La final de la Copa del Rey vuelve a colocar sobre el césped algo más que fútbol. El enfrentamiento entre el Atlético de Madrid y la Real Sociedad debería ser una celebración del deporte, de noble rivalidad y de una competición que forma parte del ADN futbolístico de España. Sin embargo, una vez más, el foco amenaza con desviarse hacia un gesto tan repetido como incomprensible; los pitidos al himno nacional.

Conviene empezar por una evidencia que a menudo se olvida. La Real Sociedad no es un actor ajeno a esta competición. Es historia viva de la Copa del Rey. La ha ganado en cuatro ocasiones y ha celebrado esos triunfos como lo que son; algunos de los mayores hitos de su trayectoria. Ha competido, ha luchado y ha levantado el trofeo que representa, precisamente, la máxima expresión del fútbol español.

Lo ha hecho, además, con una identidad profundamente arraigada en su cantera. Basta mencionar a jugadores como Mikel Oyarzabal o Álex Remiro, referentes actuales, para entender el peso de lo local dentro del club. O recordar nombres que forman parte de la memoria colectiva del fútbol español como Luis Arconada, Xabi Alonso o Martín Zubimendi, todos ellos símbolos de una escuela que ha dado prestigio no solo a San Sebastián, sino a todo el país.

Por eso resulta contradictorio y, en cierto modo, incoherente, que en el contexto de una final de la Copa del Rey se produzcan silbidos al himno nacional. No estamos ante un acto político, ni ante una imposición ideológica. Estamos ante el protocolo de una competición que los propios clubes aceptan disputar voluntariamente.

Se puede comprender, y forma parte de la pluralidad de España, que haya aficionados que quieran expresar su identidad mostrando la ikurriña. Es un símbolo legítimo dentro de un país diverso, pero una cosa es afirmar lo propio y otra muy distinta es negar o faltar al respeto a lo común. Pitar un himno nacional no es una reivindicación; es, sencillamente, un gesto de desconsideración que nada aporta al espectáculo ni al deporte.

Aquí está la clave, nadie obliga a participar en la Copa del Rey. Los clubes compiten porque quieren hacerlo, porque aspiran a ganarla, porque forma parte de su historia y de su prestigio. Si uno decide estar, lo hace aceptando sus reglas, sus símbolos y su significado. Lo contrario es intentar beneficiarse de la competición mientras se cuestiona su esencia desde dentro.

El fútbol español, con todas sus imperfecciones, ha sido durante décadas un espacio de encuentro. Un lugar donde distintas sensibilidades conviven bajo un mismo marco competitivo. Convertir una final en un escenario de confrontación simbólica es empobrecer ese espíritu.

La final entre el Atlético de Madrid y la Real Sociedad merece ser recordada por el juego, por la emoción y por el talento sobre el césped. No por una polémica previsible que, año tras año, vuelve a repetirse sin aportar nada nuevo.

Respetar un himno no obliga a sentirlo, pero pitarlo sí retrata una actitud, y quizá ha llegado el momento de que el fútbol español decida qué tipo de imagen quiere proyectar cuando se mira al espejo en sus grandes noches.