Emma Stone en Magia a la luz de la luna

La última creación de Woody Allen es el gesto de un cineasta cansado y atrapado en el automatismo. Y aunque la fábula Magia a la luz de la luna no invite a ello, lo cierto es que nunca deberíamos dejar de creer en el gran autor neoyorquino.

Si alguna certeza tenemos es que, dentro de un año, escribiremos sobre la película número 50 de Woody Allen. A estas alturas, cualquiera que haya visto una docena de sus 44 largometrajes para la gran pantalla, podrá sospechar que Magia a la luz de la luna, de momento su última creación, no se contará entre las más memorables. Con una insistencia casi científica, a una de sus obras mayores (cada vez más espaciadas) le sucede generalmente otra de sus menores. A Manhattan (1979) le siguió Recuerdos (1980); Delitos y faltas (1989) dio paso a Alice (1990), después de Match Point (2005) hizo Scoop (2006), y ahora, tras realizar Blue Jasmine (2013) en la bahía de San Francisco con Cate Blanchett, viaja a la Riviera francesa para extraviarse en la alquimia azulada de Emma Stone.



También podemos verlo de otra manera: del drama con peso trágico y melancólico, el prolífico cineasta judío pasa sin solución de continiudad a la levedad de una comedia, generalmente sin vuelo. Con el cine de Woody Allen, vocacional organizador del caos, podemos todavía resguardarnos en las certezas. Es una cuestión de contrastes y dicotomías, de extremos que se reencuentran para neutralizarse. La dicotomía de Magia a la luz de la luna es tan básica como su premisa: creer o no creer. Lo que queda en medio es el escepticismo. Y ya sabemos que el cineasta que cada cierto tiempo siente la necesidad de evocar los encantos, glamoures y vestuarios de la primera mitad del siglo pasado -La rosa púrpura de El Cairo (1985), Balas sobre Broadway (1994), Acordes y desacuerdos (1999), Midnight in Paris (2011)...- , como vuelve a hacer ahora, cree en más bien poco. Menos aún en la magia.



En busca del fraude

Y aún con todo, el autor de Zelig (1983) es un ilusionista. Crea lugares de ensoñación y dulces estrategias surrealistas para escapar de la insoportable, prosaica realidad. No practica un cine de trucajes, nunca quiso emular a Méliès, pero lo cierto es que su cine siempre tiene trucos. En Magia a la luz de la luna están a la vista. Aunque no por ello pierden eficacia y sentido, pues precisamente de eso trata la película, de que descubramos el fraude. En la primera secuencia, un ilusionista chino hace desparecer un elefante del escenario. Acto seguido, terminada la función, el respetado mago Wei Ling Soo se quita el bigote y la peluca que ocultan la identidad de Stanley Crawford (Colin Firth): un inglés racionalista y amargado determinado a desenmascarar a una médium americana (Stone) cuyos sortilegios y dones para la clarividencia causan la admiración de la aristocracia francesa. De la magia al amor, otra certeza, apenas hay un paso.



Como ya ocurría en A Roma con amor (2012), puede que lo más sorprendente del filme sea también lo más decepcionante: el modo en que se hace evidente la mayúscula falta de motivación detrás de la pantalla. Rara vez encontraremos una película de Allen con tan poca energía y curiosidad respecto a lo que trata de decirnos y hacernos sentir. Y esos son precisamente los motores que suelen salvaguardar sus historias menos agraciadas y peor escritas, elementos contagiosos que en ocasiones ocupan todo el centro de interés de sus películas: el vigor escénico, pamplinesco de Un final made in Hollywood (2002) o las búsquedas identitarias de Todo lo demás (2003). Aunque el oficio lo enmienda casi todo, más que una película, Magia a la luz de la luna es el gesto cansado de un cineasta atrapado en el automatismo. Ver para creer. Creer para no ver. Ocurre que el cine también es una cuestión de fe. Entre certezas, esperaremos a la película 50, por tanto.