El escritor Calvo Poyato.

El escritor Calvo Poyato. EFE / Jesús Monroy

Historia

El fracaso de la Contra Armada: ignorado en España, ocultado en Inglaterra

José Calvo Poyato novela el más que recordado ataque fallido de las naves que Felipe II envió contra los ingleses, así como el menos contado desastre sufrido por la flota de Francis Drake frente a La Coruña y Lisboa.

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-Nosotros hemos sufrido, pero ellos también. Puede que tengan más muertos y estén también escasos de municiones.

-Nunca lo reconocerán.

-¿Cómo decís?

-Que jamás admitirán sus pérdidas, a diferencia de nosotros.

A bordo del galeón 'San Juan' discurre esta conversación entre un personaje real y otro ficticio. El primero es Lope de Vega, que aquel año de 1588 aún no es el 'Fénix de los ingenios', sino un soldado de la Grande y Felicísima Armada enviada por Felipe II para destronar a Isabel I de Inglaterra y devolver la isla a la obediencia al papa de Roma. El archiconocido fracaso de esta flota hizo que los ingleses, con sorna, la rebautizaran como Invencible, palabra que ha calado hondo en el lado español del relato.

El otro, fray Gaspar, un fraile dominico de oscuro pasado—ducho en el uso de la espada—, surge de la mente del historiador y escritor José Calvo Poyato, que lo ha convertido en uno de los múltiples protagonistas de El Imperio en la tormenta (Harper Collins).

La trama de esta novela arranca con los preparativos en Lisboa —parte de la Monarquía Hispánica desde que Felipe II heredara la Corona portuguesa en 1580— de esa Gran Armada, trabajos que se retrasarán porque cuesta encontrar allí a personal cualificado para aprestar los buques. Según explica Calvo Poyato a El Cultural, "un sector de las clases populares portuguesas veía con malos ojos que un castellano fuera su rey".

Portada de 'El imperio en la tormenta'.

Portada de 'El imperio en la tormenta'. Harper Collins.

Hubo que traer "gente de Castilla o de Vizcaya para esos trabajos", que no solo consistían en garantizar el buen estado de las naves, sino también "el abastecimiento, sin corromperse", de todo tipo de alimentos: "queso curado, hornear pan, bizcocho, galletas...". La logística sin la que no puede funcionar cualquier empresa militar.

El 11 de mayo de 1588 los primeros barcos de la Armada empezaron a descender por el Tajo hacia aguas abiertas del Atlántico. Al mando, el duque de Medina Sidonia, aristócrata elegido por el rey para sustituir a Álvaro de Bazán, fallecido por enfermedad el invierno anterior. Al contrario que Bazán, héroe de Lepanto, Medina Sidonia apenas tenía experiencia marítima. ¿Por qué fue elegido entonces para la empresa de Inglaterra?

"Por los esquemas mentales de la época. Bazán era marqués de Santa Cruz, un noble de la primera esfera. Felipe II contaba con marinos muy importantes, como Martínez de Recalde, Oquendo o Gómez de Medina, pero eran hidalgos. Para una armada de más de ciento treinta barcos y con cincuenta mil hombres, el rey entendía que debía entregar el mando a algún noble de primera línea".

Medina Sidonia escribió al soberano para advertirle de su falta de idoneidad para dirigir la flota, "un gesto de honradez extraordinario", al parecer de Calvo Poyato. No obstante, el monarca mantuvo su confianza en el duque, que seguirá "a rajatabla" sus instrucciones.

Antes de poner proa hacia la costa inglesa, la Gran Armada debía recoger en Flandes a los tercios de Alejandro Farnesio, soldados veteranos que, si ponían pie en la isla, supondrían una fuerza imparable camino de Londres. Ello explica la aseveración del corsario John Hawkins en el libro: "Si las tropas que tienen aguardando en Flandes no pueden ser embarcadas, habrán fracasado".

En el combate de Gravelinas, los ingleses lograron dispersar a la armada española lanzando contra ella —con el viento a su favor— brulotes, es decir, barcos cargados de material inflamable para incendiar las naves españolas. En ese enfrentamiento, los de Francis Drake hundieron un galeón español, mientras que otros tres encallaron en los bajíos del litoral flamenco. Después, su propaganda se encargaría de amplificar unas bajas españolas que entonces no habían sido numerosas.

El cañoneo a distancia entre ambas armadas había mermado las reservas españolas, sin opción de reabastecerse, al contrario que las inglesas, muy próximas a sus costas. "Hemos gastado cerca de cuatro mil quintales de pólvora de los cinco mil que se embarcaron", le informan al duque de Medina Sidonia. Así, el veedor concluyó: "Casi sin pólvora y municiones, entablar combate sería suicida".

Llegaba la hora de retornar a España, una larga singladura rodeando las Islas Británicas, ante el riesgo que suponía virar hacia un estrecho paso de Calais donde seguían esperando los ingleses. Fue en las costas de Irlanda donde los elementos —tempestades, corrientes— causaron los mayores estragos a la Gran Armada, con unos cuantos barcos naufragados o encallados al ser empujados por los vientos a tierra.

"El número de muertos y desaparecidos, en torno a los diez mil", responde Felipe II a uno de sus secretarios tras recibir informes de los navíos que consiguieron alcanzar Santander y La Coruña. De acuerdo con Calvo Poyato, "el número menor" de los buques que regresaron "habla de ochenta y siete, y el mayor, de ciento dos".

La guerra anglo-española, que había estallado en 1585, cuando mediante el Tratado de Nonsuch los ingleses se comprometieron a apoyar a los rebeldes holandeses contra la autoridad de Felipe II, no concluyó con este episodio de la motejada Invencible. Menos de un año más tarde, una Isabel I envalentonada por el magnificado éxito de sus marinos, armó una flota con el fin de destruir los barcos que se reparaban en Santander y saquear todo lo que pudiera hasta llegar a Lisboa.

Allí esperaba instaurar en el trono portugués a Antonio, prior de Crato, que había rechazado aceptar a Felipe II como monarca luso y prometido a la reina grandes ventajas si lo ayudaba a expulsar a los españoles. Esa Contra Armada inglesa, con Drake al frente de sus ciento noventa naves y John Norris al mando de la infantería embarcada, sería arrastrada lejos de la ruta a Santander —los elementos juegan contra todos—, por lo que desvió su rumbo a La Coruña.

De las intenciones inglesas ya estaba al tanto Felipe II gracias a sus espías en Londres. Una red de informadores que había tejido Bernardino de Mendoza mientras ejerció como embajador ante la corte de Isabel I. Expulsado por la Corona inglesa, y al frente ahora de la embajada en París, recibía en la capital francesa los informes de sus confidentes al otro lado del Canal de la Mancha y por correo cifrado los transmitía a El Escorial.

El 3 de mayo de 1589 la armada inglesa fue avistada desde Estaca de Bares. Pronto alcanzaría La Coruña, que quedaría totalmente rodeada al desembarcar los atacantes en el istmo que la une al continente mientras los barcos de Drake la bloqueaban por mar.

Entre los galeones de la Gran Armada refugiados en el puerto gallego estaba el 'San Juan'. Ese en el que el autor situó el citado diálogo entre fray Gaspar y Lope sobre la capacidad inglesa de engañarse a sí mismos. Este buque hizo frente a los atacantes, pero, ya maltrecho, fue abandonado en la bahía por los españoles. Los ingleses, ávidos de botín, enviaron varios bateles para que sus tripulantes lo saquearan a placer. Pero les esperaba una sorpresa.

"La mecha se había consumido y estallaba el primero de los barriles de pólvora, al que siguieron, uno tras otro, una docena más, colocados estratégicamente. Al tiempo que el 'San Juan' saltaba por los aires, los ingleses volaban despedazados", escribe Calvo Poyato.

El enemigo se lanzó entonces contra las murallas, que pretendieron derribar con minas. Pero la pericia de los defensores, que habían practicado terraplenes bajo los muros, logró que, al estallar las cargas, las piedras cayeran sobre los asaltantes.

Más adelante, los ingleses trepaban por el talud "a costa de sembrarlo de muertos". Cuando uno de sus oficiales alcanzaba la muralla demolida y se aprestaba a plantar su bandera, apareció una de las mujeres que transportaban la pólvora para los arcabuceros defensores. Su nombre: María Pita. Con una espada atravesó al inglés, cuyos compañeros, sorprendidos, empezaron a emprender la retirada.

Más de mil quinientos efectivos perdieron los británicos en su frustrado asalto a la ciudad. Tras otro fracaso al intentar avanzar hacia Santiago y las riquezas de su catedral, se reembarcaron y pusieron rumbo sur hacia Lisboa, donde les esperaba otra resistencia heroica y un nuevo desastre: las tropas de Norris, desembarcadas en Peniche, al norte de Lisboa, no recibieron el apoyo que esperaban del pueblo portugués y fueron rechazadas por las tropas españolas. Mientras, Drake ni se atrevió a penetrar con sus barcos por el estuario del Tajo hasta la ciudad.

Reembarcados los soldados de Norris, lo que quedaba de la flota inglesa, diezmada por las enfermedades, huyó hacia el norte, hostigada por las galeras de Alonso de Bazán, hermano del fallecido don Álvaro.

"No sabemos cuántos barcos ingleses regresaron", señala Calvo Poyato. "Sí que en Plymouth embarcaron 28.500 soldados y regresaron 3.500. Fue un desastre absoluto, pero lo ocultaron. Es llamativo que los historiadores españoles no pusieran énfasis en la Contra Armada y el desastre que supuso para Inglaterra".

Por supuesto, en nuestro país es poco conocido que la guerra duró hasta 1604, cuando se firmó el Tratado de Londres, por el que los ingleses "renuncian a atacar flotas españolas y abandonan a los holandeses" y "permitieron la entrada de los barcos españoles en el Canal de la Mancha". "España siguió siendo la dueña de los océanos unas décadas más", subraya el historiador y escritor.

Calvo Poyato cita dos obras llamadas Historia general de España. La primera, de 1591, la publicó el padre Juan de Mariana. La segunda, de Modesto Lafuente, data de las décadas de 1850-1860. "Pasaron casi tres siglos sin que ningún historiador español escribiera una historia general de España". Esa carencia facilitó que el relato inglés haya "calado en el imaginario colectivo español".