Image: De qué hablo cuando hablo de escribir

Image: De qué hablo cuando hablo de escribir

Letras

De qué hablo cuando hablo de escribir

Haruki Murakami

19 mayo, 2017 02:00

Haruki Murakami. Foto: archivo

Traducción de Fernando Cordobés y Yoko Ogihara. Tusquets. Barcelona, 2017. 396 páginas, 18'90€, Ebook: 12'99€

La historia de una obra literaria es -parcialmente- la historia de un hombre. Haruki Murakami (Kioto, 1949) no ha escrito una autobiografía, sino la historia de su vocación como escritor, que empezó con una iluminación mientras asistía a un partido de béisbol y que aún encara el porvenir con expectativas "ilimitadas", esperando el hallazgo de nuevas tramas y personajes.

Se ha dicho que Murakami está acabado, que se repite, que siempre escribe el mismo libro, pero De qué hablo cuando hablo de escribir pone de manifiesto su capacidad de reinventarse, sin abandonar su estilo ni su universo personal. A veces, las señas de identidad de una obra se confunden con fatigosas reiteraciones. Las objeciones que se esgrimen contra Murakami ya se han empleado contra otros autores, sin reparar en que el minimalismo de Carver, el pesimismo de Thomas Bernhard o las obsesiones de Carson McCullers configuran un territorio que se diferencia de otras geografías literarias por medio de un conjunto de signos recurrentes. Si Murakami ha logrado una presencia significativa en distintas latitudes es porque ha engendrado un mundo propio, inconfundible, donde se reconocen las generaciones que han crecido escuchando a los Beatles, disfrutando de libertades inexistentes en épocas anteriores y sufriendo el inevitable desarraigo de los grandes espacios urbanos.

El escritor japonés relata que fue un estudiante mediocre. Hijo único de maestros, creció en un hogar estable, sin experimentar ninguna clase de tensión o conflicto. No le interesaban los libros de texto, pero no tardó en descubrir la literatura, la música pop y el jazz. Lector compulsivo, aprobó los exámenes con notas mediocres. La escuela y la universidad no le aportaron nada. La violencia le alejó de la política y su anhelo de libertad le empujó a abrir un bar, donde podría escuchar música durante todo el día. Prefería trabajar duramente detrás de una barra que subirse al metro a las seis de la mañana para ir a una oficina. La sociedad japonesa le resultaba demasiado rígida y competitiva. La comunidad asfixiaba al individuo, impidiéndole elegir su estilo de vida.

Individualista, tímido y solitario, nada le proporcionaba tanto placer como leer a Kafka o escuchar a Thelonious Monk. Del mismo modo, escribir siempre ha representado para él una experiencia gratificante: "Si escribir no resulta divertido, no tiene ningún sentido hacerlo. Soy incapaz de asumir esa idea de escribir a golpe de sufrimiento".

Murakami no es un alma atormentada, sino un escritor profesional que organiza su trabajo de forma racional. Después del éxito de su primera novela, Escucha la canción del viento, decidió vender su bar y asumir el riesgo de vivir de la literatura, adoptando una rutina que ha mantenido durante treinta y cinco años: acostarse pronto, madrugar, correr o nadar una hora, escribir durante toda la mañana, echarse la siesta y leer o ver películas el resto del día. No es una vida apasionante, pero sí muy útil para aguantar la carrera de fondo que representa la tarea de escribir novelas.

Murakami admite que hace falta cierta arrogancia para ser escritor y una personalidad estable para soportar las críticas adversas. Los premios estimulan y ayudan, pero no deben concebirse como un objetivo, salvo que se esté dispuesto a convivir con la frustración y el desánimo. El escritor debe tener "un estilo propio, […] ser capaz de superar ese estilo peculiar", y finalmente, convertir su originalidad "en norma".

Murakami se considera una persona normal con habilidad para contar historias. Y Entiende que el tiempo, y no la crítica, decidirá sobre su obra

No se puede alcanzar esas metas sin libertad, sin hacer lo que realmente se desea, al margen de las presiones externas. "Sólo pretendía escribir algo a mi manera y reflejar con ello el estado de mi corazón. Nada más", confiesa al evocar sus inicios como escritor. La originalidad no es una fórmula, sino un sentimiento. No es necesario acumular grandes experiencias, como sufrir una guerra o participar en una aventura. Basta con observar el entorno y acumular recuerdos: "Cualquiera puede extraer una fuerza sorprendente de experiencias aparentemente pequeñas".

Murakami ha escrito relatos cortos, novelas breves, ensayos y ha realizado una notable labor como traductor, centrándose en la obra de Carver, Scott Fitzgerald y John Irving, a los que ha reconocido como sus maestros, pero señala que su "terreno de lucha fundamental es la novela larga", cuyo recorrido afecta al autor hasta el extremo de cambiarlo o añadir aspectos importantes a su forma de ser. El talento no es suficiente. Hace falta trabajar, lo cual significa que es imprescindible cuidar el estado físico y mental. Cuando un escritor echa barriga, comienza su declive: "La fuerza física y espiritual han de ser compatibles, estar equilibradas".

En una novela larga, se producen sorpresas inesperadas, como la aparición de personajes o giros no previstos: "El escritor da vida a sus personajes, pero si de verdad están vivos, a partir de cierto momento se alejan de él para actuar por su cuenta". El cambio de voz narrativa propicia este milagro. En sus primeras novelas, Murakami explotó la primera persona, pero en Kafka en la orilla introdujo la tercera y surgieron historias paralelas, que añadieron nuevas atmósferas a la trama, con ramificaciones imprevistas. El resultado fue un texto más ambicioso y profundo.

Murakami confiesa que escribe para sí mismo, pero añade que intenta mantener el contacto con los lectores. Escatima las conferencias y la firma de ejemplares, pero ha contestado a muchas preguntas y observaciones mediante los canales digitales. Saber que sus libros son leídos por las distintas generaciones de un hogar, le produce un especial regocijo, aunque sea un mal negocio para los editores.

Afirma que escribir este ensayo le ha obligado a "pensar sistemáticamente" y a escrutarse a sí mismo "desde la distancia". De qué hablo cuando hablo de escribir es un ejercicio de introspección que reconstruye con honestidad su carrera literaria y revela las claves de su trabajo. No hay signos de autocomplacencia, ni confesiones autobiográficas desgarradoras.

Murakami se considera una persona normal, con cierta habilidad para contar historias, pero no presenta su vocación como un acto de heroísmo y no oculta sus dudas sobre el destino de su obra. Entiende que el tiempo -y no la crítica literaria- decidirá si sus novelas merecen sobrevivir o hundirse en el olvido. Pase lo que pase, se ha divertido, ha sido feliz escribiendo y eso era lo que buscaba desde el principio. Yo soy de los lectores agradecidos que celebra la aparición de sus libros y que no le considera acabado, que disfruta con su obra -donde siempre aprecia poesía, delicadeza y misterio- y que le agradece su obstinación como creador y artífice de sueños.