Eusebio Poncela e Igor Yebra en un momento de la obra

Carlota Ferrer dirige en los Teatros del Canal Esto no es La casa de Bernarda Alba, una vanguardista versión del clásico, firmada por José Manuel Mora y con un elenco conformado en su mayoría por hombres, que resalta los aspectos más feministas del drama lorquiano.

"Feminismo significa igualdad entre hombres y mujeres, no significa otra cosa", defiende categórica la actriz y directora Carlota Ferrer, que esta tarde estrena en los Teatros del Canal Esto no es La casa de Bernarda Alba, una personal y vanguardista versión del drama lorquiano, firmada por José Manuel Mora, que profundiza en los aspectos clave de reconocimiento y defensa de los derechos de la mujer y de crítica de esta realidad social presentes en la tragedia del poeta. "La obra ya contiene esta crítica, porque la injusticia provocada por el machismo es algo institucionalizado y normal desde siempre. Lorca escribió esta obra en el 36, pero es que ya Cervantes escribía sobre el tema y daba voz a las mujeres en el XVII", recuerda la directora. "Es un trabajo muy lento, llevamos siglos, pero parece que no avanza más, hay como un miedo a poner cuotas y medidas, ya que parece discriminatorio para el hombre, pero el único objetivo es lograr una igualdad que a día de hoy no existe".



Es por eso que Ferrer se muestra un poco molesta con que, de un espectáculo que combina teatro, imagen, poesía, música y danza, y que muestra la trastienda del caserón andaluz de una forma reivindicativa, poniendo en boca de los hombres los anhelos y frustraciones de las mujeres protagonistas, lo más resaltado en todas partes, lo que ha atraído la atención de los medios, haya sido que el reparto esté conformado casi en su totalidad por actores masculinos. "Si hablamos de igualdad no debería importar que el texto lo interprete un actor o una actriz porque lo que importa es el contenido, las palabras. Que su emisión sea por parte de un hombre o una mujer no debería ser nada raro ni que nos distancie", opina la directora.



Según Ferrer, que lo que más se destaque de su montaje sea el reparto masculino (encabezado por Eusebio Poncela, en la piel de Bernarda Alba, y conformado por Igor Yebra, Óscar de la Fuente, Jaime Lorente, David Luque, Guillermo Wickert, Arturo Parrilla y Diego Garrido, acompañados de una sola actriz, Julia de Castro, que interpreta a Pepe el Romano), "es síntoma de que el machismo es un problema irresuelto". Algo que considera inconcebible, porque "ya en la época de Shakespeare, aunque fuera por prohibición, se hacía. No deberíamos estar tan apegados a los roles de género, y menos en el teatro, porque los actores son intérpretes totales que abordan cualquier materia", insiste, valorando que el hecho de que el conflicto conduzca a la reflexión ya es positivo e interesante.



Víctimas y verdugos

Abundando en las cuestiones de género, núcleo central de la obra, la relectura contemporánea que ha llevado a cabo el tándem Ferrer-Mora indaga en la opresión y en el silencio cómplice, dos elementos clave de la represión que encarna la matriarca protagonista, que los proyecta sobre el resto de personajes. "Casi todos los personajes de esta obra tienden al arquetipo, porque los utiliza para contar determinadas cosas y no sufren un desarrollo psicológico", explica Ferrer. "Sin embargo, Lorca plantea claramente en el texto una dicotomía de víctimas y verdugos, porque ninguna de las mujeres es un alma caritativa. De la opresión que sufren nacen la envidia y el miedo, que generan comportamientos bastante oscuros, como nos sucede a todos en la vida, que nos manejamos entre la oscuridad y la claridad".



En ese sentido, dramaturgo y directora han tratado de "sacar a Bernarda de ese arquetipo de maldad, hemos querido entender que es una víctima también, que para sobrevivir en una sociedad heteropatriarcal con convicciones morales religiosas y políticas tan fuertes, ella encarna este rol de verdugo hasta sus últimas consecuencias. En el momento en que sus hijas, sobre las que descarga ese papel patriarcal para protegerlas de los hombres, le desobedecen, se convierten en enemigas". Por ello la matriarca encarnada por Poncela se sitúa en el patio de butacas, entre el público, "para demostrar que Bernarda está en la sociedad, que somos todos. Todos hemos sentido la opresión en algún momento y todos hemos sido verdugos alguna vez", incide Ferrer.



Un momento de las ensayos de Esto no es La casa de Bernarda Alba. Foto: Alba Pujol

Revitalizando los clásicos

Decía Mora hace unas semanas a El Cultural, en un reportaje con motivo del boom lorquiano que azota nuestras tablas, que una de las intenciones de este texto era revitalizar a Lorca y hacer revivir su texto en la actualidad. "Lorca es un titán del teatro y, en cierta forma, eso puede ser el beso de la muerte, ya que se vuelve fácil verlo como a uno más de esos autores canónicos en tonos sepia. Convertir a alguien en icono supone el riesgo de transformarlo en una abstracción y las abstracciones son incapaces de generar una comunicación vital con la gente viva". Sin embargo, a pesar de la advertencia del título, la visión de la obra ha levantado ciertas ampollas entre los pretendidos puristas, como ya ocurrió recientemente con el montaje de Bodas de sangre de Pablo Messiez.



"Hay una confusión con el teatro de representación porque los espectadores quieren ir a ver lo que han leído interpretado tal cual", opina Ferrer. "Y desde que apareció la figura del director, a principios de siglo, ese discurso está desfasado". Para la directora, lo interesante del teatro actual es ver cómo cada director ofrece su versión, "al igual que ha ocurrido con los tres Vanias de esta temporada, ver como esa maravillosa obra de Chéjov revive a través de las distintas miradas". Por eso su versión de Lorca nace de la visión de "una mujer de 40 años que tengo, con mis referentes artísticos, mi formación y mi biografía detrás. Y como yo vivo en el siglo XXI mi visión ha de ser la del siglo XXI".



Pieza de museo

La ambición última de la directora, algo que ya parece haber logrado antes incluso de subir la obra a las tablas, "es generar debate. Yo no estoy aquí para resolver incógnitas, ojalá. Como creadores pensamos que hay que lanzar las preguntas, porque no tenemos las respuestas y quizá nunca las tengamos, pero mientras nos estemos cuestionando estos temas hay posibilidad de cambio", resume Ferrer, que va más allá asegurando que lo que más le gustaría es "que la obra no tuviera sentido, que no fuera necesario representar La casa de Bernarda Alba, y que nos quedara como una pieza museística que reflejara unas costumbres antiguas y en desuso".



De hecho, esta es la pretensión que refleja el montaje de la obra, que además de incluir música y danza, una de las señas de identidad de la directora y "la mejor manera de plasmar y acompañar la palabra de Federico", plantea una cuestión estética que para Ferrer se transforma en discurso político y reivindicativo. "Enmarco la obra en unas paredes blancas y una habitación blanquísima, como la define Federico, pero que realmente es un museo donde a través del arte, que es la propia obra, se pone en cuestión la condición humana".



Incluso va más allá. "Hay una escena de la obra que me llama mucho la atención y no recuerdo verla en montajes previos". Ferrer se refiere a una lapidación a una mujer que ha tenido un hijo de padre desconocido y para ocultar su vergüenza lo mata. Después, es arrastrada por el pueblo y Bernarda y las hijas, menos Adela, van a apedrearla. "He visto necesario incluir un video de una lapidación real porque es algo de lo que oímos hablar pero que nos queda muy lejos, y no tenemos realmente consciencia de cuantas mujeres están muriendo en el mundo por ejercer su libertad ante las prohibiciones morales de cada sociedad", explica. Una moral y mentalidad social que, poco a poco, con ayuda de montajes como este, es posible moldear.