La columna de hoy es una historia real, con nombres propios y narrada en primera persona. Es la historia de una madre de acogida, de una mujer que, un buen día, con dos hijos y una vida hecha, se ve ante una obligación moral: acoger a una niña de apenas siete meses, víctima de errores humanos, de esos cuyas consecuencias cambian vidas. Léanla desde la verdad más absoluta; quizá haya algún niño que, en estas líneas, les esté escribiendo.
"Carmen pinta con un bolígrafo. Tiene cien colores, pero elige el negro. Se sienta a mi lado y garabatea el cuaderno con la misma seriedad con la que yo escribo. Me mira de reojo, como si supiera que lo importante no es el color, sino el gesto. Los niños no imitan lo que decimos; imitan lo que somos cuando bajamos la guardia.
La casa está en calma. Ya se han ido todos. Ella huele a pijama limpio y a ese olor reconocible que tranquiliza, como si el mundo pudiera ordenarse a base de rutinas pequeñas. En habitaciones distintas, la vida sigue: un secador, un ordenador, el ruido suave de lo cotidiano. Yo me quedo aquí, mirándola pintar.
Ese es su mundo. El que estoy creando para ella. No es perfecto, pero está lleno de amor. Y a los dos años, ¿qué más necesita un niño que un hogar, un abrazo constante y un "te amo" repetido hasta que se vuelva verdad?
Carmen llegó a mi vida en marzo. Un lunes. Día cero. En dos horas de carretera decidí lo que nadie decide en dos horas: que mi vida cambiaría para siempre. Dejé atrás una estabilidad por la que había luchado durante años y fui a por ella sin saber cómo, ni cuánto, ni hasta dónde. Solo supe que no había alternativa.
No me la dejaron traer a casa. La tuve en brazos durante horas y luego se la llevaron. Hay separaciones que no se entienden con la cabeza, solo con el cuerpo. Me quedé vacía, como en esas pesadillas en las que corres y no avanzas.
Entre marzo y agosto, mi vida se llenó de trámites, de puertas, de horarios, de conversaciones que parecían diseñadas para probar cuánto aguanta un corazón antes de rendirse. Perdí kilos. Perdí sueño. Perdí a mi padre en mitad de aquella espera. Hay decisiones que se toman desde despachos que no saben nada del amor ni de la urgencia de un abrazo. Despachos que sigo pisando, entrevistas que sigo manteniendo y a las que acudiré agradecida por el bien de Carmen.
Cuando por fin llegó a casa, yo ya no era la misma. Renuncié a viajes, a rutinas, a partes de mi vida que antes creía irrenunciables. Me convertí en aprendiz de todo: de bebés, de miedos, de vínculos. Quise que notara lo menos posible el cambio. Pregunté por olores, por papillas, por costumbres. Porque a veces amar es eso: intentar que el mundo no duela tanto.
Carmen ya había tenido dos madres. Una biológica. Y otra que la amó cinco meses con esa entrega sin contrato, sin promesa de continuidad, sin aplauso. A esa mujer —a esa familia— la nombro aquí con gratitud, porque hay amores que son puentes. Y un puente, aunque no sea destino, es lo que salva del río.
Un día me llamó "mamá". Y entendí que esa palabra no se explica, se sostiene. Que no es un título, es una responsabilidad que te atraviesa.
Mis hijos lo entendieron sin necesidad de discursos. Aceptaron el cambio con una generosidad que solo tienen las personas buenas. Aprendieron que la vida, a veces, te pide parar para cuidar.
Hoy me dicen: "Qué suerte ha tenido la niña". Y no. Carmen no es una damnificada. Carmen es un ser de luz que ha traído paciencia, calma y una forma nueva de mirar. Ahora camino despacio porque ella camina despacio. Ahora veo el paisaje porque ella me obliga a detenerme. Los niños te devuelven el tiempo.
Yo no recuerdo qué regalos tuve a los once años. Recuerdo escenas: una cocina, una risa, una mesa llena aunque faltaran sillas. La vida no es otra cosa que una fábrica de recuerdos. Y eso es lo que he decidido ser para ella: una fábrica de recuerdos. Bailar sin sentido. Recortar papeles. Ver dibujos una y otra vez. Decir "te amo" cada cinco minutos hasta que se vuelva idioma.
Carmen sigue pintando con un boli.
Yo la miro y pienso que, al final, no hacen falta cien colores.
Hace falta que alguien sostenga el cuaderno para que no se caiga.
Y eso —solo eso— debería tener cualquier niño".
Hay unos 17.000 niños que no van a tener eso. No van a despertarse en un hogar con olor a café ni con una mano acariciándoles la frente. No piden juguetes. Piden un hogar. Una rutina. Alguien a quien llamar mamá o papá. Ahora depende de nosotros, de ustedes.
El acogimiento de menores sigue siendo un tema desconocido y, en muchos casos, difícil de vivir. Sabes que será por un tiempo, que no es una adopción, pero dure lo que dure, ese niño tiene un hogar, una vida mejor que en un centro y, sobre todo, el cariño que la vida le arrebató demasiado pronto.
Si quieren saber más, pueden informarse en:
- @acogedores.org
- @SerAcogedorACruzRoja
- @asofacam
- @aseaf_isn
- @paz_mensajeros
En Castilla-La Mancha, ASOFACAM es la asociación de referencia. En los edificios de Bienestar Social también hay información. Que no sea la falta de información la excusa; que, si no actuamos, sepamos que no fue por no saber.