicas que caracterizan a la famosa Tamborada de Hellín, declarada Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO.
Este dato no es una estadística, es un desafío biológico: en este rincón del mundo, el aire se mastica a golpes de mazo y la identidad de un pueblo entero se borda en el raso negro de una túnica que iguala al poderoso con el humilde bajo un mismo rugido universal.
Tamboradas de Hellín.
Lo explica a EL ESPAÑOL de Castilla-La Mancha Manuel Serena, alcalde del municipio, despojándose por un momento de su cargo para hablar desde la memoria del niño que fue: "En mi casa somos cuatro y tenemos seis tambores. Algunos superan los 80 años; los heredamos de mis tíos, de mi abuelo... son piezas que cuentan quiénes somos".
El tambor no se compra como un instrumento, se recibe como un legado que se custodia como las escrituras de una casa.
Estruendo de libertad
La historia de este sentimiento no espera al calendario oficial. Todo comienza con un susurro que se torna en clamor el Viernes de Dolores. Es una noche mágica, un prólogo que el regidor del municipio lo define con la nostalgia de quien conoce cada piedra del camino. Lo que antaño fue un acompañamiento espontáneo a un Vía Crucis hacia el Monte del Calvario, hoy es una cita ineludible que marca el inicio del rito.
En esta noche previa, la ciudad se despoja de la solemnidad rígida; no hay túnicas, solo el tambor desnudo y la ropa de calle. Es el ensayo general de un pueblo que necesita reconocerse en el sonido antes de la batalla espiritual de la Semana Santa. "Es una tamborada distinta, casi salvaje, que dura toda la noche y sirve para medir el pulso de lo que está por venir", relata Serena.
La génesis de esta necesidad de golpear la piel de forma independiente a la liturgia oficial reside en la propia memoria colectiva de la ciudad. José Luis Jiménez, presidente de la Asociación de Peñas y Tamborileros, custodia la llave de esa historia que este año cobra especial relevancia, ya que Hellín celebra el 150 aniversario de la Tamborada tal y como se concibe hoy. Su origen no es otro que un relato de pura rebeldía popular.
"En Hellín no se aprende a tocar el tambor, se nace sabiendo"
En 1876, en medio de una España políticamente convulsa, los denominados "nazarenos con tambor" fueron expulsados de las procesiones por actos que el clero y el alcalde de aquel entonces tildaron de irreverentes.
Se dictó un bando por parte del Ayuntamiento prohibiendo taxativamente el tambor dentro del desfile para asegurar un decoro que las autoridades consideraban perdido. La respuesta del pueblo fue magistral: si no podían tocar dentro, tocarían fuera, con más fuerza y más libertad que nunca.
"Aquel desplante al poder se convirtió en nuestra mayor gloria", explica Jiménez con orgullo a este medio. Lo que empezaron siendo apenas doscientas personas es hoy una marea de más de 20.000 almas que ocupan cada rincón del casco antiguo, demostrando que la tradición, cuando nace de la insumisión, se vuelve indestructible.
Tamboradas de Hellín.
Jiménez en su taller de bordado, entre máquinas que diseñan el futuro de la estética local, se preocupa por la pureza del sonido frente a las modas externas. "Nuestros toques tienen un origen militar; eran órdenes de mando, llamadas de agrupamiento o avisos de avance", señala.
Mientras algunos sectores intentan introducir ritmos de batucada, la Asociación de Peñas mantiene escuelas donde se enseña el "racataplán" original a los más pequeños y se perfecciona la técnica de los mayores.
Jiménez gestiona el alma del tamborilero. Al frente de 125 peñas federadas —que son solo la punta del iceberg de un ecosistema de 500 grupos informales—, su misión es guardar la "docencia" del toque del tambor.
"Tenemos nueve toques clásicos de origen militar. Eran toques de llamada, parada o avance", explica. El famoso "racataplán" no es un capricho rítmico, sino el antiguo toque de agrupamiento de los ejércitos.
ADN del palillo
En Hellín la norma es clara: se toca el tambor, nunca el bombo, y lo tradicional es hacerlo en movimiento, recorriendo las calles en peñas que funcionan como verdaderas familias electivas.
Para que este lenguaje no se pierda, la Asociación mantiene escuelas durante la Cuaresma. "Si alguien quiere ver el futuro, que mire la tamborada escolar", afirma Jiménez con emoción. Unos 1500 niños desfilan el Viernes de Dolores cada año con los pañuelos de sus colegios, demostrando que existe un componente genético en sus muñecas. "Mi nieto de dos años ya pega unos palillados que asombran; no es aprendizaje, es algo que ya les viene grabado en el alma".
"En Hellín no se aprende a tocar el tambor, se nace sabiendo"
Cuando el Miércoles Santo el sol empieza a caer, Hellín se tiñe de raso. La túnica negra es el gran nivelador social de la Mancha. Bajo su brillo oscuro desaparecen los rangos, los apellidos y las fortunas. "La túnica nos iguala a todos; en esos días no hay clases sociales, solo tamborileros", afirma Serena.
Jiménez añade el matiz artístico: la túnica se oficializó en los años 40 para diferenciar al tamborilero de las cofradías, y el pañuelo —hoy un icono de contraste rojo o negro— nació de una carambola estética en un escaparate de los años 50.
Hoy, ese contraste es la bandera de un pueblo. En el Raval, la calle comercial por excelencia, se produce el milagro: la imagen del Medinaceli avanza sobre una alfombra humana de tambores que parecen no dejar espacio ni para el aire. Es una imagen que corta la respiración; la talla parece flotar sobre un mar de baquetas en un respeto absoluto que solo el caos organizado de Hellín sabe coordinar.
Tamboradas de Hellín.
Si el estruendo es la norma, el silencio es la excepción que consagra la fiesta. Ocurre el Domingo de Resurrección, en el Recinto Ferial. Ante una explanada donde no cabe un alfiler, miles de tambores callan de golpe. Es un silencio sepulcral, físico, que duele en los oídos acostumbrados al ruido constante de los días previos.
Momento de encuentro entre la Virgen Dolorosa y el Resucitado en Hellín.
Cuando la Virgen Dolorosa y el Resucitado se encuentran, el tiempo se detiene. Las palomas vuelan, la piñata se abre y, entonces, el "racataplán" estalla con una potencia que hace vibrar los cimientos de la ciudad. Es el triunfo de la vida narrado por la percusión. Es el momento en que el visitante comprende que esto no es una fiesta de calendario, es una forma de entender la existencia.
Logística para un sentimiento
Detrás de este sentimiento hay un desafío técnico que Serena lidera desde el Ayuntamiento con la precisión de un relojero. Drones que vigilan la seguridad desde el aire, planes de limpieza que borran el rastro de 50.000 personas en tiempo récord para que las procesiones luzcan impecables, y un despliegue de hospitalidad que no tiene parangón. "Vuelven los que emigraron, los hijos que viven en Levante y nunca han olvidado el olor del Raval en primavera", dice el alcalde.
Hellín es reencuentro. Es la túnica que se presta al que llega de nuevas, el tambor que se cede al amigo, la peña que abre sus puertas para ofrecer un bocado entre las 18 horas de toque ininterrumpido que van del Jueves al Viernes Santo. Es una ciudad que se vacía de la rapidez cotidiana para llenarse de ritmo.
Subidas de las tamboradas de Hellín.
Al final, cuando el domingo por la tarde los últimos desfiles de cornetas marcan el fin de la semana grande, queda un zumbido en el aire que tardará días en desaparecer de los oídos, pero que se quedará para siempre en la memoria. Es el eco de una estirpe que no teme al paso de los siglos porque tiene el corazón forjado en madera y piel.
Serena y Jiménez coinciden en lo fundamental: mientras haya un niño en Hellín que coja dos palillos de madera con la mirada encendida, la identidad de este pueblo estará a salvo.
Porque en este rincón del mundo, el 80 % de la población no solo toca el tambor; el 100 % de Hellín es el tambor. Es una herencia innegociable, un grito de libertad bordado en raso negro que, cada año, vuelve a recordar al mundo que la fe también puede ser un estruendo hermoso, igualitario y eterno.