José Luis Pardo. Foto: Archivo

Premio Anagrama. Anagrama. Barcelona, 2016. 296 páginas. 18'90€

El filósofo madrileño José Luis Pardo (1954), que ya fuera finalista del Premio Anagrama de Ensayo en 1977 con su primer libro, Transversales, ha obtenido el ansiado galardón en su cuadragésima edición con una obra que analiza las consecuencias de la erosión política e institucional sufrida en las sociedades contemporáneas por la crisis económica y el declive del Estado de bienestar. Pardo, catedrático de filosofía de la Universidad Complutense, Premio Nacional de Ensayo en 2005 por La regla del juego, ha atesorado en estos años una trayectoria intelectual de prestigio, avalada por la coherencia con que ha defendido siempre la condición singular de su disciplina frente a los equívocos que suscita el persistente afán de hacerla funcionar en un registro ajeno. Estudios del malestar, una obra de madurez, reitera esos méritos, demostrando el valor de la filosofía para pensar lo que acontece con autonomía crítica, de manera perspicaz y comprensiva.



Al igual que el prejuicio autóctono hizo ver durante demasiado tiempo a los autores de la generación del 98 a la sola luz del "problema de España", aislando el sentido de sus posicionamientos de otras respuestas europeas a aquella crisis finisecular, acontecimientos recientes en la historia española como el 15M, el descrédito de los partidos tradicionales, el auge de nuevas formaciones políticas o la extendida impugnación de la transición democrática han venido siendo interpretados con fórmulas esquemáticas, fuertemente ideologizadas, que apenas permitían reconocer el largo recorrido subyacente al invierno de nuestro descontento. Deshacer este entramado ideológico para penetrar en los motivos reales del sentimiento generalizado de malestar en que estamos instalados es el empeño de Pardo en este libro, dispuesto a problematizar algunas de las respuestas tomadas por obvias.



Así, tras el repertorio de eslóganes que hoy nutren el imaginario de otra política en nuestro país -acabar con la casta, dar voz al pueblo, hacerlo intervenir directamente en la acción política, tomar la calle, realizar la verdadera transición, etcétera- Pardo se pregunta si no late aquí más bien el deseo oculto de acabar con la política, con las vías en que ésta ha venido ejerciéndose en las democracias avanzadas desde la era moderna, y sustituirla por otra cosa.



Esa otra cosa sería el populismo, en el fondo un aggiornamento del viejo totalitarismo, enemigo de la democracia parlamentaria, "burguesa", ahora fluidificado por estrategias mucho más pragmáticas -y cínicas- de acceso al poder.



Pardo penetra en los motivos reales del sentimiento de malestar en que estamos instalados, dispuesto a problematizar respuestas tomadas por obvias

Para responder a esta cuestión, Pardo recurre a la historia de la filosofía, indagando en las fuentes y los avatares de un "realismo político" que, desde el Calicles platónico hasta Carl Schmitt, pasando por Hegel y Marx, vendría a recalar en las propuestas de pensadores recientes convertidos en ideológos como Ernesto Laclau, un claro referente de Podemos.



Difícil sintetizar en pocas líneas el amplio contenido de toda esta deriva filosófico-política: la construcción hegeliana de un sentido unitario para la Historia, sacrificando a los individuos al cumplimiento de la Idea (o de la revolución en Marx); el canto foucaultiano a la sublevación contra el poder (porque todo poder es malo); la descalificación schmittiana del contrato social como falsa superación del estado de naturaleza y su vuelta a la dialéctica amigo/enemigo, etcétera. De esta amalgama se habría alimentado un comunismo nostálgico, tanto más olvidado de sus concretas realizaciones históricas cuanto más deseoso de volver a la escena histórica.



Pardo relata cómo el impulso primero de su libro surgió una tarde del año 2010, en que cierto pensador francés convocó en la Facultad de Filosofía de la Complutense a una gran audiencia, ansiosa de oírle pronunciar la palabra mágica "comunismo", como si se tratase de la última forma superior de incorrección política aún posible. Y explica que para unos jóvenes frustrados por la amenaza de desaparición de sus estudios en aras de una miope modernización del conocimiento, adherir la marca "filosofía" a esta operación de rescate de un término siempre sobrecargado semánticamente, como una suerte de compromiso más auténtico que el de otros proyectos políticos, tuvo que resultar algo necesariamente cautivador, al sugerirles que su disciplina podía llegar a ser algo tan útil como para vencer al enemigo y fundar un nuevo mundo.



Pardo critica esa falsa representación que supone que el cometido de la filosofía se realiza, no en su específica actividad teórica, sino más allá de ella, en la praxis, y lo pone en relación con el intento de las vanguardias artísticas de disolver el arte en la vida y conecta ambas tendencias con la de las "políticas de vanguardia" de los totalitarismos de principios del siglo XX, antesala de los populismos neocomunistas o neofascistas contemporáneos, de Maduro a Trump.
El libro constituye un conveniente aviso de los peligros del adanismo político que nos rodea y que, más que solucionar el descontento, lo instrumentaliza
Lo más llamativo del libro puede ser, para la mayoría, el énfasis con el que Pardo se aplica a desenmascarar el populismo podemita como una forma espuria de capitalizar políticamente el descontento social generado en la ciudadanía por los recortes y la corrupción. Su valor más profundo reside, sin embargo, en la manera en que acierta a enlazar esas políticas de la autenticidad rupturistas, que se presentan hoy como alternativa a la vieja política, con corrientes de opinión inspiradas en determinados idearios filosóficos del pasado. Con independencia de que se esté o no de acuerdo con las interpretaciones específicas que Pardo hace de estas corrientes y de sus inspiradores (a veces "caricaturizados", como él mismo aclara), el poder heurístico de esta línea de lectura y su contribución a un necesario debate resulta innegable.



En ese sentido, resulta oportuno su recordatorio de que el acuerdo entre los países democráticos tras la Segunda Guerra Mundial no supuso sólo una paz militar, sino también una paz social, de la que emanó el Estado de Bienestar; y el de que su erosión anticipó la brecha abierta ahora en el consenso constitucional de la transición española, generando un doble movimiento de deslegitimación. De él se nutren por igual indignacionismo e independentismo. En este espacio de disgregación, la estrategia política de "gobernar con las encuestas", prometiendo medidas dispersas para captar a distintas franjas del electorado -según una estricta lógica del mercado, por cierto- aunque exitosa a corto plazo, acaba delatando su incapacidad para lograr una verdadera cohesión del todo social.



El libro de Pardo constituye, así pues, un conveniente aviso de los peligros del adanismo político que nos rodea y que, más que solucionar el descontento, lo instrumentaliza. Pero la evidencia de la pobreza material y política nacida de la crisis económica, y del consiguiente deterioro real de los términos del pacto social, sigue estando ahí. Y del mismo modo que "comunismo" o "republicanismo" funcionan en el imaginario político actual como recetas de prestigio que no necesitan precisar su contenido, otros referentes simbólicos como "democracia" o "Estado de bienestar" son constructos históricos no inamovibles, sino requeridos de revisión y reforma si no queremos despedirnos del todo de los viejos ideales de redistribución e igualdad de la socialdemocracia.



El desplazamiento hacia una lucha simbólica por el mejor etiquetado político no es algo inducido sin más por la nostalgia de la revolución. Han sido instancias menos democráticas y definidas que el parlamento y nuestros legítimos representantes quienes antes han desplazado el lugar del ejercicio del poder para imponer unas severas condiciones -no sólo económicas- y un limitado margen de actuación a los poderes públicos. Y esta parte de la historia de nuestro malestar, como asume Pardo en el epílogo, aún está por escribir.