Vladimir Ashkenazy. Foto: Keith Saunders

La batuta eléctrica del director de origen ruso se pone al frente de la Orquesta Nacional este fin de semana para dirigir la Octava sinfonía de Shostakovich y el Concierto para violín n°1 de Bruch. En este último, contará con Pinchas Zukerman.

El viernes, sábado y domingo (26, 27 y 28) vuelve al podio de la Orquesta Nacional Vladimir Ashkenazy (Gorki, 1937), ilustre pianista en tiempos, uno de los más importantes entre los años sesenta y noventa, que fue dejando poco a poco el teclado en beneficio de la dirección, actividad en la que se muestra igualmente brioso, apasionado, eléctrico y temperamental. Su nerviosa actitud, potenciada por movimientos un tanto espasmódicos, contagia comúnmente a las formaciones que preside desde su corta estatura y su batuta flamígera.



Ashkenazy ofrece por lo común interpretaciones que suelen tener un toque de raro fulgor y atraen, como atraían aquellas que, con sus brazos cortos, brindaba desde el piano. Sus modos directoriales, los pies bien plantados en compás abierto, la corta batuta blandida con movimientos rápidos y fustigantes, la expresión ávida se trasladan cargados de tensión a la orquesta, que, con independencia de las posibles bondades de la planificación o la justeza de los tempi, se siente atrapada en una suerte de vorágine. Aunque no siempre es oro todo lo que reluce, pues es frecuente que, llevado de su fiebre, el artista descuide en ocasiones factores relacionados con la estructuración general, la transparencia de texturas y el cuidado de los timbres.



Recordamos alguna visita suya con Ibermúsica y, en septiembre de 2015, la última que realizó a la Nacional, en la que ofreció una vehemente Octava sinfonía de Dvorák. No hay duda de que, conocidos sus modos, aplicará el mismo fuego a la obra base de su nuevo programa, la Sinfonía n° 8 de Shostakovich, partitura enjundiosa, sombría en sus tres primeros movimientos, envueltos en una enigmática poesía, que indudablemente tiene que ver con la desaparición de Stalin, ocurrida casi coetáneamente, vista desde otra óptica a lo largo de la danza desenfrenada del Allegro conclusivo. Es muy importante el uso que el compositor da a la secuencia DSCH (re, mi bemol, do, si), constituida por las iniciales del nombre y apellidos del músico.



Buena piedra de toque por tanto para que la batuta de Ashkenazy se lance a fondo y trate de extraer toda la dinamita necesaria a la ONE, que deberá plegarse previamente al lirismo del conocido Concierto para violín número 1 de Max Bruch, que aquí será servido por el maravilloso Guarnerius del Gesù bautizado como Dushkin, propiedad del violinista israelí Pinchas Zukerman (1948). La belleza tímbrica, el sentido de la frase, el legato, la densidad expresiva suelen refulgir en el arte de este músico, que desde 1971 decidió también, cuando era asimismo un excepcional tañedor de viola, pasarse al podio. Su infalible olfato para la planificación y el control del ritmo, sin duda consecuencias de su paso por la Juilliard School, su manera de respirar con la orquesta, lo han facultado para erigirse en un singular maestro, que podrá exprimir la belleza melódica, de tan peligroso almíbar romántico, del Adagio con la sobriedad que le es propia.



Zukerman es un artista de raza, cuyo temperamento puede casar estupendamente con Ashkenazy. Recordamos una anécdota reveladora de su talante. Ocurrió en una de sus primeras visitas a Madrid. En pleno fragor del Concierto de Brahms y, de pronto, salta una cuerda del instrumento solista. Sin perder un segundo, sin dejar de ir acompasado, Zukerman arrancó casi violentamente el violín de las manos del concertino, en aquella época Luis Antón, y siguió tocando espléndidamente. Eso se llama reflejos y profesionalidad. El intercambio se produjo sobre la marcha una vez que Antón colocó de nuevo la cuerda en su sitio.