Café Society es un relato sobre el desencanto y los errores existenciales del corazón

Café Society entraría dentro de los trabajos de Woody Allen que nos conducen inevitablemente a la nostalgia, puede que a la frustración. Podría haber sido una gran película, pero no lo es. Algo que se puede achacar a la prolijidad del director, donde yacen las virtudes y defectos de su obra.

A Woody Allen se le seguirá presentando como "genio neoyorquino" aunque hace muchos años que no da lo mejor de sí mismo. Él mismo dice, con su reconocible sentido del humor, que desde Match Point (2005) no ha vuelto a hacer una película que no deteste. Y eso que filmes como Si la cosa funciona (2009), Midnight in Paris (2011), Blue Jasmine (2013) o Irrational Man (2015) no son en absoluto desdeñables. [Sobre la teoría de que el cineasta va alternando una película mayor y otra menor ya escribí hace unos años]. Y así el autor de Hannah y sus hermanas se embarca una y otra vez en proyectos que hagan olvidar los anteriores. La película que hoy nos llega, Café Society, que inauguró el último Cannes, la rodó prácticamente en simultaneidad con la miniserie televisiva de Amazon, Crisis in Six Scenes, que estrenará el 30 de septiembre.



El pluriempleo imprime velocidad a los proyectos, aunque en el caso de Allen eso no parece un problema. Es precisamente en la prolijidad de su condición creativa donde yacen las virtudes y defectos de su obra. Por un lado, las películas se benefician de una fluidez orgánica, incluso desinteresada, que espanta cualquier conato de pretensión o ambición desmedida, como si fuera un tema pop con estribillo pegadizo; pero también por ello su cine se resiste a entregar una y otra vez (aunque a veces se quede a las puertas) esa obra maestra definitiva que sin duda el creador de Manhattan es capaz de armar si le dedicara el tiempo que necesita.



Café Society entraría dentro de los trabajos del neoyorquino que nos conducen inevitablemente a la nostalgia, puede que a la frustración. Podría haber sido una gran película, pero no lo es. Es uno de sus filmes más desequilibrados, que sin embargo, para este espectador, acaba resultando satisfactorio por su capacidad para embaucarnos en sentimientos complejos mediante la levedad, como si la vida fuera de hecho una sucesión de insignificantes momentos que suman un gran cataclismo. Los grandes sentimientos tienden a empequeñecerse, a perder su épica bajo la mirada descreída y pesimista del neoyorquino, sobre todo en sus trabajos cómicos, pero aquí entrega un relato sobre el desencanto y los errores existenciales del corazón que se disfraza de otra cosa mucho más leve. El tono de la película arranca con sentido cómico y tributario (al cine que ama, al que más le ha influido), el de un amour fou y un triángulo sentimental alimentado por el juego y la traición, para ir desembocando en una sensación general de pérdida y desencanto, de que la vida nos ha gastado una broma pesada.



Woody Allen apela al contraste, al retrato de dos Américas y sus estilos de vida diferenciados

La fotografía de Vittorio Storaro, invitado estrella en esta nueva producción del autor de Annie Hall, juega un importante papel en ello. Convierte Los Angeles años treinta en un eterno crepúsculo anaranjado. La iluminación es a veces la protagonista absoluta de las escenas, y en lugar de iluminar a los actores/personajes, termina por eclipsarlos, por restarles importancia. Más que una ciudad en postales románticas, Hollywood actúa como un concepto sobre el final de las cosas y la nostalgia de los tiempos perdidos. Hay cierta abstracción en ello. La delicada y deliciosa abstracción del cine de estudios que forma parte del pleistoceno hollywoodense. La película bascula de la idílica costa Oeste al infierno de la costa Este, donde el hampa neoyorquino impone su ley, al tiempo que divide el relato en un antes y un después, que se extiende a lo largo de los años. Mediante esta estructura Woody Allen apela al perpetuo contraste, al retrato de dos Américas y sus estilos de vida diferenciados, lo que no deja de hablarnos de las dos caras de la misma moneda que, quizá hoy más nunca, polarizan el país norteamericano. Algo similar ocurre con el mutante tono de la película, que solo nos desconcertaría si no supiéramos quién está detrás de la cámara.



El triángulo sentimental de Café Society, protagonizado por Jesse Eisenberg, Kristen Stewart y Steve Carell, esboza sin subrayado alguno el retrato entristecido de las devastaciones del amor y los sueños truncados. Lástima que la historia no extraiga provecho alguno de la figura del exitoso productor Phil Stern (Carell) como centro de confluencias de una industria del cine en su edad de oro (que actúa como metonimia de esos sueños truncados), y que un innecesario desvío argumental con chistes grotescos sobre el mundo del crimen neoyorquino manchen el cuadro general. De una secuencia a otra, podemos sentir que alguien ha hecho zapping en la sala de cine, que nos hemos salido de una película inteligente y sutil a otra vulgar y grotesca. Y aún así, la energía del filme, que desde su indolencia parece ser consciente de todo eso, no deja que nos marchemos de la historia, nos magnetiza a la butaca porque siempre nos invita a comprender y empatar con los motivos de cada uno de los personajes, porque sus personalidades nos conquistan. Woody Allen es realmente un escritor que adora a sus criaturas, incluso a las más despreciables.



Storaro convierte Los Angeles años treinta en un eterno crepúsculo anaranjado

Lo que perdura de Café Society es, como viene ocurriendo especialmente en sus últimas películas, la capacidad de Woody Allen para regalar momentos altamente evocadores, como el encadenado del rostro de Kristen Stewart al puente de Brooklyn, capaz de sintetizar un espíritu asociado a una filmografía. Lo que perdura de Café Society es, también y sobre todo, su sabiduría para transmitir un profundo sentimiento de melancolía sin forzar las cosas (a pesar de la luz anaranjada), con una obra de tono leve, en la que cada escena parece evaporarse, sin apenas dejar rastro, para dar paso a la siguiente. Escenas que respiran, que vuelan a veces, que nunca caen a plomo en nuestras retinas. Escenas que confían en el momentum de los actores y la permeabilidad del cine a las fuerzas externas para trascender lo que está escrito en el papel. Es esta una película, insisto, sobre los errores existenciales, los del corazón (y quizá también los del cine), que esconde en su núcleo mucho más de lo que aparenta la carcasa. El plano final que reserva Woody Allen para clausurar la historia (y que empiece de nuevo en la mente del espectador) es para quitarse el sombrero y hacer una reverencia. Nos hace recordar por qué se le sigue llamando genio.



@carlosreviriego