El cine sobre la Guerra Civil nos conmueve, nos agita, nos sorprende, nos entristece, nos enardece y podría parecer que, por encima de todo, nos repele. Da la impresión de que cuñados, vecinos, madres o amigos escudriñan incesantemente la cartelera con la esperanza de que algún estreno les permita exclamar a los cuatro vientos algo como ‘¡Oh, no, otra película sobre la Guerra Civil!’, como si el cine español se dedicara en exclusiva a retratar el conflicto fratricida que arrancó en el 36 con la sublevación militar contra la República y que trajo cuarenta años de dictadura. Pero la realidad es bien distinta a ese cliché.

En los últimos tiempos resulta difícil encontrar ficciones ambientadas en esta época. Los títulos más destacados en lo que llevamos de década serían Incierta Gloria (Agustí Villaronga, 2017), Gernika (Koldo Serra, 2016), La mula (Michael Radford, 2013), Encontrarás dragones (Roland Joffé, 2011), La voz dormida (Benito Zambrano, 2011), Pájaros de Papel (Emilio Aragón, 2010) y Pa negre (Agustí Villaronga, 2010). En total, contando con títulos más minoritarios, se han estrenado 17 películas de ficción sobre la Guerra Civil entre 2010 y 2018, ambos incluidos. Si tenemos en cuenta que en ese periodo de tiempo la industria española ha presentado 2.044 películas, según datos del ICAA, podemos concluir que, más bien, se hacen muy pocas ficciones sobre la contienda. “Es curioso que haya esa percepción social”, comenta el cineasta Jon Garaño (San Sebastián, 1974). “Todavía hay muchas historias sobre la Guerra Civil que se pueden y se deben contar”.

Dos de esas historias inéditas compiten en la sección oficial del Festival de San Sebastián, que arranca este viernes. Por un lado, La trinchera infinita, la nueva película de Garaño, dirigida a seis manos con sus socios habituales Jose Mari Goenaga y Aitor Arregi –los tres estaban detrás del éxito de Loreak (2014) y Handia (2017)–, narra la historia de Higinio Blanco (Antonio de la Torre), un hombre que se escondió en su casa al principio del conflicto por miedo a las represalias de los sublevados y que permaneció treinta años sin salir a la calle. Por otro lado, Mientras dure la guerra, la esperada nueva entrega de Alejandro Amenábar, viaja a los primeros meses de la contienda para seguir los pasos de Miguel de Unamuno (Karra Elejalde) desde el apoyo inicial a los sublevados hasta su enfrentamiento con Millán-Astray en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca, en el que profirió la célebre sentencia “Venceréis, pero no convenceréis”. Si a estos dos contrincantes por la Concha de Oro les sumamos Longa noite, un retrato plagado de claroscuros sobre las consecuencias inmediatas de la Guerra Civil en Galicia, dirigido por Eloy Enciso y presentado en el festival de Locarno, y Sordo, un wéstern de Alfonso Cortés-Cavanillas que narra una operación de reconquista de España por parte de los maquis en 1944, nos encontramos con la cosecha de cine sobre la Guerra Civil más extensa en años.

"Siento que mi película habla más del presente que del pasado y que actúa como catarsis”. Alejandro Amenábar

Sin embargo, ¿cuál es el motivo para que ese cliché sobre el cine español esté tan asentado? “Existen heridas que todavía no se han cerrado y eso es algo que se respira en el ambiente cuando tratas de hacer una película sobre la Guerra Civil”, explica Amenábar (Santiago de Chile, 1972). “Realmente no creo que se hagan en España muchas películas sobre este tema y sí, por ejemplo, un montón de comedias. Quizá el problema es el posicionamiento concreto que han adoptado algunos filmes que se han hecho sobre el conflicto”. Algo en lo que incide Jose Mari Goenaga (Villafranca de Ordicia, 1976): “Este tópico sobre el cine español está ligado a la idea de que en la industria somos unos rojos, unos progres que hacemos nuestras películas desde esa posición concreta. Existe mucho prejuicio al respecto porque ya desde antes de que alguien vea la película aparecen opiniones contrarias a la misma, algo que no creo que pase en el mundo editorial”.

Sin ir más lejos, la Plataforma Patriótica Millán-Astray, una asociación de Veteranos Legionarios y Simpatizantes, denunciaba recientemente en un comunicado las “mentiras, odio, engaños y prejuicios” que vierte Mientras dure la guerra sobre la figura del militar y apuntaba a las “suculentas” subvenciones públicas (1.400.000 euros) con las que cuenta la película. Lo curioso es que el comunicado se lanzaba tras el lanzamiento del tráiler y a meses vista del estreno, por lo que difícilmente podían valorar el retrato que el director elabora de Millán-Astray.

“Si vieran la película quizá se quedarían asombrados de que el personaje no es ni blanco ni negro, sino que tiene aristas”, opina el director de Mar adentro (2004). “Cuando haces una película de esta naturaleza, es inevitable que te venga a la cabeza la pregunta de qué necesidad tengo yo de meterme en este ‘embolado’, ya que tocas temas muy sensibles y al final acabas metiendo el dedo en la llaga en algún momento. Hacer un filme como este es un acto de fe”. “Desde luego, nosotros no hemos querido hacer ninguna propaganda”, asegura Goenaga sobre La trinchera infinita. “Lo que hemos intentado es reflexionar sobre cuestiones que van más allá, como el miedo o la condición humana. Pero sin darle la espalda al conflicto y sin maquillar las cosas”.

Las dos españas

Algo parecido es lo que ha querido hacer Amenábar en Mientras dure la guerra, cuya escena central pone a discutir apasionadamente a Unamuno con su ex alumno y profesor de Universidad Salvador Vila (Carlos Serrano-Clark), como representación de las dos Españas. “Es una escena que me parece que resume muy bien la película y en la que queríamos dar argumentos coherentes y sólidos a uno y a otro”, asegura el cineasta. “Pero el hecho de que aleje la cámara y suba la música en ese momento no quiere decir ni mucho menos que yo me sienta equidistante. Creo que a veces se nos olvida que para que una sociedad sea democrática es necesario que exista el que se posiciona frente a ti. Si todos pensáramos y votáramos lo mismo, estaríamos en un estado totalitario. Esa voluntad de entender al diferente es lo que marca el espíritu de la película y de la secuencia”.

“Existe la idea de que somos unos rojos que abordamos la guerra civil desde esa posición”. Jose Mari Goenaga

Desde la función propagandística de las obras rodadas durante el conflicto y en los años del franquismo al revisionismo y la militancia de los filmes de los años posteriores a la Transición, el cine español ha utilizado casi siempre la Guerra Civil para hablar del presente. En un momento en el que la extrema derecha ha vuelto a resurgir, parece inevitable que los directores vuelquen ahora su mirada sobre el pasado más lúgubre de nuestra historia. “Siempre tienes el objetivo de que lo que estás contando apele al espectador de hoy aunque haya ocurrido hace 70 u 80 años”, opina Aitor Arregui (Oñati, 1977). “Y durante el proceso, sobre todo en la prepoducción y en la sala de montaje, nos íbamos dando cuenta de que nuestra película, si la narrábamos de la manera adecuada, también conecta con muchas de las preguntas, de los debates y de las inquietudes de las personas de nuestro presente”. Y continúa Goenaga: “Mientras rodábamos, veíamos en las noticias temas como el auge de la extrema derecha o la polémica sobre los restos de Franco, que son cosas que de alguna manera enlazan con lo que estábamos contando. El propio título de La trinchera infinita no solo tiene que ver con la peripecia de nuestro protagonista sino que hace referencia también a esos conflictos que en cierta manera nunca acaban o que se van trasformando”.

Karra Elejalde es Unamuno en 'Mientras dure la guerra'

Amenábar asegura que la necesidad imperiosa que sintió de rodar Mientras dure la guerra tiene que ver con la situación política actual. “Si rascas un poco, te das cuenta de que en aquella época hablaban de las mismas cosas que nosotros. Por ejemplo, Unamuno se opuso al estatuto de Cataluña o a la dictadura de Stalin, al igual que hoy podríamos renegar de la dictadura de Maduro”, explica. “Siento que de alguna manera esta película habla más del presente que del pasado y que actúa como catarsis para un espectador contemporáneo”.

Exprimir el dinero

En cualquier caso, el viaje a la Guerra Civil no solo depende de los directores y guionistas, también de que existan productores valientes que no teman a los boicots y a las protestas y que estén dispuestos a sacar adelante historias normalmente costosas por requerir una ambientación de época. “Sin duda el dinero es el mayor problema para recrear una época”, opina Amenábar. “Rodar siempre es una operación de alto riesgo, pero mucho más si te trasladas a otra época y quieres hacer las cosas bien. Por ejemplo, queríamos que la Plaza Mayor de Salamanca apareciera ajardina como estaba en 1936. Pero cada detalle que sumas, supone un coste. Por eso, para mí es importantísimo intentar exprimir el dinero al máximo”.

“Este conflicto”, responde Goenaga, “da cabida tanto a películas más épicas como a otras más intimistas. Puedes estar en la Guerra Civil y no salir de un agujero, que era lo que queríamos hacer nosotros en La trinchera infinita. En ese sentido no tiene por qué ser una película cara”. Y concluye Arregi: “Si una productora, un director o un guionista está convencido de que hay una buena historia que contar, la época en la que transcurra se va a convertir en algo completamente secundario y seguro que se lanzara sin red a hacerla”. Todavía quedan miles de historias que contar sobre la Guerra Civil. Mientras algún cineasta se decide a rodarlas, en San Sebastían resuena el drama de este episodio trágico de nuestra historia.

@JavierYusteTosi