La semiópera barroca de Henry Purcell The Fairy Queen, de 1692, ya ha sido escuchada más de una vez en diversos puntos de nuestro país y siempre con agrado. La inventiva del compositor de la más famosa Dido y Eneas, una ópera verdaderamente dicha, no conocía límites. Esta reina de las hadas entra en ese difuso territorio de las llamadas mascarades. En ella Purcell adaptó a su modo partes de El sueño de una noche de verano de Shakespeare.



Son apuntes, momentos sin una expresa ilación que van engarzados en una progresión que es dramáticamente estática pero que da lugar a una auténtica exhibición vocal e instrumental. Se emplea mucho material de signo popular brillantemente orquestado y sujeto a los cánones más puros del mejor canto. Contrapuntos, fugati, solos del más diverso signo, proveen abundante lucimiento.

El original fue no poco alterado y puesto al día (tenía ya un siglo), además de cortado, ya que era preciso hacer sitio a las escenas musicales. Como en la comedia, se superponen en la narración tres historias diferentes: la que concierne a las dos parejas de jóvenes; la cómica que afecta a los actores aficionados y la que contempla el conflicto entre Oberon y Titania, que se desenvuelve en clave mágica y que

nutre fundamentalmente a la acción.

La partitura deja libertad a los intérpretes, algo habitual en la época, tanto en lo instrumental como en lo vocal



La partitura deja amplia libertad a los intérpretes, algo habitual en la época, tanto en lo que respecta al capítulo instrumental como al vocal y es una buena base para comprobar una vez más la importancia que tuvo el músico a la hora de fijar una normativa en relación con el manejo del idioma inglés.



Fue él quien completó lo que John Merbecke había comenzado cien años antes del nacimiento del autor de Dido y Eneas respecto a intentar expresar los valores silábicos del idioma en un casi mensurable canto llano. Ese modo declamatorio, emparentado con el secco italiano, alcanza en el músico inglés la máxima dimensión cuando es cantado en tempo estricto.

Todo ello lo tiene muy estudiado Dani Espasa, clavecinista y director, que estará al frente de esta representación del 22 de julio en el Festival de Peralada con la formación de los magníficos músicos de Vespres d’Arnadí como base instrumental y una serie de buenas voces, entre ellas las del siempre inquieto y versátil contratenor Xavier Sabata, que ha de lucir de nuevo su oscuro timbre de mezzo. Junto a él, un equipo experto en estas lides: las sopranos Ana Quintans y Judith van Wanroij, el tenor Thomas Walker y el bajo Nicolas Brooymans. Hay que sumar los nombres de los bailarines Mar Gómez y Xavi Martínez.



La producción viene firmada por el siempre imaginativo y resuelto Joan Anton Rechi, que se acompaña de colaboradores muy relevantes y que nos propone soñar despiertos pero con los pies en la tierra: estamos ante un cuento de hadas, un sueño que es a la vez un homenaje a la ópera y al teatro. Interesante propuesta sin duda.