Opinión

Ya soy presidente en Toledo

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Dicho así parecería que me he metido en política, pero no es el caso. Llevábamos apenas unos meses viviendo en una casa del casco histórico de Toledo cuando cometí uno de esos actos de heroísmo por los que deberían dar la Laureada: me presenté voluntario para presidente. Presidente de la comunidad de vecinos.

Nadie me presionó, nadie me engañó y les aseguro que no había bebido. Simplemente levanté la mano. Ninguno más lo hizo; los demás vecinos me miraron con esa mezcla de gratitud y alivio reservada a quien se ofrece a desactivar una bomba o acompañar a una adolescente de compras de ropa a Primark. Y fui elegido in absentia, y sin necesidad de primarias ni campaña electoral.

Soy presidente de una comunidad de vecinos situada junto a la Cueva de Hércules, en pleno casco histórico de Toledo. No parece gran cosa, pero conviene recordar que Hércules tuvo que realizar doce trabajos heroicos y que ninguno consistía en encontrar un carpintero que acudiera, entregara presupuesto y además hiciera factura.

Mi elección ha sido impecablemente democrática. Sin partidos, sin listas cerradas, sin primarias, sin avales y sin que nadie tuviera que afiliarse a ningún partido durante seis meses para poder votarme. Bastó una reunión, una pregunta incómoda y una votación a mano alzada. En realidad, fui elegido porque nadie más levantó la mano.

Soy, por tanto, uno de los pocos presidentes verdaderamente elegidos de forma directa por el pueblo. En España no votamos al Rey, pero tampoco al presidente del Gobierno, a los presidentes autonómicos ni siquiera al alcalde. Al presidente del Gobierno lo elige el Congreso después de que los partidos hayan celebrado primarias, congresos, consultas a la militancia, pactos, contra pactos y comidas discretas.

A mí me eligieron seis propietarios reunidos en el portal, dos de ellos mediante delegación de voto y otro mientras preguntaba si la derrama podía pagarse a plazos. Mi legitimidad democrática es difícil de discutir.

Las responsabilidades, además, son parecidas a las de gobernar España, aunque sin Falcon, con menos asesores y más humedades. El Gobierno afronta DANAs; nosotros, las goteras. Ellos movilizan a la UME y Protección Civil; yo llamo al seguro, que envía a un perito cuando ya ha salido el sol y la mancha del techo parece patrimonio arqueológico. La gotera nunca nace encima de donde cae: entra por una teja, atraviesa una viga centenaria, saluda a Hércules en la cueva y aparece siempre en el dormitorio del vecino más susceptible.

También tenemos nuestra propia política de infraestructuras. Las tejas salen volando cada vez que sopla el viento y no respetan el espacio aéreo aterrizando donde consideran oportuno, y ejerciendo su derecho a la libre circulación.

El patio, cuando llueve, recoge más agua que un embalse y la conduce ceremoniosamente hacia las cuevas donde los reyes visigodos escondieron celosamente la Mesa de Salomón. Tenemos así un trasvase hidráulico propio, sin autorización ambiental y con acceso al subsuelo histórico de Toledo. Si esto sucede en una comunidad autónoma, comparece un consejero de medio ambiente , el de Patrimonio, el de Sanidad. Si sucede en nuestra comunidad de vecinos, comparece el presidente con un cubo.

La búsqueda de un carpintero constituye nuestra política de promoción industrial más arriesgada. Hubo profesionales excelentes en Toledo, pero localizarlos ahora exige una operación de inteligencia, contactos y quizá intervención diplomática pues ninguno es español. Uno promete venir el martes sin especificar mes ni año. Otro acepta el trabajo, pero se desvanece al oír la palabra «factura». El tercero manda un presupuesto tan enigmático que debería conservarse en nuestra Cueva de Hércules junto a las leyendas visigodas. Si además se pretende que respete una puerta antigua, el proyecto entra automáticamente en el terreno de la cooperación internacional.

Tenemos también nuestro contribuyente rebelde: el vecino moroso. El Estado persigue a quienes eluden pagar impuestos con la agencia tributaria; nosotros les miramos mal por la escalera, les enviamos ultimatums, cartas certificadas, burofaxes y mensajes cuidadosamente redactados para no parecer desagradables. El moroso nunca paga, pero conoce los estatutos mejor que nadie. No contribuye al ascensor, aunque lo utiliza; no paga la limpieza, aunque ensucia; y protesta por la luz del portal con la energía de quien lleva años sin financiarla.

Las relaciones con los vecinos requieren tanta diplomacia como las relaciones internacionales. Una maceta colocada fuera de sitio puede provocar una crisis fronteriza. Una bicicleta en el portal equivale a la ocupación de territorio soberano. Y una obra en sábado activa inmediatamente el sistema comunitario de alerta temprana, compuesto por llamadas amenazantes, mensajes cifrados y una fotografía borrosa difundida por el grupo de WhatsApp.

Tampoco carecemos de presión migratoria, aunque en Toledo procede del turismo. Cada mañana llegan grupos enteros al patio comunal buscando la Cueva de Hércules, guiados por una persona que levanta un paraguas naranja y explicando, con gran seguridad, cosas que probablemente nunca ocurrieron. Entran, fotografían los artesonados de madera y la cerámica de la fontana, preguntan dónde están los aseos y se marchan dejando la sensación de que nuestra casa forma parte de una ruta monumental. Uno abre la puerta para salir a comprar pan y se encuentra de sopetón presidiendo una recepción de 30 chinos que te miran curiosos como si fueras El Greco. La ventaja es que ningún turista se queda refugiado en nuestro engalanado patio toledano. Yo por si acaso siempre miro en el hueco de la escalera.

También tenemos nuestra vecina anciana desahuciada, recordatorio de que detrás de los expedientes existen personas. En los grandes gobiernos se habla de vulnerabilidad, protocolos y soluciones habitacionales que nunca realizan. En una comunidad de vecinos conocemos el nombre, la puerta y los años que alguien lleva saludando en la escalera. Ahí la ironía se detiene un momento, porque administrar un edificio no consiste sólo en reparar tejas: también obliga a mirar qué ocurre con quienes viven debajo de ellas. Y sobre todo si son personas octogenarias.

No tenemos trenes, pero el ascensor se avería con la misma puntualidad ferroviaria. No hay coches oficiales ni Falcon. Mi residencia oficial no se parece a la Moncloa; es mi propia casa, que además pago yo. Cuando hay una emergencia no me recoge una comitiva oficial: bajo las escaleras con el teléfono, una linterna y la esperanza de que el presidente anterior conserve el número del fontanero.

Y todo esto sin sueldo, dietas, escolta, gabinete de prensa ni pensión vitalicia. Al contrario: el presidente también paga la cuota, soporta las derramas y recibe las quejas. Porque toda política comunitaria termina en la misma palabra: derrama. La derrama es nuestro presupuesto extraordinario, nuestro fondo europeo y nuestro rescate financiero. Se aprueba entre suspiros, se paga entre protestas y siempre resulta insuficiente.

Gobernar España debe de ser complicado. Pero al menos el presidente del Gobierno dispone de ministros, secretarios de Estado y una pléyade de asesores. Yo dispongo de una llave del cuarto de contadores, un administrador que responde por correo y un grupo de vecinos que comienza cada mensaje con "Perdona que te moleste…".

Hércules realizó doce trabajos y alcanzó la gloria. Yo solo espero reparar el tejado, secar las cuevas, encontrar carpintero, cobrar al moroso, arreglar el ascensor y terminar el mandato sin convocar elecciones anticipadas. Si lo consigo, no pediré una estatua. Me conformaré con que otro vecino levante la mano.