Almagro se ha presentado con la fragancia propia de la primavera, en el perfume que desprende su plaza bajo el sol verde de la tarde, hacia la leve caricia que procura la naturalidad. Ese es el gran éxito de Irene, haber sido capaz de que Almagro hable solo como un actor del siglo de Oro, igual que la compañía que llega para hacer su obra de teatro al pueblo, lo mismo que un juego de cartas donde se reparten los naipes arbitrariamente. No sabían los Fúcares la inmensa gloria que alcanzarían el día que aceptaron el encargo de Carlos V para financiar su guerra y explotar la mina.

Entre Almadén y Almagro cabe la vida entera y la historia toda, fórmulas para nombrar la mina y la tierra roja. Y si hoy pronunciamos esdrújulo el apellido alemán que brilló con oro en su tiempo no es por lo que el emperador consiguió después, sino porque las alas viejas del albatros vinieron a posarse despacio y candentes sobre los ígneos tejados de Almagro.

El festival está a punto de cumplir medio siglo pero Irene ha querido celebrarlo anticipadamente. Ha preparado una cuadragésimo novena edición de ensueño, entre la broma y el truco, el juego y la espera, el clásico y lo moderno. Irene no necesita más que una bicicleta para pasear la escalera de los sueños y el tiempo, apenas con una margarita sobre el manillar que anuncie el giro y la piedra. El equipo que dirige ha consolidado un trabajo de años, de siglos, de milenios. Y lo ha hecho de la mejor manera posible, sin que se note, sin que se aprecie, como si el viento solo quisiera colocar Almagro en su sitio, igual que la hoja del suelo durante el otoño.

Y es por eso que ha vuelto a la baraja, el naipe, el azar, la suerte. Desde Homero el hombre y el héroe andan sujetos al destino y son la misma cosa. Quien no es capaz de verlo asume su derrota antes de nacer incluso, como decía Tirso en El condenado por desconfiado. Aquí ya nadie desconfía y asume la vorágine que lo lleva y lanza de manera natural y distinta. El naipe aparece hoy en Almagro lo mismo que hace setenta años, para mostrar el camino de los siglos. No hay nada más difícil de ver que aquello que tienes cerca, la piel del elefante que te indica que estás ante el elefante mismo. Por eso Almagro es juego, corral, naipe y suerte a un tiempo, el mismo que nosotros dedicamos a descubrirlo de la mano de Irene y su equipo.

Ha tenido la suerte de conservar este rincón de Calatrava el perfume de los siglos y la heráldica de los sentidos. Pasear por Almagro es como hacerlo por el interior de tu vida, en el rincón de tus esquinas, en lo lóbrego y luminoso a un tiempo que son los resquicios que forman la existencia. Los clásicos te esperan a la vuelta de un zaguán, entre las cucharillas y los cafés, a la madrugada de julio en el anverso de agosto. Irene ha conseguido que leamos clásicos como El Español, El Mundo o El País, periódicos que nos cuentan e inquieren en el tiempo presente, sólo que siglos más atrás. Porque los problemas siguen siendo los mismos, y los naipes repetidos. Lo que cambia es la jugada y eso, leyendo se aprende y anticipa.

Almagro se ha vestido de primavera y la plaza está más guapa que nunca, lo mismo que una novia recién llegada a la espera de su gran día. Amada en amado transformada. Quien no venga, se lo perderá entre los pliegues del alma. Allá él.