Roberto Calasso

Traducción de Edgardo Dobry. Anagrama. Barcelona, 2016. 544 páginas, 17'95€

El título de una obra no es una pista, sino un rito que despliega una hilera de palabras a modo de umbral, señalando el tránsito de lo cotidiano a lo insólito o desconocido. Roberto Calasso (Florencia, 1941) ha escogido un título perfecto para abordar la descomunal tarea de comentar el Satapatha Brahmana o Brahmana de los cien caminos, un tratado de ritos védicos elaborado en el siglo VIII a.C. Dividido en catorce secciones, ocupa 2.366 páginas repartidas en cinco volúmenes, conforme a la traducción de Julius Eggeling, que vio la luz en Oxford entre 1882 y 1900. Es la edición manejada por Calasso para adentrarse en los ritos védicos, que expresan una visión del mundo opuesta a la interpretación de la realidad de nuestra era, donde el pensamiento científico y racional ha excluido el misterio, lo sobrenatural y lo místico.



El Satapatha Brahmana es un bosque con cien caminos, lo cual significa que no hay un sendero principal, sino infinidad de travesías imantadas por un centro que irradia un oscuro y atávico sentido. Para Calasso, ese centro es el sacrificio, el acto de adorar lo divino mediante un holocausto. El sacrificio no es posible sin una víctima inocente, pues si se escoge un ser impuro o culpable de una acción reprobable, se corrompe la esencia de la adoración: ofrendar al dios una dádiva que expresa temor, veneración y servidumbre. Los sacrificios védicos prefiguran el sacrificio de Isaac, pero sin la intervención divina que evita el derramamiento de sangre.



Veda significa “ciencia” y designa el conjunto de textos compuestos en sánscrito entre 1500 y 1800 a.C. Su mitología incluye la perspectiva de una vida eterna en el mundo celestial de los ancestros. Su énfasis en la inmortalidad anticipa el espíritu de las epístolas paulinas.



Aunque no conservamos restos arqueológicos de la civilización que alumbró la religión védica, sabemos que identifica el mal con el caos, el desorden, la angustia, la nada. El bien es sinónimo de vida, permanencia, continuidad. Lezama Lima escribió: “El diablo sólo cree en la muerte”. Y añadió: “La poesía es el anticipo de la Resurrección”. Calasso entiende que el Satapatha Brahmana es un “Panteón de palabras”, una morada “perfecta” que absorbe y ordena la dispersión de lo real. La analogía con el cristianismo no es producto del sincretismo, sino de una “afinidad esencial”, cósmica, que surge cuando el ser humano se acerca al corazón de lo sagrado. Los cultos védicos no buscan el poder, sino “la ebriedad” que produce el hallazgo del sentido del universo.



“Para saber es necesario arder -escribe Calasso-. De otro modo todo conocimiento es ineficaz”. Arder como ardieron Santa Teresa o San Juan de la Cruz. La ebriedad es el signo de la divinidad, pues embriaga al espíritu saber -o sospechar- que el universo fluye ordenadamente hacia su plenitud. Por el contrario, si no reconocemos otra fuerza que el azar, el alma se hiela. El infierno no es una hoguera, sino un yermo transido de frío.



En tanto rito, el sacrificio no es una respuesta, sino un estado de conciencia. Los ritos no ofrecen soluciones, pero “saben aislar y contemplar los nudos que no se desatan. No está claro que el pensamiento pueda hacer mucho más que eso”.



Como los simbolistas, Calasso cree que la ley oculta del cosmos es la analogía. Y el Veda es pura analogía. Sus frases son como ríos por los que discurre la respiración del universo. Los cultos védicos atribuyen un enorme valor al sacrificio porque entienden la necesidad de comunicar lo exterior (el mundo) con lo superior (lo sagrado). “La actitud sacrificial implica que la naturaleza tiene un sentido”, apunta Calasso. La ciencia se limita a describir la naturaleza. Vivimos en una sociedad profana, pero lo sagrado no ha desaparecido. Solo le hemos dado otro nombre: sociedad. Nos sacrificamos por la sociedad, aceptamos inmolarnos por su continuidad, pero rechazamos los ritos que implican un tributo a lo desconocido. Paul Tillich escribió: “Espero el día en que todo el mundo pueda volver a hablar de Dios sin vergüenza”.



Sin ser un tratado de teología, El ardor afronta con rigor y lucidez el misterio del ser, postulando que la naturaleza no es un simple fenómeno, sino un proceso rebosante de sentido. Los dioses nunca se marcharon; sólo se ocultaron y volverán cuando las palabras recuperen su condición de ofrendas, prestándonos su aliento para trascender los límites de la experiencia.



@rafael_narbona