Karl Marx

Jonathan Sperber. Traducción de Laura Sales Gutiérrez. Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2013. 620 páginas, 29,90 euros

Esta es una documentada biografía de Karl Marx, que pretende situarlo en el siglo XIX y rescatarlo en el XXI. Para ello el autor recurre desde el principio a acercarlo a la Revolución francesa y alejarlo del Gulag: "Marx defendía una revolución violenta y quizás incluso terrorista, pero que guardaba muchas más semejanzas con los actos de Robespierre que con los de Stalin". El relato es detallado, y Sperber no sólo repasa la peripecia personal de Marx, su familia y sus amigos, sino también sus aventuras como activista político. En cambio, su visión de la teoría de Marx es a veces deficiente, sobre todo en economía.



El libro tiene tres partes. La primera, "Configuración", describe a Marx como hijo, estudiante, editor, emigrado y revolucionario. La segunda parte, titulada "Lucha", empieza poco antes de la publicación del Manifiesto comunista de 1848, y retrata al Marx insurgente, exiliado, observador y activista. La tercera parte, "Legado", ya habla del Marx instalado en Londres, donde finalmente moriría en 1883, y donde escribiría sus grandes obras teóricas: la Contribución a la crítica de la economía política, en 1859, y el libro primero de El Capital, publicado en 1867. Vemos pasar al Marx teórico, el economista, el hombre privado, el veterano y finalmente el icono.



Pero lo más novedoso e interesante es el intento de rescatar a Marx de los regímenes que en su nombre asesinaron a millones de trabajadores. Sperber subraya que Marx no especificó (en su obra publicada) cómo sería el comunismo, se opuso a sistemas autoritarios, y creía que en algunos lugares los obreros podían llegar al poder sin violencia; lo único que está claro es que apoyaba la Revolución Francesa, y es evidente que las matanzas de esos protocomunistas no tienen parangón con las de Mao, Stalin, Pol-Pot, etc. Además, esos países fueron sólo "aparentemente comunistas...presuntamente marxistas", y en realidad no tienen correlato con los textos de Marx, salvo que Marx ¡denunció la crueldad capitalista mientras que el comunismo se parece "a la Rusia zarista que tanto despreciaba"!



El retrato disuelve a Marx y le libra de responsabilidad, porque todos se reivindicaron marxistas, los criminales más violentos pero también los sindicalistas, los "activistas imperialistas", y los jóvenes intelectuales de los sesenta en Europa y EE UU "descontentos con la sociedad de consumo". Esta estrategia de la tinta del calamar se complementa justificando el socialismo por la "abundante miseria" del Manchester decimonónico y porque los críticos de Marx eran "partidarios del statu quo capitalista". Marx queda, así, rescatado de un comunismo que casi lo mata. Ya puede la izquierda confortarse circunscribiendo el socialismo real a una versión espuria del pensamiento de Marx y alegando que, claro, donde no había comunistas había dictadores sanguinarios capitalistas, porque el mercado es una dictadura, y el liberalismo una utopía igual que la de los socialistas, que pudo tener algunos problemillas pero que no son suficientes para desactivar a un pensador irremplazable.



Dada la excelencia de la izquierda a la hora de la propaganda, no es descartable que este intento dé su fruto, y que realmente muchos se convenzan de que regímenes autodenominados comunistas, declarados seguidores de Marx, que aplicaron su pensamiento contrario a la propiedad privada y los contratos voluntarios, en realidad no eran comunistas y no tenían nada que ver con Marx.



La capacidad de engaño y autoengaño quizá no tenga límites, pero el propio Engels en el funeral de su amigo lo reivindicó como quien "descubrió la ley del desarrollo de la historia humana". Esta arrogancia radicalmente antiliberal presidió los sistemas socialistas reales e informa todas sus variantes, desde la más vegetariana a la más carnívora. Y de ahí cabe resbalar hacia la gran confusión que desvincula a la izquierda de todo mal. Ya lo dijo Gaspar Llamazares: si es terrorismo, no puede ser de izquierdas. Y nos explicarán que la dictadura que somete a los cubanos en La Habana es igual a la dictadura del mercado que los maltrata en Miami. Paul Hollander recuerda la análogamente detestable distorsión de un intelectual estadounidense que, cuando ya no pudo negar la existencia del Gulag, proclamó: "sí, en Rusia hay campos de concentración, pero en Estados Unidos hay…¡fábricas!".