Varias obras de arte expuestas en Primada.
Según el calendario, nos quedan menos de dos semanas para cerrar el verano y, si bien el termómetro parece que no termina de enterarse del cambio de estación, toca cerrar la lista de planes veraniegos pendientes.
La primera parada es la exposición por el VIII centenario de la Catedral de Toledo. ¿Qué me pareció? Respuesta corta: impresionante. Para la respuesta larga, siga leyendo mi querido lector.
La exposición es impresionante, literal. Impresiona por las piezas que allí puedes ver. No quiero spoilear, pero hay piezas únicas que sólo en momentos como este, el octavo centenario de la Dives Toletana, se pueden contemplar. Joyas bibliográficas como la 'Biblia Rica de Toledo', tapices únicos en el mundo como el de los astrolabios, pinturas que bien podrían estar en el Prado, como 'El Prendimiento' de Goya… Por eso también impresiona que, con todo esto, se haya terminado haciendo una exposición para salir del paso, desde mi humilde punto de vista. 800 años esperando una oportunidad como esta y se termina haciendo una cosa insulsa, como sin ganas, casi cutre.
Lo primero que siento cuando salgo de esta muestra es que no sé qué me han querido contar. No hay un hilo conductor claro (o bien explicado) que me guíe en este viaje por los 800 años de una catedral que está en el top ten del gótico mundial. No sé si será porque hay dos comisarios y cada uno se ha encargado de hacer su parte, o porque, como he dicho antes, parece que todo se ha montado para cubrir el expediente. Lo cierto es que el paseo por la Primada no es más que una mera sucesión de piezas y obras maravillosas, colocadas sin gracia y sin aparente armonía.
También echo en falta un poco de cariño en las formas. Por no haber no hay ni un triste espacio audiovisual que sirva para presentar la exposición al visitante. A lo más que han llegado es a poner un vídeo en la entrada, que no se puede ver porque está en una zona de paso y que para oírlo con claridad tienes que saltar una maqueta. Y hablando de la maqueta. Si mides más de 1,80 te enteras de qué va, pero como midas menos… no alcanzas a ver ni la leyenda. ¿Tanto habría costado inclinar un poco la susodicha maqueta para poder verla bien? Por no hablar de la cutrez de indicar la entrada a la exposición con folios pegados con celo alrededor de la catedral, cual exposición de macramé en el colegio del barrio.
Conclusión: ¿Hay que ir a la exposición? Sí, es una oportunidad única ¿Se podría haber hecho mejor? 800 veces mejor.
La segunda parada en este tour me lleva al circo romano, aprovechando la visita de unos amigos. Llevaba todo el verano sin pisar por mi pobre, maltratado y tan querido circo romano. Lamentablemente, sigue tan olvidado como siempre. Recuerdo cuando Santiago Posteguillo, hace dos años, nos reunió allí para hablar de Julio César. No cabía ni un alfiler. Tanta gente había, que hasta estuvo el munícipe mayor de los toletani. Y claro, cuando un político ve a mucha gente en torno a él, con autor de éxito a mano, se viene arriba y empieza a farmear aura. Así, henchido de euforia, nuestro alcalde proclamó algo muy parecido a esto: "Como alcalde vuestro que soy, afirmo que este circo romano es muy importante para el equipo de gobierno que dirijo y, como alcalde vuestro que soy, os digo que lo vamos a poner en valor, que lo vamos a cuidar y que hasta le vamos a hacer un centro de interpretación". Y ahí quedó eso, casi esperando a que el pueblo toledano cerrara su discurso gritando: "¡Alcalde, todos somos contingentes, pero tú eres necesario!".
Sin embargo, el cierre fue mucho mejor. Agarró el micro Posteguillo y replicó: "Alcalde ¿sabe usted por qué Julio César fue elegido cinco veces cónsul en Roma?". Sin esperar a que nadie le contestase, respondió a su propia pregunta: "Porque Julio César hacía lo que decía y decía lo que hacía". Ahí lo dejo, han pasado más de 24 lunas y el circo está peor, mucho peor.
Y como no hay dos sin tres, me voy a tomar una caña con una amiga con la que llevo tratando de quedar todo el verano. Me cobran cuatro euros por cada consumición en un bar de cuyo nombre prefiero no acordarme. ¿En serio? Miro el Google Maps por si, en lugar de en Toledo, estoy en Helsinki. "La próxima en casa, porque el precio turista de la hostelería toledana no hay bolsillo que lo aguante", le digo a mi comadre. Ella sonríe y me dice con cierta sorna: se verá.