Imagen de la película Tomorrow and Thereafter, de Noémie Lvovsky

Denis Côté, Wang Bing, Serge Bozon, John Carrol Lynch, Travis Wilkerson y la película perdida de Raúl Ruiz y participan en la 70.ª edición del festival, que arranca este miércoles. Locarno es un festival guiado, esencialmente, por dos ejes: el público y los autores, y se concibe como un espacio horizontal y abierto.

Ni está en Italia ni es un recién llegado: el festival de Locarno, que hoy arranca su 70 edición, se celebra en un pequeño pueblo del cantón de Ticino, en la suiza italiana, a orillas del lago Maggiore, muy cerca de la frontera con Italia, en un lugar en el que aparentemente, nunca pasa nada. Sin embargo, desde hace setenta años, se celebra allí una de las citas cinéfilas-cinematográficas más importantes del panorama mundial, y para celebrar sus siete décadas de vida, ha preparado una edición con la que renueva el difícil equilibrio entre tradición y vanguardia que le ha caracterizado desde siempre. ¿Qué hace distinto, quizás especial, al Festival de Locarno? Visto desde dentro (quien esto escribe, hay que decirlo, forma parte del equipo de programación), lo más llamativo es la especial atención que el festival presta a los autores y las películas, independientemente de su tamaño, origen, o duración; Locarno es un festival guiado, esencialmente, por dos ejes: el público y los autores, y se concibe como un espacio horizontal y abierto (la presencia de la alfombra roja es casi testimonial) en el que las películas, sus autores, y el público pueden encontrarse y dialogar.



Desde fuera, lo más llamativo son las proyecciones nocturnas en la Piazza Grande, una suerte de calle serpenteante que congrega cada noche a unas 8.000 personas frente a una pantalla descomunal. La Piazza grande es también el escenario por el que desfilan las estrellas y aquellos nombres propios a los que el festival dedica cada noche un homenaje. La selección de nombres es un buen reflejo de la diversidad y amplitud de miras de un festival que entiende el cine en toda su riqueza: este año desfilarán por el escenario de la Piazza actores como Mathieu Kassovitz o Adrien Brody, el director de fotografía español José Luis Alcaine, galardonado con el premio Vision, o uno de los cineastas políticamente más comprometidos de la historia del cine contemporáneo, Jean-Marie Straub, que recibirá el Premio de Honor. La Piazza Grande, un espacio además impagable de visibilidad, es también el escaparate público que permite al festival programar, en las secciones competitivas obras arriesgadas que otros festivales difícilmente podrían acoger: riesgo, arte, espectáculo y negocio, en un siempre complicado equilibrio.



Historia, tradición, y riesgo

Hay una película que este año define muy bien el espíritu algo libertario, incluso juguetón, de un festival que busca renovarse cada año sin dejar de ser fiel a su historia y su tradición: se trata de La telenovela errante, la película perdida del cineasta chileno Raúl Ruiz. Una cinta que rodó en una semana de 1990, tras su regreso a Chile después de muchos años de exilio, y que solamente ahora se ha podido terminar de montar, tras haber encontrado y reunido todo el material, disperso por Estados Unidos, París y Chile. Lo llamativo no es solamente la noticia de la recuperación, casi un milagro, una vuelta a la vida, de una película que se consideraba perdida, e inacabada, sino el lugar que ocupa en el festival: la competición internacional.



Imagen de La telenovela errante, de Raúl Ruiz

Así, Ruiz, muerto en 2011, competirá en tiempo presente con películas de autores como Denis Côté, Wang Bing, Serge Bozon, John Carrol Lynch, Travis Wilkerson, o Ben Russell, entre otros. Carlo Chatrian, director artístico del festival desde hace cinco ediciones, y antiguo crítico de cine, definía muy bien ese equilibrio entre tradición y vanguardia, que tan bien ejemplifica la película de Ruiz, en una entrevista publicada en mubi.com: "La tradición en Locarno es haber presentado Salò o le 120 gionate di Sodoma (1975) de Pier Paolo Pasolini el año de su estreno, lo que no debió ser, en absoluto, una decisión fácil en aquel momento, por más que ahora parezca evidente y obvia; o presentar antes que nadie las películas del neorrealismo, o películas procedentes de Europa del Este en los años en los que hacerlo era realmente complicado. Así que en Locarno, la oportunidad de ser provocador o avanzar hacia posiciones más arriesgadas o experimentales forma parte de la tradición del festival".



Presencia española

Es ya un clásico de la prensa nacional leer los titulares cargados de lamentos por la ausencia de películas españolas en los grandes festivales como Cannes, Berlín o Venecia. Más allá de las causas que motivan esos vacíos, lo cierto es que Locarno ha sido, entre los festivales de clase A, quien en los últimos años más atención ha prestado al cine español, no solo a la parte más escondida de la producción, esa que queda fuera del radar de los sistemas industriales, sino también a la propia historia reciente del cine español, con Víctor Erice como homenajeado en 2014.



Este año no habrá largometrajes españoles en las secciones competitivas, aunque sí una buena representación del cine nacional, con dos cortometrajes en dos secciones a concurso, Aliens, de Luis López Carrasco, que ya presentó su largometraje El futuro en el festival en 2013, y Plus Ultra, de la pareja creativa Helena Girón y Samuel M. Delgado, además de una actriz, Verónica Echegui, en el jurado de cortometrajes, y José Luis Alcaine como uno de los premiados de honor del festival. Alcaine, que impartirá una master class, y que ha seleccionado cuatro películas de su larga trayectoria (que incluye trabajos con directores como Almodóvar, Erice, Basilio Martín Patino o Brian de Palma, entre otros muchos), recibirá el premio Vision, que en anteriores ediciones han recibido nombres como Garrett Brown, Walter Murch o Howard Shore.



@gdpedro