Dentro de los partidos creció un mal que nadie pudo frenar. Contar esto enfadará a bastantes personas, pero es justo y necesario afirmar que durante las dos últimas décadas los perfiles de las militancias empezaron a cambiar y del idealismo se pasó dramáticamente al pragmatismo.
No son todos, pero sí un número significativo. El suficiente como para que los partidos políticos tomaran una deriva alejada de la representación de la ciudadanía y del respeto por el votante.
Poco a poco los perfiles de militantes profesionales se fueron adueñando de las direcciones del partido, arrinconando al militante voluntario, a ese que simplemente quiere participar en la toma de decisiones y ayudar a mejorar su país a través de dicha herramienta política.
Su espacio quedó reducido al aplauso, a llenar un mitin, a ser figurantes, extras, de una representación organizada por y para quienes habían crecido dentro del partido, para quienes lograron un sueldo —a sueldo— del partido y eso les permitía y obligaba a estar en todos los pasillos y en todas las reuniones.
Aprendieron rápido a defender esos beneficios antes que las ideas que —tal vez— les llevaron originariamente a las puertas de una agrupación política.
Jóvenes que, a diferencia de sus semejantes, empezaban a tener suculentos sueldos. Una nómina que en demasiados casos entendieron como un motivo de vida y les llevó a defenderla por encima de todo y por encima de cualquier crítica u opinión propia.
Las pocas oportunidades fuera de los partidos —con una juventud que agoniza por una vivienda y llegar a fin de mes— no ayudaron nada a frenar esa peligrosa dependencia de las direcciones de las siglas.
Esos perfiles llegaron a ser casi tan numerosos como cargos públicos existen en todas las administraciones. Ningún militante idealista podía competir en presencia y dedicación al partido con quienes tenían esa ventaja. Así, los puestos se fueron copando, repartiendo y cerrando entre ellos mismos.
Quien domina las listas, controla el partido. No es quien domina las ideas, ni quien domina la oratoria o la gestión. Tampoco quien tiene experiencia. Todo eso es prescindible y ahora lo estamos sufriendo.
Porque esos militantes profesionales son los que luego van en los puestos de las listas cerradas que salen sí o sí, sin que nadie sepa realmente de su existencia, aporte o dedicación. El que no sale directamente por la lista, es contratado como asesor. Es decir, dependerá del partido de una forma u otra y el partido pasará a estar en manos de dichos perfiles. Una degradante simbiosis.
Así es como hemos llegado a tener —en no pocas ocasiones— cargos públicos de los que nos preguntamos si saben que trabajan para nosotros, que están a nuestro servicio, que deben responder a nuestras demandas.
Y la respuesta es no. Se han formado para responder y depender de alguien que dentro del partido mantenga sus estatus o la promesa de mejorarlo. Su sueldo no depende del ciudadano, sino de un cargo por encima que se lo mantenga.
Es así como se explica la forma de actuar de una buena parte de la clase política actual. Se comprende mejor el motivo de la falta de sensibilidad y la negativa a asumir responsabilidad alguna. Ahí está la falta de empatía, de mirada a largo plazo, de compromiso con los problemas reales. Es entonces cuando se empieza a saber cómo es posible que defiendan públicamente determinados argumentos tan alejados de la realidad.
Y ahí está la polarización. Porque su miedo es real a que llegue otro partido, ya que es la única forma en la que podrían perder todo su estatus. Nunca dirán nada en contra de lo que les manden, pero dependen de que los suyos manden. La alternancia, para ellos, no es una alternativa. Seguro que les suena una frase parecida.
A muchos no les va a gustar este artículo, pero había que decirlo.