Basilio Martín Patino

El cineasta que debutó en el largometraje con Nueve cartas a Berta, con la que obtuvo la Concha de Plata a la mejor ópera prima en el Festival de Cine de San Sebastián de 1966, ha fallecido a los 86 años en Madrid. Durante las cuatro décadas de producción Martín Patino ha aportado al cine un lenguaje y una técnica narrativa innovadora.

Se ha ido a los 86 años uno de los grandes directores del cine español de todos los tiempos. Basilio Martín Patino (Lumbrales, Salamanca, 1930-Madrid, 2017) fue privilegiado retratista de esa España franquista que marcó su biografía personal, intelectual y artística y que reflejó en toda su falta de esplendor ya desde filmes como Nueve cartasa Berta (1966). En su célebre debut, vemos a un joven, trasunto del propio cineasta al que da vida Emilio Gutiérrez Caba, contarle en sucesivas misivas a la Berta del título cómo es y se siente en esa España de los años 60. Recién llegado de Londres, ese Lorenzo/Gutiérrez Caba se convierte en una suerte de héroe existencialista y rebelde, que aterrado ante la grisura de su país, inunda con su voz en off un filme que se convirtió en icono de una juventud oprimida y desmoralizada. La España de hoy es mejor que la de su época, qué duda cabe, pero sigue siendo un país desmemoriado y poco atento a su cultura y es imposible encontrar en plataformas legales de streaming los grandes títulos del director lo cual viene a demostrar, una vez más, lo lejos que estamos de ser un país civilizado.



Cuenta la leyenda que Patino comenzó a rodar aquella película un 14 de abril en homenaje al aniversario de la República aunque para que no cantara demasiado, la fecha oficial de arranque fue dos días antes. En una Salamanca bellísima y espectral, esa Salamanca en la que se fraguó el descubrimiento de América o la teología de la contrarreforma como se recuerda en el filme, el protagonista navega por un mundo en sombras marcado por la omnipresencia de los curas y los rituales religiosos o acontecimientos como una manifestación de alféreces en una escena épica que resume no solo el propio filme sino también toda una época. Hay ecos de El árbol de la ciencia, de Pío Baroja, en ese Lorenzo desencantado que escribe a una muchacha que ha tenido la suerte de nacer en el exilio mientras se enfrenta a una novia de toda la vida que no quiere y unos padres empeñados en que siga por el buen camino.



Patino fue el organizador de las célebres conversaciones de Salamanca de 1955 en las que participaron los grandes cineastas de la época, como su compañero de fatigas Juan Antonio Bardem que resumió el sentir de la nueva generación de la siguiente manera: "El cine español es: Políticamente ineficaz/ Socialmente falso/ Intelectualmente ínfimo/ Estéticamente nulo/ Industrialmente raquítico". Ante un panorama que ellos mismos pintan como desolador, los jóvenes airados (sumen a Carlos Saura, Fernando Fernán Gómez o Antonio del Amo) proponían un cine nuevo que tuviera como principal prioridad retratar "la situación por la que estaba pasando el hombre español, sus conflictos y su realidad". Un bello propósito al que el propio Patino dedicó su vida teniendo que luchar para ello, de forma feroz, no solo contra la censura estatal, también contra un mercado y un público no del todo acostumbrado al cine radical y vanguardista de Patino.



En ese espíritu innovador, Patino fue uno de los primeros cineastas españoles, y del mundo, en comprender y practicar el documental como un ejercicio puramente cinematográfico. Su famosa trilogía formada por Canciones para después de una guerra (1971), Querídisimos verdugos (1973) y Caudillo (1974) es el mejor testimonio documental sobre la época. A Patino le gustaba mucho jugar con la disonancia entre lo que vemos en pantalla y lo que escuchamos (ahí está esa escena de Nueve cartas a Berta en la que mientras la voz en off le dice a su novia inglesa que sin ella "nada vale la pena" en pantalla vemos cómo le mete mano a su novia española). En Canciones para después de una guerra, donde brillan en todo su esplendor clásicos de la canción española como Imperio Argentina, Estrellita Castro o Juanita Reina, vemos cómo las letras y la alegría de esa música contrasta con la dureza de las imágenes que vemos. Según el propio Patino: "Me empeñé en experimentar en esta película, como un juego de alcances aún no explorados: Provocar ritmos internos no frecuentes, mezcla de imágenes y sonidos de campos semánticos, incluso opuestos, para que convulsionen nuestros sentimientos haciendo explotar en el subconsciente una desconocida riqueza de vivencias, emociones y signos insospechados".



Mucho antes de que Joshua Oppenheimer ganara el Oscar con The Act of Killing, donde los matarifes de la dictadura indonesia cobran el protagonismo, Basilio Martín Patino filmó en ese ya lejano 1973 Querídismos verdugos, en la que tres asesinos, dos extremeños y un andaluz, legales del régimen nos cuentan su historia en primera persona. No hay frialdad en la mirada de Patino, tampoco comprensión, sino el puro reflejo de unos seres ominosos a los que casi tenemos que compadecer por la pobreza extrema reflejo de la propia pobreza material y moral del país. Tres hombres marcados por la ruindad que cada uno a su manera ("dichoso el que se marcha y desgraciado el que se queda en este valle de lágrimas", dice uno de ellos) haciendo buena esa frase de Pascal según la que "vive como no piensas y acabarás pensando cómo vives".



El propio Franco es el protagonista de Caudillo (1974), donde Patino se enfrenta a su gran enemigo y lo hace sin ánimo revanchista ni destructor. En la entrevista con Beatrice Sartori que publicamos en 2002, Patino lo contaba de esta manera: "Siempre he pensado, en los momentos más oscuros, que lo importante era mantenerse. Para no volverme loco y para desatarme de la figura de Franco hice con toda la serenidad posible Caudillo. Y veinte años después de haberla hecho, me alegro de no haber caído en la caricatura fácil de vengarme absolutamente del cabrón convirtiéndole en una marioneta". A Patino le gustaba mucho el voice over como recurso estilístico y lo que vemos es una historia narrada por distintas voces, muchas de afines al dictador, para contarnos la imparable ascensión del "general más joven de Europa" desde esa África en la que los moros hablaban de esa mítica buena suerte ("baraka") que le hizo sobrevivir a ciento una mil batallas.



Ya en democracia, la tragedia de la guerra civil siguió marcando la trayectoria de Patino. Los paraísos perdidos (1985), con Charo López y Alfredo Landa, cuenta la historia de una mujer que regresa del exilio a su ciudad castellana para encontrarse con los recuerdos y las vivencias de una vida truncada por la guerra. En Madrid (1987), vemos a un realizador alemán que viaja a la capital para realizar un programa de televisión sobre el 50 aniversario de la guerra civil y reflexionar sobre lo sucedido y sus huellas en el presente. Tras su retirada, el movimiento 15M le impulsó a ponerse de nuevo tras la cámara para plasmar el movimiento en el documental Libre te quiero. La Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas le entregó el 7 de noviembre de 2005 la Medalla de Oro a Basilio Martín Patino, "en reconocimiento a una obra que representa los valores imperecederos de la apuesta por un cine inteligente, complejo, e inmerso en la realidad y evolución de un país".



@juansarda