Ensayo

Las estaciones

Hermann Hesse

22 junio, 2006 02:00

"No soy muy buen pintor, sólo un diletante", reconocía Hesse. Este libro reúne algunas de sus acuarelas, así como reflexiones, relatos y poemas

Traducción de Daniel Najmías. RBA. Barcelona, 2006. 184 páginas, 15 euros

En 1931 una edición reducida para bibliófilos daba cuenta de la tardía faceta pictórica de Hermann Hesse, algunas de cuyas acuarelas aparecían allí acompañadas de diez de sus poemas. Sesenta años más tarde un experto en la obra del autor de Demian, Volker Michels (y no Volver Michaels o Vollaer Michels, como también se le llama en los títulos de crédito del presente libro), transformó aquel proyecto inicial en un volumen facticio organizado a modo de calendario, pues aunque su título sea Las estaciones la estructura que lo rige es la de la sucesión de los meses. El compilador acompaña ahora el rubro de cada uno de ellos, de enero a diciembre, con dos docenas de acuarelas, con un total de treinta y tres poemas en edición bilingöe, de un tercio de los cuales se proporciona en facsímil el manuscrito original, y con un cumplido manojo de fragmentos en prosa tomados de otras obras del autor publicadas entre 1904 y 1925, muchas de las cuales, por no proceder de ninguno de sus textos novelísticos más conocidos, son traducidas por vez primera al español.

"No soy muy buen pintor, sólo un diletante", reconoce Hesse; un diletante entusiasta que se inicia en la pintura con propósitos terapéuticos antes que propiamente artísticos. La muestra de sus producciones que este volumen nos ofrece corresponde a viñetas de los paisajes que le fueron familiares, sobre todo los de Gaienhofen, en la ribera del lago de Constanza, y los de Montagnola, en el Tesino, escenarios sin presencia humana, dotados de cierta candidez expresiva y un énfasis colorista que se compadece muy bien con la mayoría de los textos en prosa que Michels ha seleccionado. El poeta se presenta así como un caminante, como un incansable montañero solitario que percibe la naturaleza a través de todos sus sentidos y que la describe con gran riqueza de palabras sustantivas y de matices sensibles: ut pictura poesis. Frente a tan clásica dualidad expresiva, contrasta poderosamente en Las estaciones la novedad del escritor como sportman, hábil piloto de su trineo, o dueño de sus esquís que son el motivo del poema "Ski-Rast".

No faltan los tópicos estacionales, desde la pujanza vital de los meses caniculares hasta el sentimiento de fugacidad de aquellos esplendores propio de la invernía. Incluso Las estaciones se cierra con dos prosas de corte periodístico en las que se contrapone la falsa euforia material, "ocasión de salvajes orgías para la industria y el comercio" (página 173), y el sentido profundo de unas "fiestas del amor" como las navideñas. Pero esta antología, miscelánea de reflexiones, poemas y pinturas, consigue mostrarnos al Hesse más genuino, el artista de la intensidad emocional, el escritor hiperestésico que cuando describe sus proezas como explorador de la naturaleza está en realidad marcando el sendero del encuentro del ser humano consigo mismo; esto es, en armonía con el cosmos.

La artificiosa industria de Las estaciones vale para reflejar la suave transición del romanticismo al modernismo que nos explica al autor, uno de cuyos poemarios, finisecular, fue precisamente los Romantische Lieder. Hesse no deja en ningún caso de proyectar sobre la naturaleza que le rodea el estado de ánimo que lo domina, como cuando ante un haya podada no recata un "soy como tú". Pero esa misma fuente le servirá para comprender lo trascendente, las complejidades del mundo o los misterios de la vida a través de esas iluminaciones súbitas que Virginia Woolf gustaba denominar "moments of being", Proust "impresiones dichosas" y Joyce, con el término que acabará imponiéndose, simplemente epifanías.