Restauración de las seis esculturas de reyes en Toledo.

Restauración de las seis esculturas de reyes en Toledo.

Opinión LA TERCERA CULTURA

Baile de estatuas

Publicada

Imaginen un día de junio de 1787. Un historiador, viajero y pintor ilustrado llamado Antonio Ponz accede a unos sótanos para elegir ocho esculturas que llevarse a Toledo. Bajo las bóvedas reposan más de cien, representan una genealogía real hasta Ataúlfo y están sin identificar. Los nombres se quedaron en la basa de la balaustrada que iban a ornar cuando Carlos III, a su llegada a Madrid, determinó que no las colocaran como remate del Palacio Nuevo.

Con el beneplácito de su amigo Lorenzana, Ponz solicitaba ocho reyes que habían tenido especial vinculación con Toledo. Algunos godos, varios alfonsos… A finales de verano, la ciudad ya exhibía aquellas esculturas rescatadas sin más criterio que el azar y la instrucción de Martín Sarmiento, ideólogo del programa, que había mandado vestir a los visigodos como romanos.

Dos siglos y medio después, Toledo se afana en sacar lustre a lo que queda de aquella donación regia, porque dos de las estatuas se perdieron en la guerra. Las seis restantes adornan diferentes emplazamientos, que tampoco son los originales, y volverán a bailar cuando concluyan las obras del entorno de la Vega. Representan a Wamba, Sisenando, Sisebuto, Alfonso VI, Alfonso VI y Alfonso VIII.

O puede que no… porque Burgos tiene otro Alfonso VI fruto de una diáspora posterior y de aquel almacenamiento sin etiquetado.

Lo contaba durante una visita reciente a Toledo el historiador del arte y divulgador de origen manchego Cipriano García-Hidalgo Villena. En su libro "Sobre el pedestal" dedica un capítulo a esa costumbre tan nuestra de reubicar monumentos cuando cambian los gustos, los gobiernos o, simplemente, porque molestan o parecen más útiles en otro lugar.

El responsable del perfil @cipripedia destacó también el papel de las escultoras en un mundo tradicionalmente masculinizado.

De eso, en Toledo, vamos mal. Tenemos las Tres Aguas de Cristina Iglesias, que ahora solo es una, porque dos de las fuentes están cerradas al público, con lo que se quiebra el relato sobre el que las creó. Y la de la plaza del Ayuntamiento, maravillosa cuando permite ese reflejo de la catedral, es más bien la ciénaga de los muertos cuando no funciona.

Tenemos también la influencia de Anna Hyatt Huntington en el monumental Alfonso VI de Martín de Vidales, con ese caballo rampante que evoca las representaciones del Cid.

Lo que ya no tenemos es la oportunidad de que una escultora salde la deuda de Toledo con María Pacheco, porque su estatua, erigida en supuesto estilo realista en 2025, también ha sido ejecutada por un hombre.

De regreso al baile, qué fácil lo habrían tenido Ponz y Lorenzana si cada escultura pensada para el Palacio Real hubiese vestido un dorsal identificativo.

Esto ya no tienen que imaginarlo. Basta con darse una vuelta por Toledo para ver que la escultura pública empieza a incorporar iniciales, no para que se reconozca, sino para reconocerse, con la absoluta vanidad de perpetuarse en tremendo autohomenaje. Y apreciar el cuajo de quien la impulsa explicando que las letras corresponden a un inocente (y bien forzado) lema en inglés.