Todos sabemos que hubo un tiempo en que el cine carecía de sonido o de color, pero casi nadie sabe –yo, al menos, no sabía– que hubo un tiempo en que la fotografía carecía de personas.

Esa época comienza en 1826, cuando Joseph Nicéphore Niépce toma la primera fotografía conservada de la Historia –una humilde panorámica de la ventana de su cuarto– y termina en 1838. Durante esos doce años las primeras máquinas fotográficas inmortalizaron edificios, bodegones, estatuas, paisajes, pero nunca seres humanos.

Desde luego, no fue porque no lo intentaran. Pero el tiempo de exposición que requerían era tan largo –se necesitaban muchas horas para “atrapar la luz”– que sencillamente nadie permanecía inmóvil el tiempo suficiente para quedar registrado.

Los seres humanos no dejaban ninguna huella en las primeras fotografías: se disolvían en ellas como espectros. Así, del mismo modo que el cine nace sordo al sonido y ciego al color, la fotografía nace ciega a la vida y al movimiento.

Para encontrar a la primera persona visible en una imagen fotográfica tenemos que esperar hasta 1838. Para entonces, Louis Daguerre había perfeccionado la técnica de Niépce y bautizado un nuevo invento: el daguerrotipo. Ahora bastaban unos minutos de inmovilidad donde antes se habrían necesitado horas.

Mirando la fotografía de Daguerre me pregunto qué clase de huella dejaremos

Nadie sabe si cuando se decidió a fotografiar el Boulevard du Temple de París era consciente de lo que estaba a punto de lograr o si, como tantos otros momentos históricos, es el resultado de un accidente.

Contemplada en un primer vistazo, la fotografía nos muestra una amplia avenida completamente desierta: no vemos en ella ni carruajes ni seres humanos. La imagen es vagamente espectral, como si contempláramos la Gran Vía de Antonio López o una ciudad fulminada por una bomba de neutrinos.

Pero cuando afinamos la vista, descubrimos entre los árboles y las farolas dos siluetas borrosas. A ellas les corresponde el honor de ser las primeras personas fotografiadas de la Historia: un limpiabotas y su cliente.

Pienso mucho en esos sujetos anónimos, que seguramente nunca tuvieron noticia de su pequeña inmortalidad. Me fascina que no fuera ningún acontecimiento extraordinario lo que los hermanó en el daguerrotipo, sino el ritual mínimo de una limpieza de zapatos. Entre los cientos de transeúntes que abarrotaban el Boulevard du Temple, blandiendo sus bastones y sus quitasoles, ellos fueron los únicos en permanecer inmóviles.

Y hay, me parece, algo relevador en que fuera precisamente esa quietud la que los hiciera eternos. Aunque sean las suyas, lo reconozco, dos eternidades muy distintas: no en vano el trabajador es, como siempre, más borroso, más invisible que el ocioso.

Mirando la fotografía de Daguerre me pregunto qué clase de huella dejaremos para los espectadores del mañana. Algo me dice que esta época obsesionada por la velocidad no puede producir rastros duraderos.

Tal vez sea ese uno de los dilemas de nuestro tiempo: cómo permanecer en un mundo en el que todo va demasiado deprisa, y donde cualquier instante de reposo es interpretado como una oportunidad perdida para la producción.

El movimiento perpetuo parece una de las señas de identidad del capitalismo, y amenaza con conducirnos a un escenario similar al que retratan las primeras fotografías: un lugar con espacio para los objetos pero no para las personas.

Por eso me gusta mirar el Boulevard du Temple vacío o casi vacío; esa imagen que nos recuerda que, para salir en la foto de nuestro tiempo, a veces simplemente tenemos que quedarnos quietos.