Letras

Diccionario del español actual

Manuel Seco, Olimpia Andrés, Gabino Ramos

24 octubre, 1999 02:00

Aguilar. Madrid, 1999, 4.638 páginas, 14.000 pesetas

En el siglo XVIII, los académicos que compilaron el llamado Diccionario de Autoridades consideraron necesario que cada palabra y cada acepción tuviesen como aval de su definición un texto literario -es decir, escrito- en que la forma en cuestión apareciese empleada. éstas eran las "autoridades" que respaldaban las definiciones registradas. Después de aquella proeza, las sucesivas ediciones del Diccionario académico -y, tras él, casi todos los otros repertorios- dejaron de incluir aquella valiosísima documentación que, además de ejemplificar con usos concretos, orientaba muchas veces acerca del nivel idiomático o del registro en que los vocablos podían emplearse. Este Diccionario proyectado y dirigido por Manuel Seco vuelve felizmente a la concepción lexicográfica de aquellos primeros académicos: palabras y acepciones van acompañadas de la correspondiente "autoridad", del ejemplo pertinente. Sólo que estos ejemplos no brotan sólo de fuentes literarias -teatro y novela, sobre todo-, sino de un vastísimo conjunto de textos donde caben crónicas y artículos periodísticos, obras técnicas, libros destinados a la enseñanza, guías turísticas, catálogos y hasta guías de teléfonos. Por último: se trata del español actual, por lo que los textos seleccionados pertenecen a la segunda mitad de este siglo. No nos hallamos ante un diccionario normativo, como el académico, sino descriptivo y de uso. No proscribe ni recomienda nada. Se limita a recoger el léxico vivo que parece instalado en la lengua de hoy -figure o no en el Diccionario académico-, desechando aquellos usos de los que no hay constancia escrita en las últimas décadas, aunque la inercia lexicográfica los mantenga en los repertorios habituales. Y, además, señala los niveles o ámbitos en que el vocablo se utiliza: jergal, literario, popular, rural, etc. Alguna de estas indicaciones resulta un tanto problemática, como la referida al lenguaje juvenil, que suele poseer una vigencia limitadísima. No es arriesgado vaticinar que algunas formas recogidas aquí como "juveniles" dejarán de serlo dentro de muy poco tiempo.

Las definiciones son, en general, irreprochables, y basta confrontarlas con las de otros diccionarios para advertir la diferencia. Así, la Academia recoge como tercera acepción de desbaratar: "Referido a cosas inmateriales, cortar, impedir, estorbar". Tres aparentes sinónimos, uno de ellos un tanto forzado y otro no pertinente. En cambio, aquí se lee: "Frustrar (algo, esp[ecialmente] planes)". Cotejos como éste pueden hacerse a centenares y con parecidos resultados. En algún caso, la mejora es sólo parcial. El Diccionario académico afirma que el soneto está compuesto por versos endecasílabos -lo que no siempre es así- y el Diccionario del español... suprime la inexactitud. Pero respeta el resto de la caracterización académica al señalar que la estrofa está formada "por dos cuartetos y dos tercetos", cuando lo cierto es que en lugar de cuartetos puede haber serventesios.

La consulta de este magno Diccionario despierta admiración, y también deseos de colaborar, de añadir, de matizar. Así, la locución a medios pelos aparece respaldada por un texto de R. Carnicer, y puede dar la impresión de que se trata de un uso moderno. Pero ya se lee en el Padre Isla (Fray Gerundio de Campazas, IV, 3) y es frecuente en el siglo XIX (veáse, por ejemplo, Galdós, La de los tristes destinos, cap. II). Más bien parece un uso en franco retroceso, y acaso convendría indicarlo. Y lo mismo cabría decir del uso de cúyo interrogativo (‘¿de quién?’). Por otra parte, se recoge alerones ‘axilas’, pero no la locución -frecuentísima- "cantarle [a uno] los alerones", que figura, por ejemplo, en el Diario de un jubilado, de Delibes, al igual que otras formas no incorporadas aquí, como tortolearse. En la explicación de culo de vaso se omite toda referencia a las gafas de cristales gruesos. También falta abanico ‘cárcel’, que ignoro si continúa siendo forma viva entre delincuentes, pero que figura entre el abundante léxico jergal de La vida como es, de Zunzunegui. Y es extraña la ausencia de una locución tan frecuente como a tuti plen, que podría haberse documentado, por ejemplo, en la novela Aventuras de Manga Ranglan (1992), de E. Iglesias. La consulta de algunos títulos concretos hubiera proporcionado ejemplos vivos junto a otros que tal vez queden en creaciones únicas, como cocamen por ‘coco’ ("comernos el cocamen"), tonticie y putíbulo en la obra De carne y sexo, de á. Palomino. Naturalmente, el corpus de textos utilizados, que es ya extensísimo, deberá ampliarse con vistas a futuras ediciones. Junto a las obras arriba citadas, convendrá tener en cuenta, en el terreno estrictamente literario, las aportaciones de algunos narradores jóvenes muy atentos a los registros populares del habla, e incorporar tal vez obras como La parábola de Carmen la Reina, de M. Talens, A salto de mata, de J. A. Gabriel y Galán, algún título más de Luis Mateo Díez -alfabetizado erróneamente por Mateo- o el Léxico de la borrachera de G. Suárez Blanco. Pero la lista de adiciones posibles es una serie abierta y sin límite posible. Los lectores que hayan discurrido alguna vez por los intrincados vericuetos del léxico podrán apreciar muy bien cuánto esfuerzo callado, cuántos conocimientos y cuánto rigor hay detrás de estos nutridos volúmenes. Tal como se nos ofrece, este Diccionario del español actual no es sólo una obra utilísima; constituye un logro admirable que honra la lexicografía española y cuyos autores merecen la más cálida felicitación.