Al otro lado de la pantalla, Paul Auster (Newark, Nueva Jersey, EE. UU, 1947) dice sentirse “abrumado y contento” por ese abigarrado mosaico de caras expectantes que conforma la prensa española congregada virtualmente para escucharle hablar de su nuevo libro. “Os aseguro que esto en Estados Unidos no pasaría”, aunque cuesta creérselo, tratándose de uno de los autores más leídos del mundo. 

El nuevo libro en cuestión se titula La llama inmortal de Stephen Crane, lo edita Seix Barral y es una monumental biografía de mil páginas, el homenaje de un escritor fascinado por el talento de otro escritor que vivió un siglo antes que él, fugaz pero intensamente. Antes de morir a los 28 años, a Stephen Crane le dio tiempo a renovar la literatura y el periodismo estadounidenses de finales del XIX y ganarse un hueco en la posteridad. Dice Auster en las primeras páginas del libro que no lo ha enfocado “como especialista o erudito, sino como viejo escritor sobrecogido por el genio de un autor joven” y fascinado tanto por su obra como por su “frenética y contradictoria vida”.

Una vida fugaz pero intensa

Como Auster, Crane nació en Newark, en el estado de Nueva Jersey. Su padre era un clérigo metodista y era el noveno de 14 hermanos. Siendo adolescente ya demostró tener un talento natural para la literatura escribiendo crónicas de sociedad de corte satírico para la agencia de noticias de uno de sus hermanos. Fue un muchacho inquieto y su vida, dictada por su innegociable vocación de escritor, estuvo llena de aventuras y “riesgos impulsivos”. Un artículo que escribió a los veinte años alteró la campaña presidencial de 1892, se enfrentó a la policía de Nueva York por defender el honor de una prostituta ante los tribunales y tuvo que exiliarse de la ciudad, fue corresponsal de guerra en Cuba y Grecia y casi murió ahogado en un naufragio frente a las costas de Florida, lo que le causó la tuberculosis que finalmente acabó con su vida pocos años después. Se marchó a vivir al Inglaterra, donde trabó amistad con Henry James ("se veían semanalmente y tenían una relación como de tío y sobrino alocado", explica Auster) y sobre todo con Joseph Conrad, "su mejor amigo".

Su corta existencia estuvo marcada también, a menudo, por la falta de dinero y una precariedad que le llevaron incluso a bordear la mendicidad. “Hoy en Europa tenéis ministerios de cultura en cada país, hay becas y subvenciones que ayudan a sobrevivir a los artistas. Eso no existía en aquella época ni en EE. UU. ni en Europa, era capitalismo puro y duro y dominaba también el mercado literario. No había talleres de escritura creativa, ni premios literarios, ni nada. Era muy difícil dedicarse a escribir. Los grandes nombres que admiramos tanto hoy —Poe, Melville, Hawthorne…— tuvieron muchos problemas financieros. Por eso había menos autores entonces que ahora. Era prácticamente imposible ganarse la vida dedicándose a ello”.

En cuanto a su obra, Crane cultivó todos los géneros literarios posibles: novela, novela corta, relato, poesía, reportaje, artículo, crónica y lo que en EE. UU. llaman sketch, esbozos basados en la observación de lo que rodea al narrador, y según cuenta Auster, Crane tenía una capacidad de observación excepcional, una mirada única, y fue tan radical en sus planteamientos literarios que lo considera el primer modernista estadounidense. “Le admiro tanto porque era capaz de hacer cosas que yo nunca podría hacer. Mi escritura se basa en la narrativa, tiene mucho diálogo, cuento historias a la antigua usanza. Mi inspiración son los cuentos de hadas, el folclore y la tradición literaria. En cambio Crane era un fenomenólogo extraordinario. Él veía las cosas, las capturaba, y tenía una capacidad increíble para transformar esas percepciones en un lenguaje coherente, hermoso y potente, lleno de metáforas y de símiles que nos sorprenden hasta tal punto que es difícil digerirlo todo”, afirma.

"Crane tenía una capacidad increíble para transformar sus percepciones en un lenguaje coherente, hermoso y potente"

En sus ocho últimos años de vida, Crane “produjo una obra maestra en forma de novela (La roja insignia del valor), dos novelas cortas exquisitas y audazmente concebidas (Maggie: una chica de la calle y El monstruo), cerca de tres docenas de relatos de irreprochable brillantez [...], dos recopilaciones de algunos de los poemas más extraños y feroces del siglo XIX [...], y más de doscientos artículos periodísticos, muchos de ellos tan buenos que están a la altura de su obra literaria”, escribe Auster en su biografía escrita desde la más absoluta admiración.

Precursor de Hemingway

Aunque Crane está muy bien valorado en Estados Unidos e incluso La roja insignia del valor era una lectura obligada en los colegios hace décadas, hoy es un autor para expertos académicos y críticos literarios, pero poco leído, dice Auster. “No es que no sea nadie, pero no tiene el peso que debería tener. Debería estar a la altura de Mark Twain, de Henry James o de Edgar Allan Poe, pero murió tan joven que no pudo establecer su presencia en Estados Unidos. No despertó muchas críticas, no se metió en los debates estéticos de la época, no tuvo una vida literaria, no se forjó una posición. Falleció y quedó olvidado”. Aun así, reconoce, La roja insignia del valor se editó en 1895 —cinco años antes de su muerte— y en este siglo y cuarto que ha transcurrido desde entonces, nunca ha dejado de estar disponible. En definitiva: “Crane no es invisible, pero es una sombra y quiero sacarle de las sombras”.

"Crane fue el primero en desechar toda la parafernalia que hacía que las novelas del XIX fueran tan grandilocuentes. Fue a lo esencial"

Según Auster, lo que sembró Crane en el campo literario fue recogido por la siguiente generación. Y entre ellos, especialmente Hemingway. “No sería él sin el ejemplo de Crane”, asegura. “Crane fue el primero en desechar toda la parafernalia que hacía que las novelas del XIX fueran tan grandilocuentes, con ese análisis social, esas eternas descripciones de paisajes, ropas y muebles. Todo eso se lo cargó y se fue a lo esencial. Eso supuso un gran impacto”, explica. 

F. Scott Fitzgerald también fue un gran admirador de Crane. “En los años en los que trataba de ganarse la vida en Hollywood, quiso que algún estudio adaptara La roja insignia del valor y ser él quien escribiera el guion”, afirma Auster. También el periodista H. L. Mencken “lo adoraba, y luego él se convirtió en alguien muy influyente, aunque quizá en España no se le conozca tanto”.

Corazón amargo de poeta

Si Auster está fascinado por la prosa de Crane, no lo está menos por su poesía, “tan radical y bizarra que para muchos poetas actuales de vanguardia lo consideran un precursor cuyo impacto fue extraordinario”. En las primeras páginas del libro, reproduce uno de sus poemas favoritos del autor:

En el desierto

vi una criatura, desnuda, bestial,

que, agachándose en el suelo

se cogió el corazón con las manos

y se lo comió.

Dije: “¿Está bueno, amigo?”.

“Está amargo, amargo”, me respondió,

“pero me gusta

porque está amargo

y porque es mi corazón”.

Una prueba más de la influencia de Crane en otros autores posteriores: Joyce Carol Oates tituló en 1990 una novela suya, aún inédita en español, con los últimos versos de este poema, Because It Is Bitter, and Because It Is My Heart. Otros versos de Crane inspiraron también los títulos de otras dos novelas, En un lugar solitario (1947), de Dorothy B. Hughes, y En busca de una víctima (1954), de Ross Macdonald.

Los crímenes de una joven nación

Muy preocupado por describir el contexto histórico en el que vivió Crane, Auster hace una enumeración, no exhaustiva pero muy ilustrativa, de las cosas nuevas que surgieron en el último cuarto del siglo XIX, desde el alambre de espino al algodón de azúcar, pasando por la máquina de escribir, la ametralladora automática, el rascacielos, el baloncesto, el cine o los pantalones vaqueros. También hace un perfil histórico nada complaciente de Estados Unidos, que entonces era una joven nación de cien años de edad que ya empezaba a convertirse en una gran potencia mundial. 

Según el autor de la Trilogía de Nueva York, “los dos grandes crímenes enquistados en el Experimento Norteamericano —la esclavización de africanos negros y la aniquilación sistemática de los pobladores originales del continente, un inmenso despliegue de culturas agrupadas bajo el mismo epígrafe de indios—nunca se han tratado ni reparado como es debido”. 

Hoy el país parece más dispuesto que nunca a revisar su historia de manera autocrítica. “Esto ha sido una batalla desde hace mucho tiempo. Hay gente que quiere mitificar todo lo que les parece bueno de EE. UU. y enterrar lo que saben que no fue tan bueno, y el resto de nosotros queremos exponer los crímenes cometidos con el paso de los siglos, para llegar a ser un lugar mejor. No se puede construir una sociedad productiva, sana y creativa sin revisar tu verdad. Hay países capaces de hacerlo y países que no. Yo ya no sé qué decir de EE. UU. A veces pienso que estamos adquiriendo sabiduría y otras pienso que somos los más tontos del mundo”.

@FDQuijano