Image: Diario de otoño

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Letras

Diario de otoño

Salvador Pániker publica su diario íntimo y reflexiona sobre la vida, la filosofía de vivir culminadas por la muerte de su hija Mónica

15 noviembre, 2013 01:00

Salvador Pániker

Diario de otoño comprende los diarios de Salvador Pániker correspondientes al periodo 1996-1999. Destilación de reflexión, memorias, crónica social y apuntes íntimos, supone la coronación de una extraordinaria trilogía, sin precedentes en el memorialismo español. La mirada sobre la vida, la filosofía de vivir que se despliega en estas páginas, culminadas por la devastadora muerte de su hija Mónica, combina la recreación de la anécdota con el fino análisis, reflexiones sobre el arte o la filosofía con anotaciones muy personales sobre la existencia o el amor.

"Este diario es la memoria de lo que me está pasando, y de lo que no me está pasando, una divagación permanente que nunca permito que se deslice hacia la ficción. Este diario es, o debería ser, el testimonio de mis siempre insuficientes forcejeos, el enfrentamiento con los cabos sueltos", cuenta el propio autor.

Aquí puede leer las primeras páginas de Diario de otoño (Penguin Random House).


2 de enero

Anoche no hubo fiesta en casa, ya casi nunca la hay, me emocionan poco los cambios de hoja de calendario, y despedí al 95 sin pena ni gloria, mirando la televisión con Goyo, tras un encuentro de baja frecuencia con la shakti, Mónica en casa de su amiga PG, yo con mis acostumbradas perplejidades, cavilando que aquí lo que más nos traiciona es el lenguaje, particularmente ese constructo del año de la nana que separa todavía sujeto, verbo y predicado, un constructo completamente inadecuado para expresar el f lujo no fragmentado de la existencia, como si el yo y el mundo pudiesen separarse.

12 de enero

Fui a la tele a hablar de eutanasia. ¿Merecía la pena haber ido? Pues no sé, quizá, depende. Juraría que algo de lo que dije, y el modo en que lo dije, ha sonado a verdadero. Lo cual ya es un punto de partida. Un colocarse en el lugar geométrico de los hombres y mujeres de buena voluntad. Por así decirlo. Era una mesa redonda. El bioético y jesuita Francesc Abel, un hombre honesto y algo colérico, sostiene una postura no muy distante de la mía; al final, lo que nos separa es su temor a los posibles abusos en caso de despenalización de la eutanasia voluntaria. Contraste con la rigidez ideológica de Montse M., del Opus. Me siento especialmente incómodo con esa gente del Opus, con sus sonrisas ortopédicas y su aire falso. En el tema de la eutanasia esgrimen argumentos aparentemente secularizados, pero en cuyo origen está un integrismo religioso puro y duro. Y está claro que carecen de la más mínima empatía compasiva hacia los enfermos que sufren. Que sufren sin esperanza. Piensan: Ante todo, los principios. Yo estoy en las antípodas. Al diablo los principios, y disminuyamos el horror del mundo.

13 de enero

Dice JX que estos últimos días ha leído a Rupert Sheldrake, lo cual le ha servido para iluminar nuestra relación y para explicar ciertas pautas de conducta que tienden a autorreforzarse. Y añade:

-Estoy escribiendo mucho sobre esos temas.
JX (la shakti) trabaja con ordenador, no tiene que usar tippex como yo, y para que no le husmeen sus textos guarda los disquetes bajo siete llaves. A mí no me han convencido todavía para que use ordenador; y me las apaño, más o menos malamente, con mi vieja Olympia. Trabajan de muy distintas maneras los escritores. Juan Carlos Onetti escribía con bolígrafo sobre agendas; Pablo Neruda a mano y con tinta verde; Jack Kerouac sobre un rollo de papel sin fin. Paul Auster sólo usa lápiz. Günter Grass utiliza la Olivetti- Lettera sobre soportes altos porque trabaja siempre de pie. Graham Greene se ponía a la faena de mañana, no sé si a pluma o a máquina, antes de la hora de la sensualidad y el whisky: sobre unas treinta líneas en los días férti les. Hemingway escribía los diálogos de sus novelas a mano (con lápices recién afilados), las descripciones a máquina, de pie frente a un atril. Azorín se ponía a trabajar al alba, dicen que a máquina. Nabokov tomaba notas en tarjetas de 3 por 5 pulgadas, que luego su mujer pasaba a máquina. W. H. Auden solía meterse en faena tapando previamente las ventanas de su apartamento con lienzos negros. Husserl escribía en taquigrafía, y sus textos eran difíciles de descifrar. John Keats se ataviaba con sus mejores ropas antes de sentarse a componer un poema. Truman Capote trabajaba en posición horizontal, Virginia Woolf lo hacía de pie, Voltaire sobre la espalda desnuda de su amante.

-También he leído a Karen Horney, La personalidad neurótica de nuestro tiempo, un libro antiguo y todavía estimulante.
-Karen Horney me inf luyó en un tiempo -comento yo- por aquello de la «neurótica necesidad de ser querido».
Me sentía retratado. Por cierto, que Karen Horney estudió Zen, y falleció el año en que yo me casé. Aunque también es verdad que el que se casó era otro. Mientras hablamos, y por alguna razón que se me escapa, me vuelven a la memoria ciertos temores de la víspera, no importa ahora cuáles. Lo cual me desconcentra. Soy un hombre que, de alguna manera, necesita tener las cuentas siempre saldadas, los cabos sueltos bajo control. Si una idea, una emoción, lo que fuere, algo que se vuelve sólido, intercepta mis fluidos mentales, me quedo como bloqueado, sin poder seguir avanzando hasta haber tomado alguna decisión al respecto. Mi mente puntillosa necesita tener controlados todos los detalles. Lo cual es tanto un germen de eficacia como de ansiedad. La terapia Gestalt habla de «unfinished business». Es por esto que escribo un diario y, a ratos, practico una cierta meditación heterodoxa. Porque meditar es desobturar caminos, o algo así, cuando al final ya no hay caminos y uno deja de pensar.

Se lo explico a JX.
-Ayer -le digo- me entró una cierta aprensión, nada importante, pero que todavía me dura e interfiere, y una vez más compruebo mi necesidad de horizontes despejados, «la mesa vacía de papeles», un campo de conciencia libre.
-Tú lo que tienes -dice ella- es mucha voluntad de sistema.
-Colocar las piezas en un cierto orden, sí. Aunque el orden sea siempre provisional, porque yo soy un tipo humano bastante inf luenciable. En el terreno intelectual, por ejemplo, me ocurre lo que a Leibniz, que de todo gran autor, por alejado que se encuentre de mí, recibo siempre alguna lección.

Tras una discreta pausa, la shakti se despereza en el sofá.
-Estaba pensando -dice- en aquella mujer que en un tiempo fui, y que contigo hoy es diferente.
-Es que nosotros tenemos poco que ver con los que fuimos.
-Un cierto parecido, quizá.
-Un cierto parecido, sí.

El pasado como paisaje extranjero, el pasado cuyo sentido puede alterarse desde el presente, el pasado que fue ayer mismo. Ella y yo: habrá que convenir en la gran ventaja de tener la edad que ya tenemos. Porque ninguno de los dos, por la edad y la madurez, está, ni puede estar, achantado por el otro, y eso es una garantía de espontaneidad. Y así vuelve a mí la idea de entregarle a ella mis diarios. ¿No sería esto un acto de inocencia y perversión? Recién casado, Tolstói le dejó leer su diario a su joven esposa y ésta quedó horrorizada. El aristocráticamente candoroso Bertrand Russell también pensaba (en un tiempo) que entre amantes no debería haber secretos. Yo, a estas alturas de mi vida, me siento menos ingenuo. Si le entrego mi diario a JX, seleccionaré previamente el material.

-¿Qué te parece, JX, si te entrego mi diario de estos últimos años?
-Ya me hablaste una vez de ello.
-Sería una especie de riesgo calculado para seguir explorando juntos.
-Conmigo corres pocos riesgos.
-Últimamente he estado leyendo ese libro tan melancólico de Ken Wilber, Gracia y coraje, en el que se reproducen diálogos entre él y su esposa, unos diálogos que me han hecho pensar en algunos de los nuestros, aunque los suyos sean más espiritualistas. Tiene un trasfondo muy cristiano el libro de Wilber, me recuerda aquellas biografías de santos que nos leían durante los ejercicios espirituales con los jesuitas. Ciertamente, Wilber y su esposa enferma ya no son oficialmente cristianos, su «santidad» es ecléctica, están impregnados de Freud y de Buda y de la gran tradición mística, pero el timbre de su voz sigue siendo cristiano. Tú yyo navegamos por otras aguas, y, con todo, también perseguimos una cierta transparencia.
-En mi opinión -dice JX-, la permeabilidad del uno al otro, llevada al límite, aboca a la penetrabilidad total.
-Precisamente porque soy un hombre sin identidad fija, puedo ser relativamente transparente, y estoy dispuesto a correr el riesgo de entregarte mi diario. Porque la imagen que pueda darte, vía diario, no es estrictamente la mía.
-Es que tampoco yo tengo identidad fija.
-Claro. Sólo los monigotes tienen identidad fija. Y el amor, pienso yo, también funciona sin identidad fija. Funciona incluso mejor. Porque precisamente la identidad fija es el obstáculo, y, en el límite, el amor ya no es un sentimiento sino, más bien, pura apertura.
-Hace unos días, en Sitges -dice ella-, ya me hablaste de la posible entrega de tus diarios; viniste a decir que puesto que te encontrabas en la fase final de tu vida, no te importaba suprimir defensas, o algo así, y por la noche, recordando tus palabras, sentí un sufrimiento intenso y extenso, casi orgánico; me dolía la idea de que un ser tan vivo y supervivo como tú pudiese desaparecer, y cuando digo vivo y supervivo quiero decir siempre receptivo, siempre procesando estímulos, con esa mente tan rápida que tienes, con esa magia colindante con la superstición. Va cayendo la tarde. Se adelgaza la luz. Los objetos de mi estudio han quedado como sedimentados en la penumbra. Nada es urgente. «Puesto que el mundo no va a ninguna parte, no hay prisa.» Se me han desvanecido los temores de la víspera, no importa cuáles temores. El horizonte vuelve a estar abierto. Sensación de libertad, incluso de paz.
-Musicalmente -digo-, ahora sería un buen momento para hacer mutis. Ella hace un gesto con los brazos. Como si cayese el telón.

Ha muerto François Mitterrand, personaje que no era santo de mi devoción (su rostro de mascarilla, su falta de simpatía natural, su carácter reservado), pero con el cual me identificaba en un aspecto: la ambigüedad. Lo expresó él mismo en cierta ocasión: «Sólo se sale de la ambigüedad en detrimento de uno mismo». Correcto, monsieur. Salir de la ambigüedad -pluralidad de significaciones posibles- es ponerse a simplificar malamente.

Busco una referencia literaria en Segunda memoria y no la encuentro; pero, en compensación, me topo con unas páginas muy plausibles sobre mi relación con Nuria en la época en que ella y yo formábamos una pareja real. «Mientras viví con N. -escribo-, todo cuanto me ocurría a mí era algo que nos ocurría a ambos, y viceversa.» Y añado: «Hay un acoplamiento simbiótico permanente en toda pareja real, una ley de conf luencia que hace difícil delimitar la frontera entre uno y otro. Incluso en las infidelidades participa.

¿Desde dónde escribo? ¿Desde el sujeto? No, yo no escribo desde el sujeto. ¿Cómo iba a hacerlo después de Nietz sche, después de Marx, después de Freud, después de Lévi-Strauss? Para Nietzsche, el sujeto no es más que una máscara que oculta impulsos vitales hondos; para Marx, la con- ciencia es una superestructura ideológica; para Freud, lo que cuenta es el inconsciente; para la etnología estructuralista, todo es objeto. También la posmodernidad reclama la «muerte del sujeto». No sólo el sujeto burgués es cosa del pasado, sino que nunca ha existido.

Y sin embargo, cabe hablar de un margen. Un margen de indeterminación donde conviven las diversas fuerzas que nos condicionan. Un margen a la vez individual y transindividual. Un margen donde perpetuamente se ajustan y desajustan los valores. Un margen para que cada cual pueda escoger el menú de su propia identidad. O el menú de las identificaciones sucesivas, que diría Lacan. Le dedico al margen todo un capítulo en mi libro Aproximación al origen. Tengo escrito allí: «Vivir desde uno mismo, no ser un puro títere de los condicionamientos, a sabiendas de que todo en el hombre son condicionamientos; vivir desde el presente, reinventando perpetuamente el mundo, escapando al campo gravitatorio del pasado; vivir originariamente (y precisamente por ello despreocupado de la originalidad): todo esto es vivir desde el margen».

Pues bien, yo escribo desde el margen. Forcejeo desde el margen. Levanto acta de la disolución del sujeto desde el margen. Mantengo mi ambigüedad desde el margen. Éste no es el diario de mi yo, sino el diario de mi margen. El margen es lo que uno consigue salvar del alud de enajenaciones que nos condiciona. El margen, biológicamente, tiene relación con la complicada maquinaria del cerebro humano, donde conviven circuitos inconscientes que a menudo entran en conflicto entre sí. El margen es combinación sui géneris de contradicciones. El margen es libertad- en-el-condicionamiento, la toma de conciencia de que no somos libres. Porque ésta es nuestra paradójica libertad, o mejor dicho, metalibertad, la que nace de nuestro saber que no somos libres.

A partir de ahí, construye uno.

20 de enero

Pasaron ayer por la tele una entrevista que me grabaron hace unas semanas. Contemplar la propia imagen en pantalla siempre produce un cierto sobresalto. El de ayer no fue desagradable. Me vi como un hombre de edad madura desenvuelto, distanciado, un punto sarcástico, todavía con cierta energía, incluso dignidad. Y de pronto pensé: Yo soy un explorador y no un payaso. Si a veces puedo resultar provocador, no es por voluntad explícita de ello. Nada más lejos de mí que lo que Lluís Maria Todó ha llamado «el artista como gamberro».

Baudelaire habría sido un prototipo de esa especie en extinción. Baudelaire se disfrazaba, el desencanto estaba en el aire, y el romanticismo tardío era su caldo de cultivo. Hoy nuestro paradigma es más complejo y fatigado. Hicimos ya el duelo de la muerte de Dios. El shock de la lucidez puede conducir a la anestesia consumista o a ciertas místicas de pacotilla. Digamos, en general, que hoy somos todos posrománticos, posmarxistas, posmodernos, pos-casi todo. No hay razón para disfrazarse de nada, toda vez que todo es disfraz.

2 de febrero

Decidimos ir a cenar al restaurante del pasaje Mercader, aquel al que me llevó una vez el cónsul de México. JX se trinca un whisky de aperitivo; yo llevo en el cuerpo una ración intramuscular de vitamina C. Luego de cenar paseamos por el Ensanche y en algún momento nos abrazamos cual novios adolescentes. Después vamos a mi casa, y una vez más se cumple la ecuación antigua: cuando las sexualidades sintonizan caen las defensas. Caen también las vestimentas. Queda un margen disponible. Para la efusión, la zalamería, el desvarío, la unión tántrica. La emergencia de una felicidad de espectro amplio. O algo así relativamente raro. Aunque más raro es todavía andar por la vida con las emociones medio muertas, bloqueado el sistema límbico.

Con la pasión, en cambio, se alumbra el cerebro antiguo. Fenomenología del infantilismo, el candor, la perversión, la agilidad, la risa. La presión del vientre sobre el pubis. La tercera ley de Newton. El rumor literario del aire, a veces, ô saisons, ô châteaux. Una cierta pausada violencia. Anoche llovía, y mientrassonaba el agua del cielo, nosotros distendíamos los gestos, ralentizábamos el tiempo, olíamos a sexo y a deseo, recordatorio de una muy precisa bioquímica, mecidos por el asombro, porque ninguno de los dos ha inventado al otro, porque un enjambre de terminales nerviosas genera una temperatura donde no hay fronteras, un lío anatómico sobrecargado de significados, no sé cuáles significados, los significados están siempre dentro y fuera de los signos, y los signos al final naufragan.

¿Ella?, ¿yo? La gramática se retira de escena en esta zona borderline del paroxismo controlado, donde hay un vaivén de límites, donde ni ella es ella, ni yo soy yo, aunque sigamos siendo ella y yo. Un vaivén que va del anonimato a la identidad. Y no me desconciertan esos vaivenes: todos somos, a la vez, genéricos e individuales. El arte está en el juego.

3 de febrero

Decíamos ayer -es decir, decíamos a principios de año- que aquí lo que más nos traiciona es el lenguaje, quiero decir, el lenguaje aristotélico convencional hecho de sujeto, verbo y predicado; un lenguaje que camuf la que las cosas separadas sólo son reales en un sistema de abstracciones.

Así, por ejemplo, incurrimos en la falacia de creer que hay mente cuando lo único seguro es que hay actos mentales. Procede, pues, huir de la trampa de este lenguaje aristotélico convencional que inventa sustancias allí donde sólo hayactos y relaciones. Sin llegar a alcanzar fórmulas de fluidez no disociada (una especie de lenguaje hecho de verbos sin sujetos), algunos artistas han ensayado ya desde hace tiempo sus propios tanteos de emancipación. Naturaleza muerta con una silla de paja, primer collage cubista, Picasso, 1912. Tierra baldía, T. S. Eliot, 1922, que el propio autor calificó de «gruñido rítmico». En música, desde principios del siglo xx, se produce lo que Arnold Schönberg ha llamado la emancipación de la disonancia, y que conducirá a la crisis del sistema tonal. Lo que ocurre es que todo esto ha sido ensayado ya, y que aquellos estilos anteriormente subversivos constituyen hoy lo establecido; quedan como admirables monumentos de una vanguardia que ya es «clásica».

Actualmente, el capitalismo de la sociedad de consumo alimenta una cierta degradada dispersión. Ocurre también que en el género filosófico que uno practica caben pocas florituras, a pesar de que la filosofía tiende hoy a confundirse con la literatura. ¿Cuáles la salida? ¿Un nuevo lenguaje literario a la vez preciso y flexible? ¿La permanente yuxtaposición de unos estímulos puntuales? ¿El retorno a la poesía? ¿El collage y el pastiche? ¿El flujo cambiante de unas relaciones sin sustancia? Walter Benjamin ya ensayó la estrategia del collage y quiso escribir un libro hecho exclusivamente con citas. William Burroughs probó la técnica del cut-up. Gregory Bateson solía decir que hay que acostumbrarse a una nueva forma de pensar que sustituya los objetos por relaciones. Pero sustituir los objetos por relaciones es contar historias. Bien, yo escribo un diario. Con todo, permanece incólume la cuestión primera: ¿cómo captar con un lenguaje dualista una rea lidad no-dual? El caso es que en todo lo que uno escribe, la sensación de antigualla es permanente.