Un minuto de silencio en recuerdo de las víctimas de la epidemia precedió ayer la actuación de Israel Galván en los Teatros del Canal, el primer escenario de la ciudad que sube el telón tras tres meses de confinamiento. Fue una noche atípica, que compartieron poco más de dos centenares de espectadores, camuflados en un patio de butacas decorado con maniquíes y engalanado con ramos verdes. La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, añadió con su presencia solemnidad al acto, se estaba poniendo en práctica el protocolo sanitario que seguirán otros teatros y con el que se pretende dar confianza a los ciudadanos para que vuelvan poco a poco a ellos. 

La epidemia ya ha cambiado muchos de nuestros hábitos, también los de acceder a los teatros, pues el protocolo exige: adquirir las entradas por internet, mantener la distancia en la cola, medirse la temperatura en el vestíbulo (si se tiene fiebre, no se puede entrar), donde también te ofrecen mascarilla (que es obligatoria) y gel para las manos. El acceso al patio de butacas se hace escalonado y también la salida de él, así que hay poca oportunidad para los corrillos que son algo consustancial a cualquier estreno y que tanto gustan al madrileño. 

Ayer la sala roja de los Teatros del Canal presentaba una imagen inusual e inesperada. Blanca Li, su directora artística, puso su sello personal en decorar el patio de butacas –en argot artístico, lo intervino con la instalación El regreso— para evitar esas inhóspitas y frías imágenes que se han visto de otros teatros europeos con grandes huecos y separaciones entre los espectadores. Los maniquíes y el follaje verde salpicados por todas las butacas creaban una sensación de lleno y servían de barrera entre los espectadores, un 30 por ciento del aforo (843 butacas) para cumplir con el protocolo. Una orquesta de cámara, la agrupación de músicos cubanos de la ORCAM, interpretaba piezas musicales mientras el público se acomodaba. 

Junto a Ayuso estaba Marta Rivera, la consejera de Cultura de la Comunidad; y entre los presentes se pudo ver a la directora del Festival Madrid en Danza, Aida Gómez; el director del Teatro Real, Joan Matabosch; y figuras del teatro como la actriz Aitana Sánchez-Gijón, o los autores Alberto Conejero y Pedro Corral. Como las funciones programadas pertenecen a Madrid en Danza, de hecho se inaguraba ayer la 35.º edición, presente estaban muchas figuras de la danza como Joaquín de Luz, María Pagés y Antonio Najarro. Una breve intervención de Blanca Li, en la que habló de este acto como “un símbolo de esperanza de este nuevo mundo” y en el que pidió el minuto de silencio por las víctimas, dio paso a El amor brujo. Gitanería en un acto y dos cuadros de Galván.

Gitanería galvaniana

El montaje de Galván ya se estrenó en la última edición del Festival de Jerez y es una incursión del bailarín flamenco en uno de los ballets más poderosos de la danza española, El amor brujo de Falla, una pieza narrativa, que combina magníficamente elementos de la música culta y popular, y que en principio resulta atípico para un bailarín flamenco iconoclasta como Galván. Por ello, su versión es libérrima, y como él mismo ha explicado, ha querido reinventarlo desde su atalaya experimental: “Bailarlo con la escritura pianística de Falla, sintiendo la vibración del martillo en la cuerda, zapateando el terror en medio de la brujería. Volviendo a una idea de ensayo primario. Quiero bailar el proceso de transición musical que hubo entre la versión de Pastora Imperio hasta Antonia Mercé La Argentina”.

La primera parte bien podría llamarse “cómo bailar flamenco sentado”, porque Galván, ataviado como una gitana rubia de las Tres mil viviendas de Sevilla, e imagino que reencarnado en la gitana Candela del libreto original, nos ofrece un extenso muestrario de movimientos flamencos de braceos, piernas y taconeos amarrado a una silla. 

La segunda parte se hace más interesante, la partitura musical recrea un mundo oculto y extraño. Acompañan al bailarín en escena un magnífico cantaor, David Lagos, autor de la partitura vocal, que mezcla su cante con invocaciones a las brujas y al diablo, lo que le daba un tono de juego fantástico y telúrico, mientras el pianista Alejandro Rojas Marcos arranca sonidos metálicos, casi industriales, a una especie de zanfoña, que unidos al piano ofrece momentos inspirados. Aquí Galván baila con zapatos sin clavos en puntas y tacones, ataviado con un elegante traje negro y recuperando esos juegos de manos tan personales.  

En la obra de Falla, Candela consigue olvidar al fantasma del marido que la persigue y vivir feliz al lado de su nuevo amor. Esperemos que esta invocación brujeril del cuadro artístico sirva de conjuro para proteger el teatro y a su público. 

@lizperales1