John Elliott durante la entrega de su legado a la Caja de las Letras, en el Instituto Cervantes

Lleva sir John Elliott (Reading, Reino Unido, 1930) en nuestro país varios días con una apretada agenda y nos atiende sin esconder su cansancio. El reputado historiador experto en la España de los siglos XVI y XVII participó el lunes, como miembro del Patronato del Prado, en la deliberación que ratificó como presidente a Pérez-Llorca. El martes estuvo en la primera Tribuna del Hispanismo (aunque no le gusta el término "hispanista") organizada por el Instituto Cervantes, donde conversó con el también hispanista Trevor J. Dadson y el exdirector de la institución, Santiago de Mora-Figueroa. Horas antes, Elliott dejó en depósito hasta 2037 una preciada posesión como legado en la Caja de las Letras (la reaprovechada cámara acorazada que hay en el sótano del edificio, antigua sede del Banco Central). Se trata de un "buen reloj suizo" que compró en 1946 con los derechos de autor cobrados por su primer cuento, escrito a los 15 años. Entonces no podía sospechar el joven autor de Nibble the Squirrel -algo así como La ardilla Mordisquitos- que muchas de las palabras que habría de trazar su pluma estarían dedicadas a la historia España.



Este jueves, el catedrático emérito de Historia Moderna de la Universidad de Oxford y doctor honoris causa por muchas e importantes universidades, así como miembro de la Real Academia de la Historia, ha completado su visita participando en el homenaje que le dedica la Casa de América a su colega y amigo Hugh Thomas, fallecido en mayo de este año y miembro como él de la generación de hispanistas británicos que llenaron a partir de los años 50 el vacío que provocó en nuestra historiografía la censura y la falta de recursos. "Nos hicimos muy buenos amigos desde que publicó una reseña de mi libro La españa imperial en 1964 en el semanario británico New Statesman", recuerda Elliott.



Autor de La revuelta de los Catalanes, sobre la guerra de los Segadores que tuvo lugar entre 1640 y 1652 y que concluyó con la declaración de independencia y una república catalana que duró una semana, resulta inevitable preguntar a Elliott por los paralelismos de aquel episodio con la actual situación límite que vive Cataluña, al borde de la declaración unilateral de independencia y de la aplicación del artículo 155 por parte del Gobierno central para desbaratarla.



Pregunta.- ¿En qué se parecen y en qué se diferencian la revolución de 1640 y la actual crisis independentista catalana?

Respuesta.- La historia se repite muchas veces, aunque no exactamente igual. En mis investigaciones sobre Cataluña descubrí que ya en la primera mitad del siglo XVII había grandes divisiones dentro de la sociedad catalana, y eso es algo que continúa hoy. La declaración de una república, que duró una semana exactamente, obligó a Cataluña a pedir la protección de Francia y se convirtió en un protectorado. Si ahora se declara la independencia, está claro que una Cataluña independiente sin aliados en el exterior no podría sobrevivir.



P.- Su colega el historiador Santos Juliá, que acaba de presentar un libro sobre la Transición en el que también aborda la cuestión catalana, aboga por convertir España en un Estado federal para solucionar el problema. ¿Qué opina usted?

R.- Hay muchos tipos de federalismo. Lo que no veo adecuado para España es un federalismo en el que todas las partes sean iguales. A mi modo de ver tendría que ser un federalismo asimétrico, como el de Gran Bretaña. Conceder a todas las partes lo mismo sería artificial y significaría no reconocer las auténticas diferencias de algunas naciones y regiones de España, como el País Vasco, Galicia o Cataluña especialmente.



P.- Dice que prepara un libro comparando la historia de Escocia y la de Cataluña. ¿Qué tienen ambas en común?

R.- El libro abordará la historia de las dos naciones desde la Edad Media hasta el próximo referéndum. Las dos fueron incorporadas dentro de una unión más grande. Aquí, con la boda de los Reyes Católicos, se produjo una unión dinástica que en 1714 cambió con los Borbones y se convirtió en un Estado y una nación teóricamente unitaria. En Escocia pasó algo parecido pero no tanto, ya que fue un reino independiente desde 1200 mientras que Cataluña nunca fue un Estado independiente, sino que formaba parte de esa confederación catalana-aragonesa. Lo que pasó en Gran Bretaña, cuando murió la reina Isabel en 1603, es que Jacobo VI de Escocia accedió al trono de Inglaterra como Jacobo I y así se produjo una unión dinástica que después de 1707, unos años de los Decretos de Nueva Planta de aquí, se incorporó Escocia dentro de una unión parlamentaria. Pero lo que pasó en Gran Bretaña fue una alianza, la unión de dos reinos independientes para formar un reino unido, sacrificando los escoceses su propio parlamento para formar parte del nuevo parlamento británico y el precio que pagaron los ingleses fue abrir el comercio exterior y las colonias a los escoceses. Estos lo aprovecharon al máximo y en gran parte del Imperio británico fue una creación escocesa, mientras que los catalanes quedaron bastante marginados por varias razones del Imperio de las Indias. Después de la pérdida de la América española a principios del siglo XIX quedaron solo las Filipinas, Puerto Rico y Cuba. Los catalanes en el XIX dominaron la economía cubana, pero antes de eso no se habían integrado en este gran proyecto imperial parecido al proyecto imperial de los ingleses.



»Otra diferencia importante, claro está, es la cuestión del idioma. El gaélico ya no tiene importancia en Escocia, mientras que el idioma ha sido el punto de referencia de los catalanes durante dos siglos.



P.- ¿Cree que España y Cataluña han tergiversado la historia para favorecer sus propios intereses en el conflicto?

R.- Sí, lo han hecho ambas partes, y mucho. Hubo una historiografía oficial durante el franquismo, y antes con Primo de Rivera, que exaltaba la unidad de España y su defensa de los valores trascendentales y espirituales contra un mundo ateo, comunista, masón, etc. Y al mismo tiempo los historiadores catalanes románticos del siglo XIX y la primera parte del XX construyeron una historia de Cataluña como víctima de los castellanos, de un Gobierno que no los entendía, y desgraciadamente se sigue alimentando esa versión de la historia.



P.- ¿Cómo están interpretando los medios británicos el 'procés'?

R.- El éxito de la propaganda del Govern fuera de España ha sido total, ha triunfado la falsificación de los agravios sufridos por los catalanes. Se han ganado la opinión de los biempensantes liberales, incluidos muchos de los académicos británicos, porque no han visto el otro lado de la historia. No obstante, en los últimos días la situación ha cambiado un poco, pero hasta hoy el Gobierno español ha fracasado totalmente en presentar otra historia, la del éxito de la democracia, de la diversidad enriquecedora de las sociedades españolas dentro de una unidad, y es una pena. El Gobierno español ha perdido el juego de la propaganda.



P.- ¿Qué lectura hace del auge actual de los nacionalismos?

R.- Está pasando en todas partes, es el nuevo populismo. El gran eslogan de los partidarios del Brexit era "Take control" ("toma el control"). Es un eslogan muy fuerte. Esta tendencia se entiende en parte por la distancia que existe ahora entre los gobiernos centrales y las grandes corporaciones supranacionales por una parte y el pueblo por otra. Eso ha creado un vacío que ha ocupado el populismo.



P.- ¿Cómo ve el futuro inmediato del Reino Unido a partir del triunfo del Brexit?

R.- Muy mal, es un desastre. Si nosotros salimos de la Unión Europea, que parece que va a pasar, los escoceses van a reclamar un segundo referéndum de independencia porque ellos quieren permanecer en la UE. En ese caso se fragmentará el Reino Unido, esperemos que no pase, como también espero que no ocurra en España. Pero son días peligrosos.



P.- ¿Por qué hay tantos hispanistas británicos destacados, pero no al revés?

R.- Vuestros historiadores lo tuvieron muy difícil hasta la Transición. Había censura, faltaba dinero y no había muchas oportunidades para viajar al extranjero. Por eso historiadores británicos como Raymond Carr, Hugh Thomas y yo tuvimos una enorme oportunidad para entrar en el hueco que había, buscar en los archivos y repensar la historia de España frente a la historiografía oficial.



P.- ¿Aquella generación fue un fenómeno irrepetible o ha habido continuidad después?

R.- Menos de la que yo esperaba. Sí que hay algunos jóvenes especialistas en la historia de España, también en Estados Unidos, pero ahora son menos necesarios porque hay una nueva generación de historiadores españoles muy buenos. Aunque siempre los hubo; después de la guerra civil, gente como Antonio Domínguez Ortiz o José Antonio Maravall. También hay ahora una nueva generación de historiadores de aquí que conocen bien la historia de fuera y muchos de ellos dominan la historiografía angloamericana y francesa.



@FDQuijano