No es suficiente nacer para estar vivo. Necesitamos soñar para vivir. Quizás por eso Joe Strummer fracasó en un colegio de élite, mientras le hablaban de imperios y de pueblos felizmente sometidos. Aprendió a hacer el nudo de la corbata entre suspenso y suspenso, pero no quería ser como su padre, un cónsul que maldecía cada centímetro de tierra conquistado por su graciosa Majestad. No quería crecer abrumado por la nostalgia de una lejana rebeldía, avergonzando de haber cosechado privilegios labrados con el infortunio ajeno.

Joe Strummer nació en 1952 en Ankara como John Graham Mellor. Pasó su niñez en México, Alemania (la otra Alemania, el Berlín que no se atrevía a respirar sin el beneplácito del Kremlin) y Malawi. Fue feliz emplumándose como un jefe indio y corriendo entre calaveras de azúcar y rasgueos de guitarras el Día de Difuntos. Pintó su frente de azul en una plaza dorada por el sol africano. Escuchó la lengua de los niños mexicanos, sin comprender nada, salvo que los poetas son niños sedientos de belleza y ternura.



No sabía quién era García Lorca, pero García Lorca ya le esperaba en Granada, con su piano negro y su pajarita roja. La dicha se terminó a los nueve años, cuando el colegio de élite arrojó un puñado de arena sobre sus ojos. Expulsado de las aulas, deambuló por jardines y arenales, soñando con ser un piel roja y no un blanco hueco y arrogante. Algo más tarde, se suicidó su hermano David. Aunque no se llevaban demasiado bien, su muerte le revelo la incertidumbre que alberga cada segundo. Descubrir la fragilidad de la existencia consolidó su determinación de no ser como su padre, un caballero inglés que odiaba ser un caballero inglés. Comprendió que su destino era ser un mendigo, un vagabundo, un hippie, un punk, un juglar que trafica con su nombre y sueña con ser todos los hombres.

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Matricularse en Escuela de Arte y Diseño de Londres constituyó un error. Fue expulsado por imitar a Pollock con una avalancha de tampones usados. Era la segunda vez que sufría el repudio un centro educativo, pero él ya comenzaba a tener claro que su sitio se hallaba en los márgenes, no en ese centro rebosante de ambición y podredumbre. Por entonces ya no era John Graham Mellor, sino Woody y anhelaba una guitarra sobre la que escribir: “This Machine Kills Fascists”.



Tras asimilar que nunca sería Pollock, se marchó a Newport, Gales, con sus astilleros impregnados de sudor y miseria. Allí los hombres y las mujeres se suicidaban cada mañana para huir de una rutina que aborrecían. Woody vivió en un barrio obrero, con tabernas llenas de miradas sumidas en la rabia y el desencanto. A veces, se desataban peleas y corrían blasfemias, y él las presenciaba pensando que el futuro era un ladrillo en un escaparate roto. Woody no era rudo ni pendenciero, pero ya intuía que el porvenir se escribía con ira. Pensaba que los blancos debían ser orgullosos, violentos, desarraigados. Pensaba que debían imitar a los negros, que invocaban la cólera de viejos dioses tribales.

Woody llegó a la conclusión de que no perdería su libertad mientras tuviera una guitarra y un poema en el bolsillo. Formó su primera banda, pero la necesidad de pagar el alquiler le obligó a buscar empleo y solo encontró un puesto de sepulturero. Durante un tiempo, habló con la calavera de Yorick, esperando que le revelara el sentido de la vida, pero harto de no recibir respuesta, dejó la pala y regresó a Londres. Allí formó una nueva banda, The 101’ers. Sin dinero, okupó una casa y logró que le dieran de cenar en los pubs a cambio de tocar blues goteantes de melancolía. Se cansó de ser Woody y adoptó un nuevo nombre y una nueva identidad: Joe Strummer, vocalista, poeta, guitarrista y agitador.

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En Londres, fue músico callejero. Bajaba al metro y tocaba la misma canción una y otra vez. Debajo de la tierra, sentía que hablaba con los muertos. Tocaba para los desconocidos. Tocaba para los que llegaban tarde a su cita con la vida. Tocaba para los que huían de sí mismos, hartos de levantarse cada día y preguntarse si vivir solo consistía en avanzar pulgada a pulgada hacia la muerte. Escribió tu primer tema, “Keys to Your Heart” y conoció a los Sex Pistols.



Durante un breve tiempo, compartió escenario con ellos, pero los Sex Pistols chillaban “No Future” y Summer respondía: “The future is Unwritten”. El distanciamiento era inevitable. Poco después, conoció a Paul Simonon, bajista, y a Mike Jones, guitarrista. Los dos habían oído a los 101’ers y le pidieron que formara una nueva banda: “Eres bueno, pero tu grupo es una mierda”. Algo más tarde, apareció Topper Headon, batería, y se completó el cuarteto que adoptaría el nombre de The Clash.

Debutaron como teloneros de los Sex Pistols, pero su mensaje era diferente. No se conformaban con escupir rabia y nihilismo. London Calling, el álbum que convertiría a The Clash en una leyenda, era rock contra el racismo, el desempleo y la brutalidad policial. Sus canciones fundían punk, rock, reggae, ska, hip-hop, una síntesis de culturas y estilos que soñaba con un mundo menos inhumano. Para Rolling Stone, London Calling fue el mejor disco de los ochenta, pese a que se publicó en 1979. The Clash fue un sueño efímero. El grupo se disolvió en 1986. Los largos viajes por carretera y los aeropuertos conspiraron contra la amistad y la creatividad, logrando que la rivalidad y la incomprensión triunfaran sobre el anhelo de llevar el punk más allá de la ira y el escepticismo.

Su mente siempre albergó una utopía que indignó a la burguesía

Joe Strummer continuó su carrera artística. Escribió canciones para Sid Vicious y Nancy Spungen, dos ángeles ebrios y autodestructivos. Compuso bandas sonoras y fue actor secundario con Jim Jarmusch y Aki Kaurismäki. Cantó con The Pogues, creó una nueva banda, The Mescaleros, lloró la muerte de Joey Ramone, sin sospechar que la muerte ya le había preparado una cita el 22 de noviembre de 2002. Su corazón había nacido herido, pero había permanecido callado, sin avisar de que caminaba sobre un hilo a punto de romperse. Aún pudo subir a un escenario por última vez con Mike Jones para interpretar “White Riot” y “London’s Burning”.



Strummer nunca olvidó sus inicios, sus años de vagabundo en Newport y Londres. Era un juglar con chupa de cuero, chapas y cremalleras, pero no se avergonzaba de sus años hippies, con el pelo desordenado y la mente flotando en LSD. Su mente siempre albergó una utopía que indignó a la burguesía: “Sigo esperando una revuelta blanca. Quiero una revuelta blanca. Quiero que blancos y negros hagan correr a la policía. Quiero que los ladrillos nos hagan avanzar hacia un mundo nuevo”. No se trataba solo de palabras. En Notting Hill intentó incendiar un furgón policial y gritó que los blancos robaban el sueño de los niños negros.

Para estar vivo hay que soñar y Joe Strummer sigue soñando, mientras nosotros morimos minuto a minuto. Strummer ya no es tan solo una de las voces de la revuelta punk, sino también una paloma, un tigre, una azucena y un jinete dormido en el lecho del Guadalquivir.