"Era un hombre muy cabal", cantaba Joan Baez. Cabal, o sea, excelente en su clase, un buen tipo. Un día, mientras cabalgaba tan contento, se vio arrollado por el destino: sorprendió a su mujer con otro, le "ardió en pecho el rencor y no se pudo aguantar", se cargó a los dos y fue juzgado y condenado a muerte. Ahora, la noche antes de su fusilamiento, le dice al confesor: "Padre, no me arrepiento ni me da miedo la eternidad. Yo sé que allá en el cielo el Ser Supremo..."

Hoy no podemos leer esto u oírlo cantar sin que nos hierva la sangre. ¿Cómo se puede contar esta historia sin hacer ningún reproche al asesino? La canción, por el contrario, lo rodea de un aura de admiración: un hombre tranquilo, firme en sus convicciones, valiente ante la muerte y el más allá, víctima, en el fondo, de un sistema penal poco sensible a los rencores del pecho. Hace no tanto, esta bonita canción flotaba amablemente en las ondas y se encontraba fácilmente en las tiendas de discos. Aún tengo en el armario de mi memoria auditiva la potente voz de Joan Baez, a la vez clara y coloreada: "Al preso número nueve ya lo van a confesar". Sonaba en el tocadiscos de casa y la cantaban mis hermanos mayores. "Los maté, sí, señor" y en ese "ñor" tenido, un mi grave, según supe más tarde, sonaba la oscuridad dramática de la voz de mujer en ese registro.

Yo era un niño y no me preocupaba mucho el terrible asunto de esta canción. Me impresionaba la muerte, pero no la de la asesinada y su amante, que no contaban, sino la del asesino ante el pelotón de fusilamiento. Mi mente se ocupaba, sobre todo, de algunos detalles pintorescos: el español de la Baez, con acento estadounidense leve y agradable, y las sorpresas de su sintaxis, como "al preso número nueve era un hombre muy cabal", que se explica por influencia de una frase anterior. Recuerdo que esta bobada me hacía pensar en lo que había oído cantar a unas niñas, "al patio de mi casa es particular", por influencia, también, de una frase anterior: "¿jugamos al patio de mi casa...?"

Canciones machistas y violentas hay muchas, sean tradicionales, modernas o, incluso, de hoy mismo, como algunos reguetones de contenido vomitivo que, sin embargo, triunfan. Lo que me choca de "El preso número nueve" es que la popularizara Joan Baez, activista de los derechos civiles y el pacifismo, autora con Morricone del himno a los anarquistas Sacco y Vanzetti, admiradora y amiga de Martin Luther King, compañera y mentora de Bob Dylan, a quien hizo subir al escenario de los festivales folk de Woodstock y Newport cuando ella era ya famosa y él aún no, tempranísima promotora del orgullo gay y defensora de los derechos LGTB cuando aún no se llamaban así.

Hoy, 60 años después, nos llama la atención que una persona como Joan Baez se mostrara insensible a la injusticia y el peligro contenidos en "El preso número nueve" y situara esta canción en lugar destacado de su primer álbum, el que le llevó a la fama. Es un indicador de cuánto y qué rápido han cambiado las cosas (el cambio lo anticiparon esos mismos cantantes: "The times, they are a-changin"), pero lo que de verdad me inquieta es el dilema moral al que estos cambios nos abocan.

Joan Baez y Bob Dylan en una marcha por los Derechos Civiles en Washington en 1963. Foto: Rowland Scherman

El que yo, y casi todos los de mi generación y las anteriores, creciera en un entorno cultural donde el asesinato de una mujer por su marido podía pasar sin ser condenado es un mal grave. Tenemos que trabajara para que eso deje de ocurrir. La cuestión es cómo lo vamos a evitar sin caer en otros males, como la censura y el fin de la libertad de expresión. ¿Vamos a prohibir "El preso número nueve"? ¿Y qué otras canciones, novelas, poemas, ensayos, cuados, performances o funciones de teatro? ¿Y quién decide cuáles? No se puede censurar solo un poco. Si la tijera ideológica se gana el el derecho a existir y a cortar, nada estará a salvo.

No sé cómo se resuelve esto. Nuestros hijos tienen que crecer en un entorno cultural sano y, al mismo tiempo, tenemos que garantizar que la creación artística sea libre, incluso hasta el punto de la repugnancia y más allá. Las flores del mal son también rosas de Juan Ramón, esas que son así y "¡no le toques ya más!" A los poemas que os den asco, ponedles delante un prólogo contextualizador o protegeos con guante antiséptico al mostrarlos si lo veis necesario, pero no los escondáis y no los alteréis. No les toquéis. Lo contrario nos llevaría antes o después a una orgía iconoclasta como la de los obispos y anacoretas cristianos cuando se hicieron con Roma. Ellos desmembraron su patrimonio cultural, el grecorromano, por pagano. ¿Vamos a hacer nosotros lo mismo por machista? Solo digo que, aquella vez, costó mil años retomar el hilo del arte y el conocimiento clásico.

@GuibertAlvaro