Image: El fin de un ciclo

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Música

El fin de un ciclo

El Liceo culmina la "Tetralogía" de Kupfer con "Sigfried" y "El ocaso de los dioses".

13 mayo, 2004 02:00

Foto: M. Rittershaus

El Teatro del Liceo apostó por exhibir la Tetralogía de Wagner en el montaje que llevó a cabo Harry Kupfer para la Staatsoper de Berlín. Llega ahora a su fin con Sigfried y El ocaso de los dioses.

Como se sabe, la Tetralogía del Liceo, de la que ahora, a partir del domingo, se ofrecen los dos últimos títulos, es una producción que viene de la Staatsoper de Berlín (la que dirige Daniel Barenboim), en la que el imaginativo y conceptualista Harry Kupfer ha depositado buena parte de sus conocimientos, bien estilizados a lo largo del tiempo, para ofrecer un espectáculo interesante, en algunos aspectos revelador, que no ha terminado de convencer en Berlín y que no ha calado del todo en el público barcelonés. Descansa en unos magníficos decorados de Hans Savernoch.

Para partes de la mayor relevancia no es posible contar con voces de auténtica entidad; que, por otro lado, hoy escasean e incluso faltan. En el Viandante -en Siegfried solamente- está previsto Falk Struckmann, que, sin poseer un instrumento idóneo, tiene, al menos, caudal, volumen y un tinte convenientemente penumbroso. Es, además, artista cumplidor y expresivo. Peor están las cosas para vestir a su hija dilecta, que será encarnada por la esforzada Deborah Polaski, una voz robusta y aguerrida, pero de poco atractivo tímbrico, provista de un vibrato muy acusado, algo al parecer inevitable en este tipo de voces que nos vienen de América. Peor están las cosas para Siegfried, que requiere un tenor heroico, valiente, de metal penetrante en el agudo. Ni el inglés John Treleaven ni el canadiense Alan Woodrow -que fracasó en Madrid en Ocaso- poseen las condiciones. Ambos son tenores cincuentones de origen muy lírico, que cantaban Pedrillos y cosas así y que la lógica evolución ha ido conduciendo a partes de mayor entraña dramática. Pero sin ser realmente dramáticos, a lo más unos entusiastas líricos más o menos plenos que se desgañitan para otorgar la autoridad solicitada en un hueso duro de roer como es Siegfried; tanto el de la ópera así llamada como el de Gütterdämmerung piden anchurosas y mantenidas frases, soliloquios mantenidos que han de combinar con instantes de un lirismo encendido y abrasador.

Mejor servidos estarán otros papeles, como el de Alberich, por el experto y resultón Gönter von Kanen, y el de Hagen, por el sombrío y compacto Eric Halfvarson y, en particular, Matti Salminen, quizá el mejor bajo wagneriano de la actualidad, por potencia, densidad, color y arte de canto. Halfvarson será también un adecuado Fafner. Debe apuntarse también la participación de la portuguesa Elisabete Matos como Gutruna, una parte en la que puede dar lo mejor de sí misma.

El sobrevalorado Bertrand de Billy dirigirá con su soltura habitual. Hay que confiar en que, además, logre establecer una gradación de colores y atemperar el factor agógico en estas dos ópera tan complicadas. Se ofrecen dos funciones populares -con algunos cambios de reparto- de cada una de ellas.