Sofia Coppola y François Ozon



La directora inaugura la sección Un certain regard con 'The Bling Ring', un 'dramedy' que hurga en las entrañas de la fama. Ozon, que probablemente atraviesa su mejor momento creativo, estrena 'Jeune et jolie', un tratado sobre el deseo y las transformaciones del cuerpo femenino.




No parecía en principio justificable que la nueva película de Sofia Coppola, a quien desde su debut con Las vírgenes suicidas respetamos por su talento y no solo por ser "hija de", hubiera quedado fuera de concurso. Ayer inauguró la sección paralela Un certain regard, imposibilitada a luchar por esa Palma de Oro que bien pudo haberse llevado por Maria Antonieta. Y muchos entendimos por qué. En The Bling Ring desbroza como si fuera una letanía pop un dramedy adolescente de cierto magnetismo, completamente plausible con su universo de burbujas Chanel y su interés por hurgar en las tripas de la fama, pero se complace en la superficie y desatiende a sus personajes, atrapados ya de por sí en una caricatura. De lejos, The Bling Ring es la peor película de Sofia Coppola hasta la fecha. Redundante y dubititava, sin una clara conciencia de qué es lo que quiere ser -¿crónica periodística?, ¿estudio generacional?, ¿exploración psicológica?, ¿sátira social?, ¿capricho estético?-, carece del alma de Lost in Translation y del cuerpo cinematográfico de Somewhere. Es como si al Spring Breakers de Harmony Korine le extirpáramos su saludable mordacidad y lo envolviéramos en papel de celofán.





Fotograma de The Bling Ring, de Sofia Coppola.



La cineasta leyó la historia (real) en el Vanity Fair: un grupo de adolescentes de Hollywood Hills -cuatro chicas y un chico, liderados por Rebecca (la debutante Katie Chang)-, robaron sistemáticamente en las casas de celebridades de Hollywood artículos de lujo por valor de 3 millones de dólares. Paris Hilton, Lindsay Lohan, Orlando Bloom o Rachel Bilson fueron algunas de sus víctimas. No lo hicieron por dinero, sino que su pulsión cleptómana procedía del anhelo de imitar el estilo de vida de sus ídolos, poseer sus bolsos, sus zapatos, sus joyas y vestidos. Quizá ser como ellos. La enfermiza fascinación por ese mundo paralelo del papel couché ha convertido a Sofia Coppola en una especie de insider con talento y sensibilidad para poner al descubierto las sombras y fragilidades del mundo al que pertenece, pero en esta ocasión no atina ni con el ritmo interior del relato ni con su vestidura formal. Tampoco con el tono. Hay algunas ideas dispersas, soluciones interesantes, exhortaciones a la belleza, pero siempre que señala un camino que nos gustaría seguir, se desvía hacia otros lados en un perpetuo retorno al punto de partida. La progresión se estanca. Los personajes se difuminan. Como su grupo de adolescentes, con quienes la película busca nuestra empatía y cuyos actos opta sabiamente por no juzgar, pareciera también que Coppola ha rodado esta película para filmar el ropero de Paris Hilton.



Del mismo modo que los adolescentes de The Bling Ring -sobrenombre que la prensa les adjudicó- no robaron por dinero, sino movidos por una perversión irrefrenable, la protagonista de Jeune et jolie tampoco decide poner su cuerpo en venta por puro interés monetario. Su perversión es otra, bien la necesidad de transgredir las normas o bien el deseo de experimentar con su sexualidad recién descubierta en el estío de sus diecisiete años. La, efectivamente, joven y hermosa Isabelle (Marine Valch) es el centro gravitatorio de la nueva película de François Ozon, segundo de los filmes a competición que se ha proyectado en Cannes. Una película, podríamos decir, hormonal, sobre las transformaciones que se operan a lo largo de un año en el cuerpo y la mente adolescente cuando algo se quiebra. Una película que como suelen tener en común las películas memorables invita al placer voyeurístico (arranca desde el punto de vista de unos prismáticos espiando a Isabelle en la playa) y a la empatía emocional. Un pequeño tratado sobre el deseo, que fluye orgánicamente, crece en intensidad psicológica y nos seduce por su inteligencia narrativa, de aparente sencillez.





Fotograma de Jeune et jolie, de François Ozon.



Jeune et jolie es la muestra ineludible de que el prolífico director francés, autor de piezas tan destacables como Bajo la arena (2001), Swimming Pool (2003)o Ricky (2009), atraviesa probablemente su mejor periodo creativo. Apenas unos meses después de haber entregado su mejor película en San Sebastián, En la casa, presenta en Cannes esta joya delicada y sensual, elegante y liviana, como uno de los temas de François Hardy que suenan en cada uno de los cuatro capítulos -las cuatro estaciones del año- del filme. Un año de estupores y convulsiones en la vida de Isabelle, quizá la criatura más misteriosa y envenenada del amplio catálogo femenino de Ozon, de quien extrae la erótica de su cuerpo pero también el desconcierto de su intimidad. La euforia del verano, que remite directamente al Rohmer de Pauline en la playa, da paso al otoño de la perversión, en la doble vida de Isabelle como estudiante y prostituta de lujo, y que remite a su vez al Vivre sa vie de Godard, para convocar en el resto de la película las esencias de Chabrol, de Truffaut, de Pialat, de toda una estirpe de cineastas franceses que, como hoy hace Ozon, han encontrado el corazón de la feminidad en los ojos de una muchacha joven y hermosa.