Fernando León de Aranoa (Madrid, 1968), después de dos proyectos internacionales como Un día perfecto (2015) y Loving Pablo (2017), vuelve a rodar en español en El buen patrón, filme que recibió grandes elogios en San Sebastián. Como ya hiciera en 2002 en Los lunes al sol, el director se adentra en los pormenores del mercado laboral pero recurriendo ahora a un tono satírico que insufla nuevas energías a su cine. El protagonista es Blanco, interpretado por un sublime Javier Bardem, el dueño de una fábrica de balanzas industriales que cruzará todas las líneas éticas en la relación con sus subordinados para lograr un premio local a la Excelencia Empresarial. La película, que apunta a ser una de las triunfadoras de los Goya, ha sido seleccionada por la Academia de Cine para representar a España en los premios Óscar. “Lo valoro mucho porque es una decisión que parte del criterio de los compañeros de profesión, que son los que conocen la dificultad de sacar un proyecto cinematográfico adelante”, explica León de Aranoa. “Además, es un espaldarazo importante para la película, tanto a nivel nacional como internacional. Estoy muy orgulloso del trabajo hecho por todos los departamentos y por todos los intérpretes, con Javier Bardem a la cabeza, y muy confiado en las posibilidades que tenemos”.

“Me gusta mucho todo el cine español e italiano de los años 50 y 60. Son películas con sentido crítico, afiladas y penetrantes”

Pregunta. El buen patrón guarda similitudes con Los lunes al sol y, además, ambas comparten actor protagonista. ¿La ha tenido presente en el desarrollo de esta historia?

Respuesta. Sí, me daba cuenta de que existían conexiones entre una y otra en el sentido narrativo y estructural. Ambas son películas más o menos corales, que cuentan con un buen grupo de personajes con importancia. Y los protagonistas, que son carismáticos y habilidosos, de alguna manera se definen a través de ellos. Pero aquí Bardem interpreta a un empresario que podría ser la némesis del trabajador sin empleo que afrontó en Los lunes al sol.

P. Más allá de esto, son películas muy alejadas entre sí…

R. Difieren en el ángulo, en la manera de contar la historia, en el tono. Aquí me sentía con más ganas y más capaz de valerme del sentido del humor, acercándome a la sátira, porque pensaba que era la mejor herramienta para adentrarme en las relaciones laborales. En realidad, tengo una tendencia a la comicidad muy marcada que siempre he tenido que frenar. Sin embargo, he dejado que ese humor un poco descarnado y negro tiñera todo el filme. En ese sentido, creo que El buen patrón está más cerca de Familia, que tenía algo de sátira sobre la institución familiar.

P. ¿Ha tenido que hacer equilibrismo para encontrar ese tono nuevo en su filmografía?

R. Sí, era el mayor riesgo. De hecho, cuando escribía para otros directores mi mayor problema con el resultado nunca era que desapareciera una escena o que cambiaran un diálogo sino el tono, que es algo muy sutil, casi inasible. Lo vas construyendo en colaboración con los actores, con el equipo en el rodaje, con el montador, casi hasta el último paso de la película. La referencia para mí siempre es la película que imaginé en mi cabeza y nos hemos acercado mucho.

La soledad del parado

P. Frente al protagonista de El buen patrón encontramos a ese hombre que acampa frente a las instalaciones de la empresa porque ha sido despedido. ¿Qué nos revela su situación de la actual clase trabajadora?

R. La solidaridad es un concepto en desuso en el medio laboral. Ya no existe la idea del trabajo como un bien común que hay que defender entre todos. Esa idea sí existía en Los lunes al sol, hace dos décadas, porque aquellos personajes todavía compartían la identidad de la clase trabajadora, que se manifestaba como un salvavidas tanto en lo inmediato como en lo íntimo. Ahora no hay una fuerza sindical que ampare a este personaje.

P. ¿Quería que no hubiera ni héroes ni villanos, que empatizáramos con Blanco?

R. Blanco conecta con la picaresca, es un personaje hábil, manipulador, que sabe caer de pie cuando las cosas se ponen difíciles. Es un personaje que está muy enraizado en nuestra tradición cultural y que siempre ha gozado de nuestra simpatía, incluso cuando lo que hace ese pícaro no nos parece bien. En un momento dado, el personaje era imparable para mí mismo, solo tenía que seguirlo a través de las páginas del documento. Ese es un momento muy dulce de la escritura del guión. Por otro lado, tenía la intención de que el espectador se pudiera reconocer en él, en el intento de que las cosas vayan bien en su negocio para que a medida que avanza la película te preguntes: ‘qué hago yo con este tío aquí’. La intención es proporcionar al espectador una experiencia.

Javier Bardem en un momento del filme. Foto: Fernando Marrero

P. ¿Qué le llevó a ambientar el filme en el mundo de las balanzas industriales?

R. Tenía a favor que es una industria que juega con la idea de equilibrio, de justicia, de equidad… Son palabras que tienen mucho que ver con el entorno laboral y con la relación entre trabajadores y jefes. Desde el principio pensé que me regalaría buenos momentos, buenas líneas de diálogo y buenas imágenes. Por ejemplo, esa báscula antigua en la fachada de la fábrica que está torcida, descompensada hacia un lado, lo que es nefasto para las intenciones del buen patrón.

P. Más de un crítico ha visto la sombra de Berlanga en este filme.

R. Es una sombra maravillosa, a la que se cobija uno encantado, pero no lo tenía en la cabeza. Todo el cine de los años 50 y 60 de España, como las películas que escribía Azcona o dirigía Berlanga, o la comedia social italiana de directores como Ettore Scola, me gusta mucho porque son películas con sentido crítico, afiladas y penetrantes, que hablan de cosas que nos caen cerca a todos con humor, ternura y una mirada compasiva hacia sus personajes. Estoy seguro de que estaban latiendo en mi interior y ayudándome a la hora de escribir. Su influencia es inevitable.

P. ¿Qué ideas vertebran la puesta en escena?

R. Siempre imaginé un filme muy pegado al protagonista, donde cada día que pasa las cosas se le van escapando de las manos más y más. Y quería que la cámara mostrara ese desequilibrio, que la imagen fuera cada vez más inestable y que la película fuera perdiendo su eje. De hecho, acabamos rodando cámara en mano las últimas escenas. Otro reto fue el trabajo de arte, ya que el equipo de César Macarrón hizo una labor formidable para convertir una fábrica vacía en un lugar real en el que podía rodar en cualquier dirección.

@JavierYusteTosi